El plan de la Alemania nazi para destruir la libra esterlina

En septiembre de 1939, en una reunión secreta en Berlín, un oficial nazi presentó uno de los planes más audaces y perturbadores de toda la Segunda Guerra Mundial: fabricar £30.000 millones en billetes británicos falsos y dejarlos caer desde aviones sobre el Reino Unido para provocar el colapso financiero del país. Hitler lo aprobó. El ministro de Economía objetó que violaba el derecho internacional. Goebbels lo llamó «un plan grotesco», aunque admitió que tenía potencial.
Lo grotesco no era la idea. Era que funcionó. No exactamente como se había planeado, pero durante años las SS produjeron billetes tan perfectamente falsificados que un funcionario del Banco de Inglaterra los describió como «los más peligrosos nunca antes vistos». Y los fabricaron usando mano de obra esclava en campos de concentración.
El problema que los nazis resolvieron mejor de lo esperado
Falsificar la libra esterlina no era sencillo. Los billetes británicos de la época, que llevaban básicamente el mismo diseño desde 1855, tenían más de ciento cincuenta marcas de seguridad menores, muchas de ellas deliberadamente diseñadas para parecer errores de impresión. El papel era telado, sin celulosa añadida, fabricado a mano. Cada billete llevaba una designación alfanumérica de serie codificada y la firma del cajero en jefe del Banco de Inglaterra.
Lo que nadie en Londres había considerado seriamente era que alguien pudiera dedicar los recursos del Estado a descifrar cada uno de esos elementos de seguridad con la paciencia y la sistematicidad de una operación de inteligencia a gran escala.
La primera fase, llamada Operación Andrés, comenzó a principios de 1940. Un matemático y descifrador de códigos llamado Albert Langer analizó veinte años de registros de moneda para descifrar el algoritmo de los números de serie. Descubrió que el papel original requería una composición química específica del agua para dar los colores correctos, y replicó ese equilibrio químico. Los grabadores alemanes pasaron meses reproduciendo la viñeta alegórica de Britania en la esquina superior izquierda del billete, a la que apodaron internamente «la Maldita Britania» porque era extremadamente difícil. Cuando terminaron, un experto afirmó que los ojos de la figura estaban ligeramente mal. Aun así, los billetes eran extraordinariamente convincentes.
Prisioneros judíos fabricando billetes en Sachsenhausen
En julio de 1942, el objetivo de la operación cambió. Ya no se trataba de provocar el colapso de la economía británica lanzando billetes desde aviones. Las SS necesitaban dinero para financiar sus propias operaciones de inteligencia, y el dinero falsificado era la solución perfecta.
El mayor Bernhard Krüger tomó el mando y recibió instrucciones claras: usar prisioneros de campos de concentración. Visitó varios campos seleccionando a los que tuvieran habilidades específicas: dibujo, grabado, impresión, contabilidad bancaria. Los instaló en los bloques 18 y 19 de Sachsenhausen, aislados del resto del campo con alambre de púas adicional y vigilados por unidades SS-Totenkopfverbände.
Lo que ocurrió dentro de esos bloques fue una de las paradojas más perturbadoras de la guerra. Krüger trató a los prisioneros con una cortesía inusual, utilizando el pronombre formal Sie en lugar del degradante du que los nazis usaban habitualmente con los judíos. Les proporcionó cigarrillos, periódicos, raciones adicionales y una radio. Había una mesa de ping pong. Se celebraban veladas de teatro de aficionados con audiencia mixta de guardias y falsificadores. Krüger llevó músicos para actuaciones.
Los prisioneros entendían perfectamente la lógica de ese trato: mientras fueran útiles, vivían. El día que dejaran de serlo, morirían.
La cadena de producción más extraña de la historia
La operación alcanzó su punto máximo entre mediados de 1943 y mediados de 1944, con aproximadamente 65.000 billetes producidos al mes en seis prensas de impresión. Alrededor de ciento cuarenta prisioneros trabajaban en dos turnos de doce horas.
