La batalla que se ganó con música: el truco alemán que salvó a los británicos en Vermont en 1777

batalla de hubbardton

El 7 de julio de 1777, en una ladera boscosa de lo que hoy es Vermont, el general británico Simon Fraser estaba a punto de ver su flanco izquierdo derrumbarse. Los americanos lo habían comprendido antes que él: si presionaban otros minutos más en esa dirección, la batalla estaba ganada. Los británicos llevaban más de una hora combatiendo, estaban agotados, y los refuerzos alemanes que esperaban no llegaban.

Entonces, desde el otro lado de la colina, se escuchó algo completamente inesperado en un campo de batalla: una banda de música tocando himnos militares. Y voces. Cientos de voces cantando en alemán mientras avanzaban hacia el combate. Para entender por qué aquello cambió el curso de la Guerra de Independencia de Estados Unidos en ese rincón olvidado de Nueva Inglaterra, hay que retroceder dos días.

La noche en que abandonaron el fuerte más importante del norte

Todo comenzó con un error de cálculo americano. El 5 de julio de 1777, las fuerzas del general Arthur St. Clair descubrieron algo que nadie había previsto: los británicos del general John Burgoyne habían conseguido subir cañones a la cima del monte Defiance, una altura que dominaba completamente el Fuerte Ticonderoga.

El fuerte, considerado la llave del norte, era indefendible desde esa posición. St. Clair tomó la única decisión posible: evacuarlo esa misma noche. Miles de soldados comenzaron una marcha nocturna forzada por caminos de tierra hacia el sur, hacia Hubbardton y más allá. Era una retirada, no una derrota táctica, pero el impacto moral fue enorme.

El coronel Seth Warner y su retaguardia, incluyendo a los Green Mountain Boys de Vermont y varios regimientos de Nueva Hampshire y Massachusetts, se quedaron atrás para cubrir la retirada del grueso del ejército. Warner tomó una decisión que sus superiores no habían autorizado: en lugar de seguir marchando hacia Castleton como ordenaban las instrucciones, decidió acampar en Hubbardton para que sus hombres descansaran y esperaran a los rezagados.

Era una decisión comprensible. Sus hombres llevaban horas marchando bajo un calor sofocante. Pero también era una decisión que pondría a sus fuerzas en el camino directo de lo que vendría a continuación.

El escocés que no esperó órdenes

El general Simon Fraser era exactamente el tipo de oficial que no se quedaba quieto esperando confirmaciones. Cuando supo al amanecer del 6 de julio que los americanos habían abandonado Ticonderoga, dejó un mensaje para Burgoyne explicando lo que hacía y salió en persecución inmediata con sus granaderos e infantería ligera, más un centenar de leales y exploradores indígenas.

Esa noche acampó a pocos kilómetros de Hubbardton. El general alemán Friedrich Adolf Riedesel, que venía detrás con refuerzos, acampó algo más atrás. A las 3 de la madrugada del 7 de julio, Fraser ordenó a sus hombres levantarse y marchar. La oscuridad los retrasó, pero antes del amanecer ya estaban llegando a las posiciones americanas.

Lo que encontraron no fue un enemigo dormido y desprevenido. Warner había dispuesto sus campamentos en posición defensiva en el monte Monument y había apostado patrullas en el camino. Cuando los británicos coronaron la colina, los soldados del coronel Ebenezer Francis ya estaban formando línea de combate.

Una hora de batalla que casi termina en desastre británico

El primer contacto fue brutal. Los americanos soltaron una descarga cerrada contra los británicos que subían la colina sin aliento, causando bajas inmediatas. Fraser evaluó la situación rápidamente y decidió enviar una fuerza a flanquear el lado izquierdo americano, asumiendo el riesgo de dejar su propio flanco izquierdo expuesto mientras esperaba que Riedesel llegara a tiempo para cubrirlo.

