El arma secreta bizantina cuya fórmula se perdió para siempre

fuego griego

En el año 672, una flota árabe se acercó a Constantinopla con la intención de conquistar la capital del Imperio Bizantino. Lo que encontraron fue algo para lo que ningún almirante del mundo conocido tenía preparación: un líquido que salía disparado desde los barcos enemigos, se encendía en el aire y seguía ardiendo cuando caía al mar. No se podía apagar con agua. Al contrario: algunos testimonios sugieren que el agua lo avivaba. Los marineros árabes que sobrevivieron describieron el sonido como un trueno y la visión como un dragón escupiendo fuego sobre las olas.

Aquel arma se llamaría más tarde fuego griego. Durante casi setecientos años fue el secreto mejor guardado del mundo medieval y una de las razones principales por las que el Imperio Bizantino sobrevivió tanto tiempo en un entorno permanentemente hostil. Para entender su importancia hay que comprender que la Edad Media fue un período en que la supervivencia de los imperios dependía a menudo de una sola ventaja tecnológica que los enemigos no podían copiar.

El fuego griego fue esa ventaja. Y su fórmula se perdió para siempre.

El arquitecto sirio que cambió la historia de la guerra naval

La historia oficial del fuego griego comienza con un hombre llamado Kallinikos, descrito por el cronista Teófanes el Confesor como un arquitecto judío procedente de Heliópolis, en Siria, que había huido hacia territorio romano cuando los árabes conquistaron la región. Llevaba consigo el conocimiento de algo que los bizantinos no tenían.

El año era aproximadamente 672. El momento no podía ser más crítico. El Imperio Bizantino llevaba décadas en retroceso: Siria, Palestina y Egipto habían caído ante la expansión árabe en menos de una generación. Ahora los árabes apuntaban directamente a Constantinopla. Sin algo que cambiara el equilibrio naval, la capital podía caer.

Kallinikos ofreció ese algo. Los cronistas registran que su invención permitió a los barcos bizantinos incendiar la flota árabe con los tripulantes a bordo. Los árabes se retiraron. Constantinopla sobrevivió.

Algunos historiadores, sin embargo, dudan de que una sola persona inventara el sistema completo. El historiador James Partington sugiere que el fuego griego fue probablemente el resultado del trabajo colectivo de químicos en Constantinopla que habían heredado los conocimientos de la escuela química alejandrina. Kallinikos pudo haber perfeccionado un arma ya existente más que haberla creado desde cero.

Un sistema diseñado para que nadie pudiera copiarlo completo

Lo que hace al fuego griego verdaderamente notable no es solo su efecto en batalla, sino la arquitectura de secreto que los bizantinos construyeron a su alrededor. No era simplemente una fórmula química. Era un sistema de arma completo con múltiples componentes interdependientes, y el conocimiento estaba deliberadamente fragmentado.

Los operadores de los tubos de proyección, llamados siphōnarioi, sabían cómo usar el dispositivo pero no conocían la composición del líquido. Los que fabricaban la sustancia no sabían cómo funcionaba el mecanismo de presurización. Los ingenieros que mantenían los barcos especializados ignoraban los detalles de producción. Ninguna persona, excepto quizás los más altos funcionarios del Estado, conocía el sistema completo.

Esta compartimentación explica un hecho aparentemente paradójico: los búlgaros capturaron 36 tubos de proyección y cantidades significativas de la propia sustancia en el año 812 o 814, y no pudieron hacer nada útil con ello. Los árabes capturaron al menos un barco completo con el sistema intacto en 827, y tampoco pudieron replicarlo. Tenían las piezas pero no el manual.

Lo que el Emperador le dijo a su hijo

El nivel de secreto que rodeaba al fuego griego era tan extremo que adquirió dimensiones casi religiosas. El Emperador Constantino Porfirogéneto, que gobernó entre 945 y 959, escribió un libro de instrucciones para su hijo y heredero que incluía una advertencia explícita sobre el fuego griego.

Le decía que nunca revelara los secretos de su composición, porque había sido revelado por un ángel al primer emperador cristiano, Constantino, y que ese ángel le había ordenado que el fuego solo fuera fabricado para los cristianos y únicamente en la ciudad imperial. Como advertencia práctica, añadía la historia de un funcionario que había sido sobornado para entregar algo de la sustancia a los enemigos del Imperio y que fue fulminado por un rayo del cielo cuando estaba a punto de entrar en una iglesia.

