Tres martillazos en el estrado sellaron el destino de la espía más famosa de la guerra

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Cuando la policía la detuvo y le pidió unos minutos para asearse, ella regresó completamente desnuda, con bombones guardados dentro del casco de un general alemán.

Ese gesto desafiante resumía bien quién era la mujer que, el 24 de julio de 1917, compareció ante un tribunal militar en París acusada de espionaje durante uno de los episodios más recordados de la Primera Guerra Mundial.

De Margaretha Zelle a Mata Hari

Antes de convertirse en leyenda, era simplemente Margaretha Geertruida Zelle, nacida en Holanda en 1876. Tras un matrimonio fallido con un oficial de marina veinte años mayor que ella, llegó a París en 1903 buscando fortuna.

Fracasó primero como modelo. Pero pronto encontró su verdadero éxito interpretando danzas orientales y brahmánicas que la convirtieron en una sensación en los escenarios europeos.

Bajo el nombre artístico de Mata Hari, cultivó una vida de cortesana con amantes que incluían a oficiales de alto rango tanto franceses como alemanes.

Una fuente de ingresos peligrosa

El estallido de la guerra en julio de 1914 la sorprendió bailando en un music-hall de Berlín. Fue entonces cuando, según los relatos históricos, comenzó a aprovechar su red de contactos en ambos bandos del conflicto.

En 1915, en Madrid, se relacionaba con oficiales alemanes. Sus movimientos empezaron a despertar sospechas de la inteligencia aliada, que comenzó a vigilarla de cerca.

En 1916 regresó a París. Acorralada por el capitán Ladoux, del espionaje francés, ella misma se ofreció a trabajar como agente doble para Francia.

El mensaje que la condenó sin remedio

En enero de 1917, los servicios de inteligencia interceptaron un mensaje alemán que probaba algo devastador: la agente conocida como H-21 estaba jugando a dos bandas.

Según los historiadores, los alemanes sabían perfectamente que los franceses lograrían descifrar ese mensaje. Todo indica que la abandonaron a su suerte de forma deliberada.

El 13 de febrero de 1917, fue detenida en su habitación del Hotel Elysée Palace de París y encarcelada de inmediato.

Un juicio a puertas cerradas

El 24 de julio de 1917, en el Palacio de Justicia de París, un consejo de guerra se reunió a puertas cerradas para determinar si «la mujer Zelle MacLeod, llamada Mata Hari», era realmente la agente H-21.

La acusaron formalmente de espiar para el enemigo y de causar, indirectamente, al menos 50.000 muertes.

Su defensor fue Clunet, uno de sus antiguos amantes. El momento más devastador del juicio llegó cuando otro de sus amantes, Vadim Maslov, un oficial que había perdido un ojo en combate, se negó a testificar a su favor y le dijo abiertamente que no le importaba si la condenaban. Zelle se desmayó al conocer esa noticia.

Pruebas escasas, veredicto ya decidido

El proceso apenas cumplió con las garantías mínimas de un juicio justo. A su abogado no se le permitió interrogar a los testigos de la acusación ni tampoco a los suyos propios.

Entre las pruebas presentadas se incluía tinta secreta hallada en su neceser, que ella insistió en que formaba parte de su maquillaje.

Años después, el propio fiscal del caso, el teniente André Mornet, reconocería públicamente algo revelador: no había pruebas suficientes para sustentar aquella condena.

Tres martillazos que sellaron su destino

Tras el debate, el tribunal emitió su veredicto: culpable de espionaje e inteligencia con el enemigo. Tres martillazos en el estrado confirmaron la sentencia de muerte.

Sus cartas al cónsul holandés, clamando su inocencia, fueron completamente ignoradas por las autoridades francesas.

En el contexto de una Francia agotada por la guerra, con motines en el frente tras sucesivos reveses militares, la suerte de Mata Hari ya estaba decidida mucho antes de que comenzara el juicio.

El fusilamiento tres meses después

La ejecución se produjo el 15 de octubre de 1917, en la fortaleza de Vincennes, a las afueras de París. Cuando le preguntaron si tenía alguna revelación de última hora que hacer, respondió con serenidad: «Ninguna, y si tuviera alguna, me la guardaría para mí».

Según los cronistas de la época, antes de caer bajo las balas del pelotón de fusilamiento, gritó una última frase que resumía toda su vida: «¿Ramera? Sí, pero traidora, jamás».

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.