El problema fue que los americanos detectaron exactamente esa debilidad. El coronel Francis, aunque había recibido un disparo en el brazo al principio del combate, siguió en pie dirigiendo a sus hombres. Y los dirigió precisamente hacia el flanco izquierdo británico, el punto más vulnerable. Durante más de una hora, los americanos presionaron esa posición con creciente efectividad.

Fraser aguantaba, pero el margen se estrechaba con cada minuto. Sus hombres estaban agotados después de la marcha nocturna. Los americanos, aunque también cansados, tenían la ventaja de estar atacando un punto débil que ellos habían identificado y el enemigo no podía reforzar.

La banda de música que cambió la batalla

Entonces llegó Riedesel. Pero no llegó en silencio.

El general alemán había subido a una colina cercana y desde allí observó la situación: el flanco izquierdo de Fraser estaba siendo presionado seriamente y podía ceder en cualquier momento. Tenía con él un número limitado de granaderos y jägers, no suficientes para resultar decisivos si el enemigo comprendía cuántos eran exactamente.

Así que Riedesel tomó una decisión que hoy parecería sacada de una película: ordenó a sus hombres que entraran al combate cantando himnos militares al son de su banda de música, con el volumen máximo posible. El objetivo era simple y despiadado: hacer que los americanos creyeran que los refuerzos eran mucho más numerosos de lo que realmente eran.

Funcionó.

Los soldados de Riedesel emergieron del bosque cantando, con los instrumentos de la banda resonando entre los árboles. El efecto psicológico fue inmediato. Los americanos, que llevaban más de una hora combatiendo confiando en que los refuerzos británicos tardarían o no llegarían, se encontraron de repente con lo que sonaba como una columna enorme avanzando hacia ellos desde el flanco.

Los granaderos de Riedesel golpearon el flanco americano mientras los jägers atacaban el centro. La presión coordinada desde múltiples puntos rompió la formación americana. Los flancos cedieron y los soldados tuvieron que cruzar en carrera un campo abierto para evitar quedar rodeados.

El coronel que murió con las botas puestas y fue enterrado por sus enemigos

En aquella carrera desesperada a través del campo abierto, una descarga de mosquetes alcanzó al coronel Ebenezer Francis. Había seguido comandando sus tropas con el brazo herido durante toda la batalla. Cayó mientras sus hombres huían hacia la espesura.

Lo que ocurrió después fue inusual en una guerra que no se caracterizó precisamente por la caballerosidad entre bandos. Los británicos recogieron el cuerpo del coronel Francis y lo enterraron con sus propios caídos de Brunswick, con los honores militares correspondientes a su rango. Era un reconocimiento tácito al hombre que había estado a punto de ganar la batalla.

Una victoria táctica que se convirtió en derrota estratégica

Los británicos ganaron la batalla de Hubbardton. Dispersaron la retaguardia americana, capturaron al coronel Nathan Hale y a unos 230 soldados, y mantuvieron el control del campo. Pero el precio fue suficientemente alto como para que Fraser no pudiera perseguir al grueso del ejército de St. Clair.

Los americanos dispersados tardaron hasta cinco días en reagruparse, sin comida ni refugio, hostigados por exploradores y guerreros indígenas aliados de los británicos. Pero el ejército principal de St. Clair escapó. Y ese ejército fue el que meses después, en Saratoga, infligió a Burgoyne la derrota que convenció a Francia de entrar en guerra junto a los americanos.

La batalla de Hubbardton es la única batalla de la Guerra de Independencia americana librada en suelo de Vermont. Durante casi un siglo no tuvo ni un monumento. En 1859, una comisión local erigió finalmente un obelisco en el campo de batalla. El estado de Vermont lleva gestionando el lugar como sitio histórico desde 1937.

Cada verano, voluntarios con uniformes del siglo XVIII recrean la batalla en el mismo campo donde ocurrió. Incluida, según la tradición del evento, la entrada de los refuerzos alemanes con música.

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.