El absurdo error de cálculo del Imperio Británico que perdió las 13 Colonias

Londres, 1775. El Imperio Británico controla un cuarto del mundo conocido. Su marina es imbatible. Su ejército, el más profesional de Europa. Frente a ellos, una colección de granjeros, comerciantes y milicias locales sin ejército regular, sin marina y sin un Estado que los unifique. La guerra de Independencia de Estados Unidos, en el papel, no debería durar más de una temporada.

Lo que nadie calculó bien fue todo lo demás.

Batalla de Bunker Hill

Un océano que lo complicaba todo

El primer problema del Imperio era geográfico y no tenía solución fácil. Las colonias estaban a más de 5.000 kilómetros de Londres. Un barco tardaba hasta tres meses en cruzar el Atlántico. Eso significaba que cuando una orden salía del despacho de Lord Germain en Whitehall y llegaba a un general en América, la situación sobre el terreno ya era completamente distinta.

Los comandantes tomaban decisiones en el vacío. Los refuerzos llegaban tarde o no llegaban. Y el ejército más disciplinado de Europa operaba con la flexibilidad de un hombre que recibe instrucciones con meses de retraso.

El error de creer que esto sería fácil

En 1775, cuando empezó el conflicto, había solo 8.500 soldados regulares británicos dispersos entre una población civil de 2,8 millones de colonos. No era un ejército de ocupación. Era una presencia simbólica que nadie había pensado en reforzar porque nadie había considerado seriamente la posibilidad de una guerra.

La razón era una lógica imperial perversa: Jamaica sola generaba más ingresos que las trece colonias juntas. Los recursos militares en América se concentraban en proteger las islas azucareras del Caribe. Las colonias continentales eran, en términos de prioridad estratégica, un segundo plato.

Cuando la revuelta estalló, Londres no tenía infraestructura para responder con rapidez. El ejército permanente en la propia Gran Bretaña había sido recortado tras el fin de la Guerra de los Siete Años. Reclutar y entrenar nuevos regimientos llevaba tiempo que ya no había.

Los mercenarios que agravaron el problema

La solución que encontró el gobierno de Lord North fue contratar soldados profesionales alemanes. 30.000 hombres, en su mayoría procedentes de Hesse-Kassel, conocido en Europa como «el Estado Mercenario», cruzaron el Atlántico para combatir en nombre de la Corona británica.

Fue un error político de consecuencias devastadoras. La perspectiva de que soldados extranjeros aplastaran una revuelta de súbditos británicos generó más apoyo a la causa patriota que todos los impuestos y leyes que habían desencadenado el conflicto. El rey Jorge III fue acusado de declarar la guerra a sus propios ciudadanos. La esperanza de reconciliación se evaporó. El uso de mercenarios se convirtió en uno de los cargos formales recogidos en la Declaración de Independencia.

Y entre los más de 150.000 alemanes americanos que ya vivían en las colonias, la llegada de aquellos soldados no inspiró lealtad a la Corona. Inspiró deserción. El Congreso imprimió octavillas prometiendo tierra y ciudadanía a cualquier alemán dispuesto a cambiar de bando.

Cuatro generales, ninguna estrategia

Durante el transcurso de la guerra, los británicos tuvieron cuatro comandantes en jefe diferentes en América del Norte. Ninguno pudo resolver el problema de fondo, porque el problema de fondo no era militar sino estructural.

El primero, Thomas Gage, fue relevado tras las devastadoras pérdidas en la batalla de Bunker Hill en 1775. Su sucesor, Sir William Howe, recibió grandes refuerzos y los desaprovechó sistemáticamente. Bunker Hill pareció afectarle psicológicamente de forma permanente: tenía oportunidades de golpes decisivos y no los ejecutaba. Fue relevado tras la rendición de Burgoyne en Saratoga.

Sir Henry Clinton, considerado uno de los mejores estrategas de su generación, llegó en 1778 y encontró el mismo laberinto. Los problemas de suministro eran crónicos. Sus superiores en Londres tomaban decisiones sin consultarle. Cuando Germain aprobó la invasión del sur por parte de Cornwallis en 1781, Clinton no fue ni notificado ni consultado, y tardó en enviar refuerzos porque creía que el grueso del ejército de Washington seguía fuera de Nueva York.

Mientras tanto, en Londres, Lord Germain y el Conde de Sandwich, al frente de la Marina Real, discutían sobre si la prioridad debía ser América o Europa. Nunca llegaron a un acuerdo claro.

El territorio que no se podía dominar

Había un problema más profundo que ningún general podía resolver: las colonias no tenían un centro vital que conquistar. En Europa, capturar la capital de un país solía terminar la guerra. En América, los británicos tomaron Filadelfia, sede del Congreso, tomaron Nueva York, tomaron Charleston. Y la guerra continuó como si nada.

La población era mayoritariamente agraria, dispersa por un territorio inmenso. No había una ciudad cuya caída significara la rendición. Un estadista británico lo resumió con una frase que quedó para la historia: «Es como intentar conquistar un mapa.»

Con el apoyo naval francés y los barcos que rompían el bloqueo desde el Caribe holandés, la economía colonial aguantó. Y el ejército británico, que necesitaba controlar territorio y combatir al mismo tiempo, nunca tuvo la tropa suficiente para hacer ambas cosas.

Saratoga y el punto sin retorno

La derrota en Saratoga en 1777 fue el momento en que todo cambió de escala. Francia firmó una alianza formal con los estadounidenses en febrero de 1778. España amenazaba con entrar también. La Royal Navy, que hasta entonces dominaba el Atlántico sin discusión, tuvo que dividir su atención entre América y Europa.

Después de Yorktown en 1781, la guerra estaba perdida aunque los británicos siguieran sobre el terreno. El ejército continental ya no podía pagar a sus soldados. El Congreso estaba quebrado. Francia no podía seguir prestando dinero. La inflación en América era devastadora. Técnicamente, el Imperio Británico podría haber prolongado el conflicto.

Pero no podía ganarlo. Y en algún momento alguien en Londres lo supo.

De los 30.000 soldados alemanes enviados a combatir una guerra que no era la suya, 13.000 acabaron como bajas. Muertos, heridos o desaparecidos en un continente del que muchos no sabían nada cuando embarcaron.

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.