Los Aliados de la Segunda Guerra Mundial: países, alianzas y victoria

La Segunda Guerra Mundial enfrentó a dos grandes bloques: las potencias del Eje, lideradas por Alemania, Italia y Japón, y los Aliados, una coalición de países que tardó años en consolidarse pero que acabó reuniendo a más de cincuenta naciones. Entender quiénes eran los Aliados, por qué se unieron y qué aportó cada uno es entender cómo se ganó la guerra más mortífera de la historia.

Pero los Aliados no nacieron como un bloque cohesionado. Fueron el resultado de invasiones, traiciones diplomáticas, cálculos estratégicos y, sobre todo, de la necesidad común de frenar el avance del nazismo y el fascismo. Una democracia liberal como el Reino Unido, un estado comunista como la URSS y una república en guerra civil como China acabaron luchando en el mismo bando. Eso, por sí solo, dice mucho sobre la naturaleza del conflicto.

¿Qué países formaban el bando aliado?

Cuando hablamos de los países aliados en la Segunda Guerra Mundial, solemos pensar en las cuatro grandes potencias: el Reino Unido, la Unión Soviética, Estados Unidos y China. Pero la coalición era mucho más amplia. Polonia, Francia, Australia, Canadá, Grecia, Yugoslavia, Brasil, México y decenas de países más combatieron bajo la misma bandera, cada uno con sus propias circunstancias y su propia historia dentro del conflicto.

Lo que unía a todos estos países no era una ideología compartida sino una amenaza común. Las alianzas de la Segunda Guerra Mundial se construyeron sobre la urgencia, no sobre la afinidad. Y esa tensión interna —entre aliados que desconfiaban profundamente los unos de los otros— fue una constante que marcaría tanto el desarrollo de la guerra como el mundo que emergió de ella.

Cómo se formó la coalición aliada

El bando aliado no existía como tal en septiembre de 1939. Cuando Alemania invadió Polonia, solo Francia y el Reino Unido declararon la guerra. Durante los dos primeros años del conflicto, ambos países combatieron prácticamente solos en el frente occidental, mientras la URSS mantenía su pacto de no agresión con Hitler y Estados Unidos se aferraba a la neutralidad.

Todo cambió en 1941. En junio, la Operación Barbarroja —la invasión alemana del territorio soviético— empujó a Stalin a unirse a los Aliados de la noche a la mañana. En diciembre, el ataque japonés a Pearl Harbor hizo lo mismo con Estados Unidos. En cuestión de meses, la guerra había adquirido una dimensión global y la coalición aliada había sumado a sus dos miembros más poderosos.

La coordinación entre estas potencias se articuló a través de una serie de conferencias históricas. En Teherán, en 1943, Churchill, Roosevelt y Stalin acordaron la apertura del frente occidental con el desembarco de Normandia, en Francia. En la conferencia de Yalta, en febrero de 1945, trazaron el mapa del mundo de posguerra. En Potsdam, ese mismo verano, con Alemania ya rendida, negociaron los términos del nuevo orden internacional. Esas tres reuniones no fueron solo cumbres militares: fueron el momento en que los Aliados decidieron qué mundo querían construir cuando todo acabara.

El Reino Unido: la resistencia que mantuvo viva la esperanza

Gran Bretaña es el único de los grandes países aliados que combatió desde el primer día hasta el último sin ser invadido ni derrotado. Eso, en el contexto de los primeros años de la guerra, fue casi un milagro.

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Tras la caída de Francia en junio de 1940, el Reino Unido quedó solo frente a la Alemania nazi. Los bombardeos del Blitz sobre Londres y otras ciudades buscaban quebrar la moral de la población. No lo lograron. La RAF resistió en la Batalla de Gran Bretaña y obligó a Hitler a renunciar a la invasión de las islas. Winston Churchill, con su retórica implacable y su negativa absoluta a negociar, fue el símbolo de esa resistencia.

Pero Gran Bretaña no combatía sola en sentido estricto. El Imperio Británico movilizó tropas de Australia, Canadá, India, Nueva Zelanda y decenas de territorios coloniales. Pilotos polacos exiliados en Inglaterra fueron determinantes en la Batalla de Gran Bretaña. Soldados de medio mundo combatieron bajo mando británico en el norte de África, en Italia y, finalmente, en Normandía.

La Unión Soviética: el frente que decidió la guerra

Si hay un frente que decidió el resultado de la Segunda Guerra Mundial, ese fue el frente oriental. Y si hay un país aliado cuya contribución fue absolutamente decisiva, ese fue la Unión Soviética, aunque durante décadas el relato occidental de la guerra lo haya situado en un segundo plano.

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Cuando Alemania lanzó la Operación Barbarroja en junio de 1941, nadie esperaba que la URSS resistiera. Los primeros meses fueron catastróficos para el Ejército Rojo: retrocesos masivos, millones de prisioneros, ciudades sitiadas. Pero la resistencia soviética no se quebró. La batalla de Stalingrado, entre 1942 y 1943, fue el punto de inflexión: el Sexto Ejército alemán, considerado invencible, fue cercado y destruido. Desde ese momento, la iniciativa en el frente oriental pasó definitivamente a la URSS.

