El engaño que costó a Hitler el principio del fin: El hombre que nunca existió
Un pescador español encontró el cuerpo flotando cerca de la costa de Huelva el 30 de abril de 1943. Vestía uniforme de oficial de la Marina Real Británica y llevaba una maleta encadenada a la muñeca. Dentro había documentos clasificados que revelaban los próximos movimientos del ejército aliado en Europa.
Eran completamente falsos. Y Hitler los creyó todos.

El problema que nadie sabía resolver
En la primavera de 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, los Aliados tenían un plan claro: invadir Sicilia para abrir la puerta al continente europeo a través de Italia. El problema era que Sicilia era la opción tan obvia que el propio Winston Churchill lo resumió sin rodeos: «Cualquiera que no sea un maldito idiota sabría que es Sicilia.»
Necesitaban que Hitler mirara hacia otro lado. Y para eso necesitaban algo que Hitler pudiera encontrar por casualidad, algo que pareciera tan real que nadie cuestionara su autenticidad.
La solución fue un cadáver.
El hombre que nunca existió
Los responsables del plan fueron dos oficiales de inteligencia: Ewen Montagu, abogado reconvertido en agente naval, y Charles Cholmondeley, un teniente del Ejército del Aire destinado al MI5. Juntos diseñaron una identidad completa para alguien que no existía: el Mayor William Martin, oficial de los Royal Marines, experto en operaciones anfibias.

Para darle vida en papel fabricaron todo lo que un hombre lleva en los bolsillos. Fotografías de una novia inventada llamada Pam, en realidad una empleada del MI5 llamada Jean Leslie. Dos cartas de amor escritas por ella. Un recibo de una joyería de Bond Street por un anillo de compromiso. Una carta de su padre. Una notificación del banco reclamándole el pago de un descubierto. Entradas de teatro. Una factura de cuatro noches en un club militar de Londres.
Montagu pasó semanas frotando los carnés de identidad contra sus pantalones para que no parecieran demasiado nuevos.
El cuerpo
El problema más delicado era el cadáver. Necesitaban uno real, fresco, sin familia que lo reclamara, y cuya causa de muerte pudiera confundirse con un ahogamiento.
El 28 de enero de 1943, el médico forense Bentley Purchase contactó a Montagu con una noticia: había localizado al candidato perfecto. Se trataba de Glyndwr Michael, un indigente galés que había muerto después de ingerir veneno para ratas con fósforo. La pequeña cantidad de tóxico en su sistema no sería detectable en un cuerpo que supuestamente llevaba días flotando en el mar.
Montagu se negó durante décadas a revelar la identidad del hombre. Solo dijo de él que era «un inútil, y que lo único valioso que hizo en su vida lo hizo después de muerto.» No fue hasta 1996 cuando un historiador aficionado encontró pruebas en los archivos públicos británicos que confirmaban que el cuerpo era el de Michael.
El engaño en marcha
Los documentos clave que llevaba el Mayor Martin eran una carta personal del teniente general Sir Archibald Nye, subjefe del Estado Mayor Imperial, dirigida al general Harold Alexander, comandante del Grupo de Ejércitos angloamericano en el norte de África. La carta dejaba claro, con la naturalidad calculada de quien escribe entre generales, que el objetivo real de la invasión no era Sicilia sino Grecia y Cerdeña, y que Sicilia era solo una distracción.
El cuerpo fue transportado en un contenedor hermético, etiquetado como «instrumentos ópticos, tratar con cuidado», a bordo del submarino HMS Seraph. La travesía duró diez días. En la madrugada del 30 de abril, el comandante Bill Jewell subió a cubierta con sus oficiales, ordenó al resto de la tripulación que permaneciera abajo, leyó el salmo 39 y dejó el cuerpo en el agua. Los motores a máxima potencia empujaron el cadáver hacia la orilla.
Hitler mueve sus tropas
Los españoles, nominalmente neutrales pero con estrechos vínculos con el Abwehr, la inteligencia militar alemana, fotografiaron los documentos antes de devolverlos a los británicos. El jefe del Abwehr en España consideró el hallazgo tan importante que llevó personalmente los documentos a Alemania.
El 14 de mayo de 1943, los analistas de Bletchley Park descifraron un mensaje alemán: las tropas estaban siendo redirigidas a Grecia y Cerdeña. Alguien envió un telegrama a Churchill, que estaba en ese momento en Estados Unidos. Decía: «Mincemeat tragado anzuelo, sedal y plomada por las personas adecuadas.»
Hitler ordenó trasladar la experimentada 1ª División Panzer desde Francia a Salónica, en Grecia. Para finales de junio, la fuerza alemana en Cerdeña se había duplicado hasta los 10.000 soldados. Siete divisiones completas fueron enviadas a Grecia, elevando el total a ocho. Diez más reforzaron los Balcanes.
Sicilia quedó prácticamente desguarnecida.
El resultado
Los Aliados invadieron Sicilia el 9 de julio de 1943. Los británicos habían previsto 10.000 bajas solo en la primera semana. Tuvieron una séptima parte de esa cifra. La marina esperaba perder 300 barcos. Perdió 12. La campaña que se estimaba duraría 90 días terminó en 38.
Cuatro horas después de que comenzara la invasión, Hitler seguía convencido de que Sicilia era la distracción. Ordenó enviar 21 aviones desde Sicilia hacia Cerdeña para reforzar una amenaza que no existía.

En Huelva, el Mayor William Martin fue enterrado con todos los honores militares el 2 de mayo de 1943, en el cementerio de Nuestra Señora. Su lápida, hoy bajo la tutela de la Comisión de Tumbas de Guerra de la Commonwealth, lleva desde 1997 una inscripción que pocos visitantes comprenden del todo: «Glyndwr Michael sirvió como el Mayor William Martin, RM.»
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.


