Cinco millas de avance, 250.000 bajas: el precio de Passchendaele

batalla de passchendaele

La lluvia empezó justo la misma noche en que comenzó la ofensiva. No pararía durante tres semanas.

Era el 31 de julio de 1917, cerca de Ypres, en Flandes Occidental, y acababa de comenzar la Tercera Batalla de Ypres, más conocida como Passchendaele, uno de los episodios más recordados de la Primera Guerra Mundial.

Un plan ambicioso desde el principio

El general Sir Douglas Haig llevaba meses planeando algo mucho más grande que una simple ofensiva local. Su objetivo era romper definitivamente las defensas alemanas en Flandes y avanzar hacia la costa belga.

Quería capturar las alturas alrededor de Ypres, incluida la cresta de Passchendaele, y desde ahí lanzar un avance hacia los puertos ocupados por Alemania: Ostende y Zeebrugge, bases clave para los submarinos alemanes que hostigaban al Reino Unido.

«En mi opinión, la guerra solo puede ganarse aquí, en Flandes», escribió Haig el 13 de agosto de 1917, ya en plena batalla.

Era un plan ambicioso. Demasiado, quizás, y no tenía en cuenta las lecciones aprendidas un año antes en el Somme, ni el desgaste que ya sufrían las tropas tras la reciente ofensiva de Arras.

Dos semanas de artillería antes del primer disparo de infantería

Antes de que un solo soldado avanzara, la artillería aliada llevaba ya dos semanas machacando las posiciones alemanas.

Más de 3.000 cañones dispararon millones de proyectiles contra las líneas enemigas. Fue uno de los mayores bombardeos de artillería de toda la contienda hasta ese momento.

Los alemanes respondieron con un arma que apenas empezaba a usarse en el frente: el gas mostaza, empleado en un contraataque de contrabatería contra las posiciones aliadas.

El primer día de la gran ofensiva

A las 3:50 de la madrugada del 31 de julio de 1917, comenzó finalmente el ataque principal. Cerca de Pilckem, las tropas británicas, y especialmente sus aliados franceses, lograron avances considerables en las primeras horas.

Pero el terreno de Flandes escondía un problema que pronto resultaría devastador.

Esa misma noche empezó a llover con fuerza. El suelo, ya de por sí bajo y húmedo por su cercanía al mar, había perdido además su sistema natural de drenaje: las zanjas que durante siglos habían mantenido secos los campos habían quedado destruidas por el propio bombardeo aliado.

Cuando el barro se convirtió en el verdadero enemigo

Sin ese drenaje, el agua no tenía a dónde ir. Durante tres semanas seguidas, la lluvia transformó el campo de batalla en un mar de barro espeso y traicionero.

Los soldados avanzaban hundidos hasta la cintura en lodo pegajoso. Hombres, caballos y hasta tanques quedaban literalmente atrapados, algunos llegando a ahogarse en aquel barro que parecía tragárselo todo.

Mover la artillería a nuevas posiciones se volvió casi imposible. El reconocimiento aéreo, esencial para dirigir el fuego con precisión, quedó paralizado por la falta de visibilidad.

Una guerra de desgaste que se prolongó meses

Lo que Haig había imaginado como un avance decisivo se convirtió en una sucesión interminable de batallas menores libradas metro a metro: Menin Road, Polygon Wood, Broodseinde, cada una con objetivos de apenas uno o dos kilómetros desde la línea de partida.

En octubre, tras casi tres meses de combates, tropas australianas y neozelandesas se sumaron al esfuerzo junto a las fuerzas británicas, ya exhaustas. El resultado seguía siendo el mismo: bombardeo, asalto, ocupación de un pequeño tramo de terreno enemigo, y vuelta a empezar.

La aldea que dio nombre a la batalla

La aldea de Passchendaele, que terminaría bautizando toda la ofensiva, no cayó hasta el 6 de noviembre de 1917, capturada finalmente por tropas canadienses.

El general Arthur Currie, al mando de los canadienses, había advertido a Haig que tomar esa posición costaría un precio terrible en vidas humanas. Haig insistió de todos modos, convencido de que incluso una victoria limitada ayudaría a salvar el sentido de toda la campaña.

Cuando la ofensiva se dio por concluida, el avance total apenas superaba las 8 kilómetros desde las líneas iniciales de julio.

Las bajas totales, sumando ambos bandos, superaron las 850.000, entre muertos, heridos y desaparecidos. Meses después, en 1918, ante la ofensiva de primavera alemana, las tropas británicas abandonarían sin apenas resistencia la misma cresta de Passchendaele que tanta sangre había costado conquistar.

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.