El precio fue devastador. Se estima que la Unión Soviética perdió entre 26 y 27 millones de personas durante la guerra, civiles y militares. Ningún otro país aliado ni del Eje sufrió pérdidas ni remotamente comparables. En 1945, fue el Ejército Rojo el que entró en Berlín y puso fin a la guerra en Europa.

Estados Unidos: la potencia industrial que inclinó la balanza

Estados Unidos entró en la guerra en diciembre de 1941, pero su influencia ya se hacía notar antes. El programa Lend-Lease, aprobado ese mismo año, permitió enviar material bélico al Reino Unido y más tarde a la URSS sin exigir pago inmediato. Sin esa ayuda, la resistencia británica y soviética habría sido mucho más difícil de sostener.

Cuando Pearl Harbor eliminó cualquier argumento a favor de la neutralidad, la capacidad industrial norteamericana se volcó en la guerra con una velocidad asombrosa. Las fábricas que producían automóviles pasaron a fabricar tanques. Los astilleros lanzaban nuevos barcos a un ritmo sin precedentes. La producción militar estadounidense superó en poco tiempo a la de todos los países del Eje juntos.

En el plano militar, el desembarco en el norte de África en 1942, la campaña en Italia en 1943 y, sobre todo, el Desembarco de Normandía el 6 de junio de 1944 marcaron los hitos de la participación norteamericana en Europa. En el Pacífico, la guerra contra Japón fue librándose isla a isla hasta que las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 pusieron fin al conflicto de forma abrupta y controvertida, cuando Japón ya estaba prácticamente derrotada.

China: la guerra más larga y más olvidada

China lleva el dudoso honor de ser el país aliado que más tiempo estuvo en guerra y cuya contribución más ha sido ignorada por la historiografía occidental. Desde 1937, el gobierno de Chiang Kai-shek combatía al ejército imperial japonés en una guerra brutal que los historiadores chinos llaman la Guerra de Resistencia contra Japón.

Cuando el conflicto europeo se globalizó en 1941, ese frente chino quedó integrado en la Segunda Guerra Mundial. Su importancia estratégica era enorme: millones de soldados japoneses estaban inmovilizados en territorio chino, lo que limitaba la capacidad de Japón para expandirse en el frente del Pacífico. Las bajas chinas durante todo el conflicto se estiman entre 15 y 20 millones de personas.

Polonia: el país que nunca se rindió

Polonia tiene una historia particular dentro del bando aliado. Fue el primer país invadido por Alemania, el 1 de septiembre de 1939, y dieciséis días después también fue invadida por la URSS. El país quedó borrado del mapa, repartido entre dos dictaduras.

Y sin embargo, Polonia nunca capituló. El gobierno polaco en el exilio se instaló en Londres y continuó coordinando la resistencia. Los soldados polacos que lograron escapar del país combatieron en prácticamente todos los frentes aliados: en la Batalla de Gran Bretaña, en el norte de África, en Italia —donde su papel en la batalla de Montecassino fue decisivo— y en Normandía. La paradoja trágica es que, al acabar la guerra, Polonia quedó dentro de la órbita soviética. Los soldados que habían combatido por la libertad de Europa no pudieron regresar a un país libre.

Francia: la derrota, la colaboración y la resistencia

Francia es quizás el caso más complejo dentro del bando aliado. Derrotada en apenas seis semanas en el verano de 1940, el país quedó dividido entre la zona de ocupación alemana y el régimen colaboracionista de Vichy, encabezado por el mariscal Pétain.

Pero Francia no desapareció de la guerra. El general Charles de Gaulle, desde Londres, lanzó su llamamiento del 18 de junio de 1940 y organizó la Francia Libre, que continuó combatiendo junto a los Aliados en el norte de África y en otros frentes. La Resistencia interior realizó una labor crucial de sabotaje e inteligencia que facilitó el desembarco aliado en 1944. Y fue una división francesa —la División Leclerc— la primera en entrar en París el 25 de agosto de 1944.

Los exiliados republicanos españoles: combatientes sin patria

Entre los combatientes aliados hubo un grupo que merece mención especial: los republicanos españoles exiliados tras la derrota en la Guerra Civil. Derrotados por Franco con el apoyo directo de la Alemania nazi y la Italia fascista, miles de ellos cruzaron a Francia en 1939 y acabaron integrándose en las fuerzas aliadas.

La 9ª Compañía de la División Leclerc, conocida como La Nueve, estaba formada en su mayoría por republicanos españoles. Fueron ellos quienes, a bordo de vehículos blindados con nombres como Guadalajara, Ebro o Teruel, entraron primero en el Ayuntamiento de París. Luchaban por liberar una ciudad que no era la suya porque la suya aún no podía ser liberada. Su historia, silenciada durante décadas, es uno de los episodios más conmovedores de toda la guerra.

