El barco que entregó la bomba atómica y la Marina olvidó rescatar: 4 días a la deriva entre tiburones

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Un avión que volaba por otra misión completamente distinta fue quien finalmente los encontró. Llevaban cuatro días en el agua.

Era el 30 de julio de 1945, en pleno océano Pacífico, y acababa de producirse uno de los desastres navales más terribles de la Segunda Guerra Mundial: el hundimiento del USS Indianapolis.

Una misión secreta que nadie a bordo conocía

Días antes, el Indianapolis había completado una travesía récord desde San Francisco hasta la isla de Tinian, en apenas diez días de navegación.

Lo que la tripulación no sabía era la naturaleza exacta de su cargamento. El 26 de julio de 1945, el crucero entregó los componentes esenciales de la primera bomba atómica operativa que la humanidad había construido.

El oficial Twible, de guardia aquel día, recordaría después haber visto a un grupo inusual de almirantes reunidos en el muelle, sin entender por qué tanta autoridad militar esperaba la descarga de aquel cargamento.

La misión era alto secreto. Ni oficiales ni marineros sabían que acababan de transportar las piezas que, en menos de dos semanas, arrasarían la ciudad de Hiroshima.

Rumbo a Filipinas, sin escolta

Tras la entrega, el Indianapolis puso rumbo hacia Guam y recibió nuevas órdenes: encontrarse con el acorazado USS Idaho en el golfo de Leyte, en Filipinas, para prepararse ante la inminente invasión de Japón.

El barco navegaba sin escolta, algo que en circunstancias distintas habría levantado más de una alarma.

El 29 de julio transcurrió con calma. Los marineros jugaban a las cartas, leían libros y algunos conversaban con el capellán del barco, el padre Thomas Conway, mientras el sol se ponía sobre un Pacífico aparentemente tranquilo.

Dos torpedos y doce minutos

Poco después de la medianoche del 30 de julio de 1945, el submarino japonés I-58 localizó al Indianapolis en mitad del Pacífico, a medio camino entre Guam y el golfo de Leyte.

Dos torpedos impactaron contra el casco en rápida sucesión. La explosión partió literalmente el barco en dos.

En apenas 12 minutos, el Indianapolis se hundió por completo. Unos 300 hombres quedaron atrapados en el interior, sin posibilidad alguna de escapar antes de que el barco desapareciera bajo las olas.

Casi 900 hombres flotando en mar abierto

De los cerca de 1.200 tripulantes que iban a bordo, aproximadamente 900 lograron llegar al agua con vida.

Su calvario, sin embargo, apenas comenzaba. Durante los siguientes cuatro días, aquellos hombres tendrían que enfrentarse a la deshidratación, el envenenamiento por sal marina y algo mucho más aterrador: los tiburones.

Las aguas del Pacífico donde flotaban resultaron ser territorio habitual de tiburones oceánicos de puntas blancas, una de las especies más agresivas que existen. Lo que siguió se convertiría en uno de los ataques de tiburones más letales jamás registrados en la historia.

Un fallo que costó cientos de vidas

Lo más trágico de todo fue algo completamente evitable: nadie sabía que el Indianapolis había desaparecido.

Una combinación de errores burocráticos y fallos de comunicación hizo que, cuando el barco no llegó a su destino previsto el 31 de julio, nadie diera la voz de alarma. No se confirmó ninguna señal de socorro, y no se despachó ningún barco de rescate.

Durante cuatro días completos, casi 900 hombres permanecieron a la deriva en mar abierto, sin que nadie en la Marina estadounidense supiera siquiera que necesitaban ser rescatados.

El hallazgo casual que salvó a los supervivientes

El 2 de agosto de 1945, un avión de patrulla de la Marina, en una misión completamente ajena al Indianapolis, sobrevoló por casualidad la zona y su tripulación advirtió la presencia de hombres flotando en el agua.

Se activó de inmediato una operación de rescate de emergencia. Pero para cuando los barcos llegaron, el número de supervivientes se había reducido drásticamente.

De los aproximadamente 1.200 hombres que zarparon a bordo del Indianapolis, solo 316 fueron rescatados con vida.

El hundimiento no se hizo público hasta después de que terminara la guerra, eclipsado por las noticias de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki que dominaron los titulares de aquellas mismas semanas.

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.