Era propaganda de Estado envuelta en teología. Pero funcionaba.

Ardía sobre el agua y solo había tres formas de apagarlo

Las descripciones históricas del fuego griego en acción son consistentes en un detalle que lo diferencia de cualquier otro arma incendiaria conocida: ardía sobre el agua. Algunos textos van más lejos y sugieren que el contacto con el agua intensificaba las llamas en lugar de apagarlas.

Los cronistas medievales describen que solo podía extinguirse con tres sustancias: arena, vinagre fuerte, u orina envejecida. Cada una de ellas actuaría mediante algún tipo de reacción química con los componentes activos de la mezcla.

La sustancia era líquida, no un proyectil sólido. Se proyectaba desde tubos a presión instalados en la proa de los barcos. Su descarga venía acompañada de un trueno y una gran columna de humo. También existía una versión portátil, el cheirosiphōn, un lanzallamas manual descrito en documentos militares del siglo X como el antecesor directo del lanzallamas moderno. Y había granadas de cerámica llenas de la sustancia que se lanzaban con catapultas.

El cronista Juan de Joinville, que participó en la Séptima Cruzada en el siglo XIII, describió así el momento en que los sarracenos usaron una sustancia similar contra los cruzados: «La cola de fuego que dejaba a su paso era tan grande como una lanza gigante. Hacía tanto ruido al llegar que parecía el trueno del cielo. Parecía un dragón volando por el aire. Proyectaba tanta luz que se veía todo el campamento como si fuera de día.»

La fórmula perdida: lo que los científicos creen hoy

Durante siglos, la pregunta que obsesionó a historiadores y químicos fue siempre la misma: ¿qué era exactamente el fuego griego?

La primera teoría popular lo relacionaba con el salitre, lo que lo convertiría en una forma temprana de pólvora. Esta teoría fue abandonada porque el salitre no aparece en contextos militares europeos o de Oriente Medio antes del siglo XIII, y el comportamiento de esa mezcla no coincide con las descripciones de la sustancia proyectada por los sifones.

Otra teoría propuso la cal viva, que reacciona violentamente con el agua. Pero los textos describen su uso directamente sobre las cubiertas de los barcos enemigos, sin necesidad de contacto con el mar, lo que contradice esa hipótesis.

La teoría más aceptada hoy por la mayoría de los historiadores modernos es que el fuego griego estaba basado en petróleo crudo o refinado, mezclado con resinas para aumentar su viscosidad y la duración de la llama. Los bizantinos tenían acceso fácil al petróleo procedente de pozos naturales alrededor del Mar Negro. El nombre alternativo de «fuego medo» y la referencia al naphtha persa apuntan en esa dirección. En composición, sería comparable al napalm moderno.

En 2002, el historiador John Haldon construyó un dispositivo experimental basado en las descripciones históricas y lo probó para un documental televisivo. Usando petróleo crudo mezclado con resinas de madera, alcanzó una temperatura de llama superior a 1.000 grados centígrados y un alcance efectivo de hasta 15 metros. El sistema funcionaba. Pero nadie sabe si la fórmula real era esa.

El momento en que el secreto se perdió definitivamente

No hay un momento único en que el fuego griego desapareció. Fue una desaparición gradual. Las últimas referencias claras a su uso datan del siglo XII. Cuando los cruzados de la Cuarta Cruzada asediaron Constantinopla en 1203, los bizantinos usaron barcos incendiarios improvisados, no el sistema clásico de sifones. Nadie confirmó el uso del fuego griego.

Los historiadores barajan tres posibilidades: que el Imperio hubiera perdido acceso a las regiones donde se encontraban las materias primas clave; que el debilitamiento general del Imperio en las décadas previas al saqueo de 1204 hubiera destruido la cadena de producción; o simplemente que el secreto, tan celosamente guardado y tan compartimentado, se hubiera ido perdiendo con la muerte de quienes conocían cada pieza del rompecabezas.

El Imperio Bizantino cayó definitivamente en 1453. Con él murieron los últimos custodios de lo que quedara del conocimiento sobre el fuego griego.

En el siglo XIX, un armenio llamado Kavafian se acercó al gobierno del Imperio Otomano afirmando haber desarrollado una nueva versión del fuego griego. Se negó a revelar su composición, exigiendo el mando personal de su uso en combates navales. Poco después fue envenenado por las autoridades imperiales sin que jamás hubieran descubierto su secreto.

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.