América Latina y otros aliados

La participación latinoamericana en la Segunda Guerra Mundial es ampliamente desconocida. La mayoría de los países de la región declararon la guerra a las potencias del Eje, aunque con implicaciones muy distintas. Brasil fue el más activo: la Fuerza Expedicionaria Brasileña combatió en Italia a partir de 1944. México aportó el Escuadrón 201 de la Fuerza Aérea, que operó en las Filipinas. La contribución económica de la región —caucho, cobre, petróleo— fue también fundamental para sostener el esfuerzo bélico aliado.

En Europa, Grecia resistió heroicamente la invasión italiana antes de ser ocupada. Yugoslavia protagonizó una de las guerrillas más efectivas de toda la guerra bajo el mando de Tito. Noruega, los Países Bajos, Bélgica y Dinamarca mantuvieron gobiernos en el exilio que colaboraron con los Aliados. Australia y Nueva Zelanda combatieron en el Pacífico y en Europa desde el primer momento.

¿Por qué ganaron los Aliados?

La victoria aliada en 1945 no fue inevitable. En los primeros años de la guerra, el Eje avanzaba en todos los frentes. La respuesta a por qué ganaron los Aliados tiene varias dimensiones.

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La más obvia es la superioridad industrial: la combinación de la producción norteamericana, soviética y británica superó con creces la capacidad del Eje. Pero también fue decisiva la coordinación estratégica: las conferencias aliadas permitieron sincronizar operaciones en múltiples frentes simultáneamente, algo que Alemania y Japón nunca lograron hacer entre sí.

Y hubo un factor menos tangible: la resistencia. La resistencia soviética en Stalingrado, la resistencia británica durante el Blitz, la resistencia polaca que nunca capituló formalmente, la resistencia francesa dentro y fuera del país. El Eje podía ganar batallas. No pudo ganar la voluntad de seguir combatiendo de unas naciones que tenían demasiado en juego para rendirse.

El legado de la coalición aliada

La victoria aliada en 1945 no solo puso fin a la guerra. También definió el mundo que vino después. Las instituciones creadas por los Aliados —las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial— estructuraron el orden internacional de la segunda mitad del siglo XX. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 nació directamente del horror que los Aliados habían combatido.

Pero el legado fue también ambiguo. La misma coalición que ganó la guerra se fracturó casi de inmediato en la Guerra Fría. La URSS y las democracias occidentales, que habían combatido juntas, se convirtieron en adversarios durante cuatro décadas. Polonia, que nunca se rindió, tardó cuarenta y cuatro años en recuperar una soberanía real. Y los republicanos españoles que liberaron París nunca pudieron liberar Madrid.

La historia de los Aliados es, en definitiva, la historia de cómo países muy distintos pueden unirse frente a una amenaza existencial. Y también de las contradicciones y los costes que ese tipo de unidad lleva siempre consigo.

Preguntas frecuentes

¿Cuáles eran exactamente los dos bandos de la Segunda Guerra Mundial?

Las potencias del Eje —Alemania, Italia y Japón principalmente— se enfrentaron a los Aliados, una coalición que llegó a reunir a más de cincuenta países liderados por el Reino Unido, la URSS, Estados Unidos y China.

¿Cuándo se unió la URSS al bando aliado?

La Unión Soviética se unió a los Aliados en junio de 1941, cuando Alemania lanzó la Operación Barbarroja e invadió su territorio. Hasta ese momento, la URSS mantenía un pacto de no agresión con la Alemania nazi.

¿Qué fue el programa Lend-Lease?

Fue un programa norteamericano aprobado en 1941 que permitía enviar material bélico al Reino Unido y posteriormente a la URSS sin exigir pago inmediato. Fue una forma de apoyar a los Aliados antes de que Estados Unidos entrara formalmente en la guerra.

¿Qué país aliado sufrió más bajas durante la guerra?

La Unión Soviética, con entre 26 y 27 millones de muertos entre militares y civiles, fue con diferencia el país aliado que más sufrió durante el conflicto.

¿Por qué Polonia no recuperó su independencia al acabar la guerra?

Los acuerdos de Yalta (1945) dejaron a Polonia dentro de la esfera de influencia soviética, lo que llevó a la instauración de un gobierno comunista pro-soviético que duró hasta 1989, a pesar de que Polonia había sido uno de los primeros países en resistir a la Alemania nazi.

Bibliografía

  • Beevor, Antony. La Segunda Guerra Mundial. Pasado y Presente, 2012.
  • Keegan, John. La Segunda Guerra Mundial. Penguin Books, 1989.
  • Hastings, Max. Se desataron todos los infiernos. Crítica, 2012.
  • Calvocoressi, Peter; Wint, Guy; Pritchard, John. Guerra total. Alianza Editorial, 1999.
  • Pike, David Wingeate. Españoles en la Segunda Guerra Mundial. Cátedra, 2010.

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.