El proceso de envejecimiento artificial de los billetes era meticuloso y absurdo a partes iguales. Entre cuarenta y cincuenta prisioneros formaban dos filas y se pasaban los billetes unos a otros para acumular suciedad, sudor y desgaste. Algunos los doblaban repetidamente. Otros perforaban las esquinas para simular que habían sido manejados por cajeros bancarios. Se escribían nombres y direcciones británicas en el reverso, como era habitual en los billetes reales que circulaban en Inglaterra.
Se establecieron cuatro grados de calidad: el grado 1, los mejores, para ser usados por espías en países neutrales; el grado 2 para pagar colaboradores; el grado 3 para los billetes que eventualmente se dejarían caer sobre el Reino Unido; el grado 4, demasiado defectuosos para ser útiles, se destruían.
Las autoridades nazis quedaron tan satisfechas con el resultado que doce prisioneros, tres de ellos judíos, recibieron la Medalla al Mérito de Guerra.
Los usos reales del dinero falso
Los billetes falsificados de la Operación Bernhard no se usaron principalmente para bombardear económicamente a Gran Bretaña. Se convirtieron en la caja negra de las operaciones especiales de las SS.
Con billetes de la Operación Bernhard se pagó al agente turco Elyesa Bazna, cuyo nombre en clave era «Cicero», por los secretos que extraía de la embajada británica en Ankara. Bazna obtuvo documentos clasificados de primer nivel, incluyendo información sobre los planes aliados. Cuando la guerra terminó y intentó gastar su dinero, descubrió que buena parte eran falsificaciones.
£100.000 en billetes falsos se usaron para obtener la información que permitió planificar la Operación Roble en septiembre de 1943: el rescate espectacular de Benito Mussolini después de su arresto, ejecutado por paracaidistas alemanes en el Gran Sasso.
El final: billetes hundidos en lagos alpinos
Con el avance aliado en 1945, la operación tuvo que moverse. Los prisioneros fueron trasladados primero a Mauthausen-Gusen, luego a la red de túneles Redl-Zipf y finalmente al campo de Ebensee. Se había dado una orden de ejecutarlos a todos, pero la orden especificaba que debían ser eliminados juntos. El tercer grupo llegó con dos días de retraso porque el camión se averió. Cuando finalmente llegó, los aliados estaban demasiado cerca. Los guardias huyeron.
El equipo de impresión y gran parte de los billetes que no habían podido destruir fueron hundidos en los lagos Toplitz y Grundlsee en los Alpes austriacos. Las cantidades exactas siguen sin conocerse con certeza: las estimaciones varían entre £132 millones y £300 millones en billetes fabricados.
En 1958, una expedición al lago Toplitz recuperó varias cajas de billetes falsos y el libro que detallaba el sistema de numeración del Banco de Inglaterra. En 2000, el mismo submarino que había explorado los restos del Titanic inspeccionó el fondo del lago y recuperó más cajas, en presencia de Adolf Burger, uno de los prisioneros que había trabajado en la operación décadas antes.
El Banco de Inglaterra dejó de emitir nuevos billetes de £10 y denominaciones superiores en abril de 1943, mientras la guerra aún continuaba, porque la calidad de las falsificaciones hacía inviable mantener ese papel moneda en circulación. Después de la guerra, diseñó billetes completamente nuevos.
Los billetes originales de £5 de la Operación Bernhard que sobrevivieron se venden hoy en subastas por un precio superior a su valor nominal original. El Banco de Inglaterra los considera moneda falsificada y no los canjea.
Fuentes y lecturas recomendadas
- Conoce el registro de las medidas monetarias de la Segunda Guerra Mundial en el Archivo Histórico del Banco de Inglaterra
- Explora la historia de los barracones de falsificación en el Sitio Memorial del Campo de Concentración de Sachsenhausen
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

