El arma japonesa que cruzó el Pacífico en globo y mató a estadounidenses en su propio bosque

El 5 de mayo de 1945, el reverendo Archie Mitchell aparcaba el coche en la ladera del monte Gearhart, en Oregón, mientras su esposa embarazada y cinco niños de su escuela dominical bajaban a explorar el bosque para el picnic. Fueron los niños los que encontraron algo extraño en el suelo: una estructura metálica colgada de lo que parecía ser un globo. Lo tocaron. Hubo una explosión.
Elsie Mitchell, de 26 años, y cuatro niños de entre 11 y 14 años murieron en el acto. Una niña murió poco después por las heridas. Fueron las únicas víctimas civiles causadas por acción enemiga en el territorio continental de Estados Unidos durante toda la Segunda Guerra Mundial.
El arma que los mató había salido de Japón semanas antes, sola, sin piloto, cruzando el océano Pacífico a más de 9.000 kilómetros de distancia.
La idea que nació del Raid de Doolittle
En abril de 1942, bombarderos americanos atacaron Tokio en el llamado Raid de Doolittle, demostrando que el territorio japonés era vulnerable al ataque aéreo. El impacto psicológico en el alto mando japonés fue devastador. El Cuartel General Imperial ordenó al Instituto de Investigación de Noborito que desarrollara una capacidad de bombardeo de represalia contra Estados Unidos.
Los ingenieros japoneses tenían un problema enorme: la distancia. El continente americano estaba demasiado lejos para cualquier bombardero convencional. Pero había algo que podía cubrir esa distancia de forma gratuita, continua y sin piloto: el viento.
En los años 1920, el científico japonés Wasaburo Oishi había documentado la existencia de corrientes de aire de alta velocidad que fluían de oeste a este a gran altitud sobre Japón. Lo que hoy llamamos la corriente en chorro. Los vientos más fuertes soplaban entre noviembre y marzo, alcanzando velocidades de casi 320 kilómetros por hora.
Si conseguían mantener un globo a la altitud correcta durante suficiente tiempo, el viento haría el resto.
El arma más sofisticada que nadie esperaba
El diseño final del Fu-Go, nombre en clave del programa, era un globo de 10 metros de diámetro fabricado con cuatro o cinco capas de washi, un papel resistente derivado del arbusto de morera de papel, pegadas con pasta de konnyaku, una fécula japonesa de patata. Debajo del globo colgaba una estructura de aluminio que transportaba la carga: cuatro dispositivos incendiarios de termita y una bomba explosiva antipersonal de 15 kilogramos.
El verdadero ingenio estaba en el sistema de control de altitud. Sin piloto que ajustara la trayectoria, los ingenieros diseñaron un mecanismo automático con 32 sacos de arena como lastre, conectados a barómetros que monitorizaban la altitud constantemente. Si el globo descendía por debajo del umbral establecido, un detonador liberaba automáticamente un saco de arena, aligerando el peso y permitiendo que el globo volviera a subir. Durante el día, el sol calentaba el hidrógeno y expandía el globo; una válvula de alivio liberaba el exceso de gas para evitar que estallara.
Era un sistema de navegación autónomo sin ningún componente electrónico activo. Pura mecánica. Y funcionaba.
Miles de chicas de instituto fabricando el arma
Para producir los globos a escala industrial, el ejército japonés movilizó a miles de adolescentes de institutos de todo el país. Las chicas laminaban y pegaban las capas de papel en grandes naves industriales, incluyendo el Music Hall Nichigeki y el legendario Ryōgoku Kokugikan, el pabellón de sumo de Tokio.
Entre noviembre de 1944 y abril de 1945, Japón lanzó aproximadamente 9.300 globos desde estaciones de la costa de Honshu. Cada lanzamiento requería un equipo de 30 hombres y entre 30 minutos y una hora. El ejército estimaba que solo el 10 por ciento de los globos sobrevivirían el viaje.
La estimación era bastante precisa. Aproximadamente 300 fueron encontrados u observados en Estados Unidos, Canadá y México.
El silencio que salvó el secreto japonés
Cuando los primeros globos empezaron a aparecer en suelo americano en noviembre de 1944, el gobierno de Estados Unidos tomó una decisión que resultó determinante: el silencio total. El 4 de enero de 1945, la Oficina de Censura envió un memorándum confidencial a todos los editores de periódicos y emisoras de radio del país pidiendo que no publicaran ninguna información sobre los incidentes con globos.
La colaboración fue casi perfecta. El ejército imperial japonés nunca supo si sus globos estaban llegando. Sin confirmación de resultados, sin saber si el arma funcionaba, el programa siguió adelante a ciegas.
La censura fue tan efectiva que Japón solo llegó a confirmar un único impacto: el globo encontrado en Kalispell, Montana, que había sido mencionado en un periódico chino antes de que la orden de censura entrara en vigor.
El día que un globo casi paró el Proyecto Manhattan
Los globos resultaron ser armas terribles como bombas forestales: el invierno y la primavera mantienen los bosques del noroeste americano demasiado húmedos para incendiarse fácilmente, y 1945 fue el año más lluvioso de la década en esa región. Ningún incendio forestal de importancia fue atribuido a los Fu-Go.
Pero el 10 de marzo de 1945 ocurrió algo que estuvo a punto de cambiar el curso de la guerra de una forma que nadie anticipó. Un globo descendió cerca de Toppenish, en el estado de Washington, y colisionó con las líneas de transmisión eléctrica que suministraban energía a las instalaciones de Hanford Engineer Works, el complejo donde el Proyecto Manhattan producía plutonio para las bombas atómicas americanas.
El cortocircuito cortó la energía. Los reactores nucleares de Hanford tardaron tres días en recuperar su plena capacidad. El plutonio producido en esos reactores fue el mismo que se usó más tarde en Fat Man, la bomba atómica lanzada sobre Nagasaki.
Un globo de papel japonés, cruzando el Pacífico solo, por poco interrumpe el programa nuclear que pondría fin a la guerra.
El picnic del que nadie regresó
Cuando la tragedia del 5 de mayo de 1945 ocurrió en Oregón, la censura seguía activa. La prensa americana no pudo informar sobre las muertes. Solo el 22 de mayo, cuando el gobierno consideró que era necesario advertir al público del peligro, se levantó la prohibición.
Para entonces, el programa Fu-Go ya estaba muerto. Japón había lanzado su último globo el 20 de abril, sin saber que había matado a seis personas en un bosque. Sin saber que había estado a punto de apagar los reactores de plutonio americanos. Sin ninguna confirmación de que el arma había funcionado.
En 1987, un grupo de mujeres japonesas que habían fabricado los globos siendo adolescentes viajó hasta Oregón para entregar 1.000 grullas de papel a las familias de las víctimas como símbolo de paz. En 1995, en el 50º aniversario del incidente, se plantaron seis cerezos en el lugar de la explosión, uno por cada víctima.
Un pino ponderosa cerca del lugar todavía lleva cicatrices de metralla en el tronco.
En 2014, un equipo de desactivación de explosivos de la Marina Real Canadiense detonó una estructura de globo Fu-Go con una bomba todavía activa encontrada cerca de Lumby, en Columbia Británica. Habían pasado 69 años desde que fue lanzada.
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

