El español que Hitler condecoró sin saber que le estaba mintiendo

Hoy en día nos preocupan las noticias falsas y la manipulación digital. Sin embargo, la mayor campaña de desinformación de todos los tiempos se diseñó hace más de ochenta años con papel, tinta invisible, una guía turística de Inglaterra y una imaginación desbordante. Lo más sorprendente es que no la creó ningún gobierno, sino un solo hombre de Barcelona que odiaba la guerra y que logró que Adolf Hitler le pagara una fortuna por engañarle.
En enero de 1941, un catalán de 26 años se presentó tres veces en la Embajada británica de Madrid ofreciéndose como espía. Las tres veces lo rechazaron. No sabían que acababan de perder al agente más eficaz de toda la Segunda Guerra Mundial.
Se llamaba Juan Pujol García, había nacido en Barcelona el 14 de febrero de 1914, y la guerra civil española lo había dejado con un odio profundo hacia cualquier forma de extremismo. Sirvió a la fuerza en ambos bandos, fue encarcelado por los republicanos y golpeado por los nacionales, y salió de aquello sin haber disparado un solo tiro por nadie.
Cuando los británicos lo despreciaron, hizo algo que nadie esperaba: decidió convertirse en espía nazi primero, para poder ofrecerse después como agente doble.
Se inventó una identidad completa. Un funcionario español fanáticamente pronazi con acceso a Londres. Engañó a un impresor para conseguir un pasaporte diplomático falso y contactó con un agente de la Abwehr en Madrid, conocido como «Frederico». Los alemanes lo aceptaron sin dudar, le dieron un curso acelerado de espionaje, tinta invisible, un libro de códigos y 600 libras para gastos.
Le ordenaron viajar a Gran Bretaña. Pujol nunca puso un pie allí.
Un imperio de espías que no existían
Se instaló en Lisboa y, con una guía turística de Gran Bretaña, revistas y noticiarios de cine, empezó a fabricar informes que parecían salidos directamente de Londres.
Cometía errores absurdos, como no entender el sistema monetario británico o describir a un agente escocés dispuesto a «hacer cualquier cosa por un litro de vino», ignorando que en Escocia no se pensaba en litros. Aun así, sus reportes resultaron tan convincentes que la propia Alemania acabó gastando recursos reales persiguiendo un convoy naval que Pujol se había inventado por completo.
Con el tiempo llegó a manejar una red de 27 agentes ficticios, financiados enteramente por los alemanes, que nunca pusieron un pie en el Reino Unido porque simplemente no existían.
Cuando uno de esos agentes falsos «moría», Pujol llegaba a publicar una esquela en un periódico local para que los alemanes no sospecharan. Incluso consiguió que Berlín pagara una pensión a la «viuda» de uno de ellos.
De Bovril a Garbo
Un oficial naval estadounidense en Lisboa, Patrick Demorest, fue quien finalmente entendió el potencial de aquel hombre y avisó a los británicos. El 24 de abril de 1942, Pujol llegó por fin a Gran Bretaña.
Lo bautizaron primero como «Bovril». Pero un oficial sugirió que, tratándose del «mejor actor del mundo», merecía un nombre a la altura: así nació Garbo, en honor a Greta Garbo.
Junto a su oficial de caso, Tomás Harris, escribió 315 cartas con una media de 2.000 palabras cada una. Los alemanes quedaron tan desbordados por la cantidad y calidad de información que dejaron de intentar reclutar nuevos espías en Gran Bretaña. Ya tenían a «Arabel», como lo llamaban ellos sin saber que era un solo hombre sentado en Londres.
El engaño que salvó el Día D
En enero de 1944, Alemania le confesó a Pujol que esperaba una invasión inminente en Europa. Acababa de empezar la operación más delicada de toda su carrera: Operación Fortitude, la mentira destinada a proteger el desembarco de Normandía.
Entre enero y el Día D, Garbo envió más de 500 mensajes de radio, algunos días hasta veinte. La noche del 5 al 6 de junio de 1944, con la invasión ya en marcha, se organizó una llamada urgente a las tres de la madrugada. Los alemanes no respondieron hasta las ocho. Aquel retraso, lejos de perjudicarle, le permitió añadir datos operativos ya desfasados pero reales, reforzando su credibilidad ante Berlín.
Tres días después del desembarco, Garbo envió un mensaje que llegó hasta el mismísimo Adolf Hitler: describía un orden de batalla de 75 divisiones aliadas en Gran Bretaña, cuando en realidad solo existían unas 50. Entre ellas incluía el Primer Grupo de Ejércitos de Estados Unidos, una formación fantasma de 150.000 hombres al mando del general Patton, sostenida con tanques inflables y camiones que emitían chatarra de radio falsa.
Funcionó. Un mensaje alemán enviado dos días después confirmaba que todos los informes de «Arabel» se consideraban «especialmente valiosos». Un análisis posterior de los archivos alemanes encontró que 62 de los informes de Pujol habían sido incluidos en los resúmenes de inteligencia del alto mando nazi.
Gracias a esa mentira, Alemania mantuvo dos divisiones acorazadas y diecinueve de infantería esperando en Pas de Calais un segundo desembarco que nunca llegó. Había más tropas alemanas allí a finales de junio que el mismo Día D.
Condecorado por los dos bandos
Cuando los alemanes le exigieron información sobre dónde caían las bombas V-1, Harris resolvió el problema de forma teatral: organizó un falso arresto de Garbo, seguido de una carta oficial de disculpa del Ministerio del Interior británico, completamente fabricada, que Pujol reenvió a sus contactos nazis como prueba de su inocencia.
A lo largo de la guerra, Alemania pagó a Pujol unos 340.000 dólares —el equivalente a más de 6 millones de dólares actuales— para sostener una red de espías que jamás existió.
El 29 de julio de 1944 recibió la Cruz de Hierro de Segunda Clase, una condecoración reservada normalmente a combatientes de primera línea y que requería autorización personal de Hitler. Se la entregaron por radio. Meses después, el 25 de noviembre de 1944, el rey Jorge VI le concedió la Orden del Imperio Británico. Junto al también agente doble Eddie Chapman, Pujol es uno de los pocos hombres condecorados por ambos bandos durante la Segunda Guerra Mundial.
Los nazis nunca llegaron a descubrir el engaño.
Una muerte falsa y una vida escondida
Terminada la guerra, Pujol temía represalias de nazis supervivientes. Con ayuda del MI5, viajó a Angola y fingió morir de malaria en 1949. Se instaló después en Lagunillas, Venezuela, donde vivió en el anonimato regentando una librería y una tienda de regalos.
Durante más de tres décadas, ni siquiera los servicios de inteligencia británicos sabían con certeza su verdadero nombre. Solo en 1984, tras años de investigación del escritor Rupert Allason, un antiguo oficial del MI5 reveló su identidad completa. Allason contrató a una persona para llamar a todos los «J. García» de la guía telefónica de Barcelona hasta dar con un sobrino de Pujol.
Se reencontraron en Nueva Orleans el 20 de mayo de 1984. Poco después, Pujol viajó a Londres y fue recibido por el príncipe Felipe en el Palacio de Buckingham, y en el 40 aniversario del desembarco visitó las playas de Normandía para honrar a los caídos.
Murió de un derrame cerebral en Caracas el 10 de octubre de 1988, a los 74 años. Está enterrado en Choroní, un pueblo costero dentro del Parque Nacional Henri Pittier, junto al mar Caribe.
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

