El día que Alemania se quedó sin frenos: Cómo Hitler se convirtió en dictador absoluto en menos de 24 horas

La mañana del 1 de agosto de 1934, Hitler convocó de urgencia a todos sus ministros en la Cancillería de Berlín. Nadie faltó. Sobre la mesa los esperaban unas hojas mecanografiadas y plumas estilográficas. La mayoría firmó sin leer.
Lo que acababan de rubricar era la Ley relativa al Jefe de Estado del Reich alemán, un texto de apenas tres artículos que abolía la presidencia y fundía sus atribuciones con las del canciller. El cargo recaería automáticamente en Hitler en el momento en que Hindenburg muriese.
Hindenburg murió a las 9 de la mañana del día siguiente, el 2 de agosto de 1934, en su finca de Neudeck, a los 86 años. Alemania llevaba 18 horas siendo ya, legalmente, una dictadura sin ningún límite constitucional al poder de un solo hombre.
La visita que nadie mencionó
El día anterior, Hitler había viajado en persona a Neudeck. No fue a despedirse. Fue a asegurarse.
Necesitaba confirmar con sus propios ojos que el mariscal moría de verdad, que no había posibilidad de recuperación, que el momento que llevaba meses esperando era inminente. Cuando entró en la habitación, Hindenburg lo confundió con el Kaiser Guillermo II y lo llamó «Majestad». Hitler no lo corrigió. Estuvo menos de un minuto al pie de la cama, habló con los médicos y regresó a Berlín.
Esa misma tarde convocó el gabinete.
Dieciocho meses de demolición sistemática
El 2 de agosto de 1934 no fue un golpe de Estado repentino. Fue el último paso de un proceso meticuloso que había comenzado exactamente 18 meses antes, el 30 de enero de 1933, cuando el propio Hindenburg nombró a Hitler canciller pensando que podría controlarlo.
En esos 18 meses, Hitler había desmantelado pieza por pieza cada mecanismo de control que la República de Weimar había construido.
El 27 de febrero de 1933, el incendio del Reichstag le sirvió de pretexto para que Hindenburg firmara un decreto suspendiendo los derechos fundamentales. Libertad de prensa, reunión, expresión: suspendidos de un plumazo.
El 23 de marzo de 1933, el Reichstag aprobó la Ley de Habilitación, que transfería al gobierno la capacidad de legislar sin el Parlamento. Muchos diputados que se habrían opuesto estaban ya detenidos o en la clandestinidad.
En julio de 1933, todos los partidos políticos quedaron prohibidos salvo el NSDAP. Alemania se convertía oficialmente en un Estado de partido único.
La Noche de los Cuchillos Largos: el precio de la complicidad militar
Pero faltaba un obstáculo crucial: el ejército. La Reichswehr, el ejército profesional alemán, desconfiaba de las SA, la milicia paramilitar de Ernst Röhm que contaba con tres millones de hombres y amenazaba con sustituir al ejército regular.
En la madrugada del 30 de junio al 2 de julio de 1934, Hitler ordenó la Operación Colibrí. Las SS detuvieron y ejecutaron a Röhm y a la cúpula de las SA. Murieron entre 85 y 200 personas en lo que se conocería como la Noche de los Cuchillos Largos.
Fue un pacto sangriento: Hitler eliminaba la amenaza que la SA suponía para los generales, y los generales mirarían hacia otro lado cuando él se proclamara Führer. El trato se selló con perfecta frialdad burocrática.
El juramento que lo hizo posible todo
Pocas horas después de la muerte de Hindenburg, el ejército alemán prestó un nuevo juramento.
El anterior obligaba a los soldados a ser leales a la Constitución y a las instituciones del Estado. El nuevo los obligaba a algo radicalmente diferente. Sus palabras exactas eran:
«Juro por Dios este juramento sagrado: rendiré obediencia incondicional a Adolf Hitler, Führer del Reich alemán y del pueblo alemán, comandante supremo de las Fuerzas Armadas, y estaré listo, como valiente soldado, para arriesgar mi vida en cualquier momento por este juramento.»
La diferencia era abismal. Ya no juraban lealtad a Alemania, a sus leyes o a su Constitución. Juraban lealtad personal a un hombre. A ese hombre específico.
El general Ludwig Beck, jefe del Estado Mayor, llamó aquel día «el día negro del ejército alemán». Tenía razón, pero no hizo nada para impedirlo.
Por qué eligió la palabra «Führer»
Hitler rechazó el título de presidente. Lo consideró insuficiente. Decidió que se le llamara Führer und Reichskanzler, Líder y Canciller del Reich.
La elección no era semántica. «Presidente» implicaba una institución, un cargo con límites, un mandato con fecha de caducidad. «Führer» implicaba algo diferente: una relación personal, casi mística, entre el líder y su pueblo. El Führer no rendía cuentas a una constitución sino a la nación entendida como entidad racial y espiritual.
Para blindar la operación ante la opinión pública, Hitler convocó un referéndum el 19 de agosto de 1934. El 89,9% de los alemanes que votaron aprobaron la fusión de cargos.
Los historiadores señalan que ese porcentaje, aunque probablemente inflado por presiones y manipulaciones, refleja también el apoyo real que Hitler tenía en ese momento. Alemania llevaba un año y medio con caída del desempleo, obras públicas masivas y recuperación de la autoestima nacional tras la humillación de Versalles. Muchos alemanes no vieron ese día el fin de la República. Vieron el comienzo de la grandeza.
Lo que desapareció ese día
El 2 de agosto de 1934, Alemania dejó de tener presidente, lo que significaba que dejó de tener árbitro institucional entre el poder ejecutivo y cualquier posible abuso. Dejó de tener un ejército leal al Estado para tener un ejército leal a una persona. Dejó de tener partidos de oposición, sindicatos independientes, prensa libre y un Parlamento con capacidad real de veto.
Todo eso había desaparecido gradualmente en los 18 meses anteriores. Pero el 2 de agosto fue el momento en que desapareció también el último freno formal: la posibilidad teórica de que alguien con autoridad constitucional pudiera decirle que no a Hitler.
Desde ese día, nadie dentro del sistema legal alemán podía hacerlo. Las decisiones de Hitler, según el propio régimen, no estaban sujetas a ninguna ley del Estado.
Faltaban exactamente cinco años, un mes y veintiocho días para que Alemania invadiera Polonia y comenzara la Segunda Guerra Mundial.
El primer campo de concentración, Dachau, llevaba ya un año y cinco meses en funcionamiento.
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

