El pacto secreto que repartió Europa en una sola noche de agosto

Dos aviones alemanes Focke-Wulf Condor aterrizan en Moscú cargados de fotógrafos y diplomáticos nazis. Una banda militar soviética los recibe interpretando el himno alemán. Nadie en el mundo sabe lo que está a punto de firmarse.

firma del pacto ribbentrop molotov

Es el 23 de agosto de 1939 en los que sucedió uno de los eventos más significativos de la Segunda Guerra Mundial. Apenas unos meses antes, esa misma diplomacia soviética negociaba en secreto con Hitler mientras mantenía conversaciones abiertas con Gran Bretaña y Francia para frenarlo.

La Unión Soviética llevaba meses intentando cerrar una alianza militar real con franceses y británicos contra Alemania. Pero las negociaciones se estancaron por un detalle insalvable: Polonia se negaba a permitir el paso de tropas soviéticas por su territorio si los alemanes invadían, temiendo que el Ejército Rojo jamás se retirara.

Mientras tanto, Alemania jugaba otra carta. Necesitaba materias primas para sostener su economía de guerra y romper el aislamiento que le imponía un posible bloqueo británico. Stalin, por su parte, vio en Hitler una oportunidad para ganar tiempo.

Cuando Ribbentrop le mostró a Hitler una película de Stalin pasando revista a sus tropas, el líder nazi quedó fascinado. Comentó que Stalin parecía un hombre con quien se podía hacer negocios. Esa frase cambió el rumbo de la guerra.

Un tratado con letra pequeña

El documento que Molotov y Ribbentrop firmaron en el Kremlin, conocido hoy en día como Pacto Ribbentrop-Mólotov, parecía, en su versión pública, un simple pacto de no agresión por diez años. Ambos países se comprometían a no atacarse ni a aliarse con enemigos del otro.

Pero existía algo más: un protocolo secreto que repartía Europa del Este como si fuera un botín.

Finlandia, Estonia, Letonia y Bessarabia quedaban en la órbita soviética. Polonia sería partida literalmente en dos, usando como frontera los ríos Pisa, Narew, Vístula y San. Lituania, en cambio, caía inicialmente bajo influencia alemana, aunque ese reparto cambiaría semanas después.

Ese protocolo permanecería oculto durante años. Su existencia solo se confirmaría públicamente durante los juicios de Núremberg, cuando un abogado defensor presentó un testimonio que la corroboraba.

La guerra estalla en cuestión de días

Apenas una semana después de la firma, el 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia desde el oeste. Comenzaron de inmediato las masacres de civiles polacos y judíos en más de 30 localidades durante el primer mes de ocupación.

El 17 de septiembre, mientras Polonia aún resistía el avance alemán, el Ejército Rojo entró por el este. Stalin justificó la invasión alegando que debía «proteger» a las minorías ucranianas y bielorrusas, aunque el propio Molotov admitiría después que no había otro pretexto disponible.

Días más tarde, tropas alemanas y soviéticas desfilaron juntas en ciudades como Brest-Litovsk y Lviv. Dos ejércitos que se odiaban ideológicamente compartían ahora un botín territorial.

El reparto se amplía

El acuerdo no se detuvo en Polonia. En marzo de 1940, tras la Guerra de Invierno contra Finlandia, la URSS anexó partes de Karelia, Salla y Kuusamo. Finlandia perdió el 9% de su territorio y cerca de 422.000 finlandeses quedaron sin hogar.

Pocos meses después, en junio de 1940, mientras el mundo miraba la caída de Francia, tropas del NKVD ocuparon Lituania, Letonia y Estonia. Los tres países fueron formalmente anexados tras elecciones con un único candidato permitido por papeleta.

Rumania tampoco se libró: la Unión Soviética exigió y obtuvo Bessarabia y el norte de Bucovina mediante un ultimátum de apenas dos días.

En paralelo, en la primavera de 1940, ocurría el Katiusha silencioso de la historia: la masacre de Katyn, donde 22.000 oficiales y miembros de la intelectualidad polaca fueron ejecutados por orden soviética tras meses de interrogatorios selectivos en campos de prisioneros.

Comercio entre enemigos

Mientras los tanques avanzaban, los trenes de mercancías no dejaban de cruzar la frontera. En febrero de 1940, Alemania y la URSS firmaron un pacto comercial cuatro veces mayor que el anterior. La Unión Soviética entregó a Alemania un millón de toneladas de cereales, petróleo, fosfatos y algodón, ayudando a Berlín a esquivar el bloqueo naval británico.

A cambio, los soviéticos recibirían planos del acorazado Bismarck, cañones navales y modelos de los cazas alemanes más modernos.

La traición que todos esperaban

La confianza, sin embargo, se erosionaba. Las anexiones soviéticas en el Báltico y Rumania no habían sido consultadas con Berlín, y eso despertó sospechas en Hitler de que Stalin buscaba formar su propio bloque de poder.

En noviembre de 1940, Molotov viajó a Berlín para negociar la posible entrada soviética en el Eje, junto a Alemania, Italia y Japón. Las conversaciones fracasaron. Hitler ya había ordenado en secreto, meses antes, comenzar los preparativos para invadir a su «aliado».

El 22 de junio de 1941, a las 03:15 de la madrugada, Alemania lanzó la Operación Barbarossa sin previo aviso. Stalin había ignorado advertencias repetidas sobre la inminencia del ataque.

En menos de seis meses, el ejército soviético sufrió 4,3 millones de bajas y otros tres millones de soldados fueron capturados.

Molotov, el hombre que había estampado su firma junto a la de Ribbentrop aquella noche de agosto, negaría la existencia del protocolo secreto hasta el día de su muerte, en 1986.

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.