Los tanteos de paz secretos que Hitler mantuvo con Churchill mientras bombardeaba Londres

En la primera semana de septiembre de 1940, mientras la Luftwaffe bombardeaba Londres y los cielos sobre Inglaterra vibraban con el fragor de la Batalla de Gran Bretaña, el embajador británico en Estocolmo recibió un telegrama marcado como «secretísimo» y de «distribución especial» para el Gabinete de Guerra. Un abogado berlinés, el doctor Ludwig Weissauer, asesor legal privado del mismísimo Hitler, quería reunirse con él en el mayor secreto para hablar de paz.
Era la cuarta vez en menos de un año que Hitler intentaba abrir una línea de negociación con el gobierno británico. No sería la última. Lo que el público británico, el Parlamento, los aliados europeos y el propio pueblo alemán ignoraban es que en los años más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, Hitler llevó a cabo una cadena casi ininterrumpida de acercamientos secretos para poner fin a una guerra que nunca había querido librar contra Gran Bretaña.
El error de cálculo que lo empezó todo
El 1 de septiembre de 1939, cuando los ejércitos alemanes cruzaron la frontera polaca, Hitler estaba convencido de que Gran Bretaña y Francia no intervendrían militarmente. Su ministro de Exteriores, Joachim von Ribbentrop, le había asegurado de forma categórica que los aliados se limitarían a protestas diplomáticas y amenazas vacías.
Se equivocaba. Y Hitler lo supo el momento en que recibió una noticia en su despacho de la Cancillería: Winston Churchill había sido nombrado primer lord del Almirantazgo e incorporado al Gabinete de Guerra. Un testigo ocular recordó que Hitler «se dejó caer en la silla más cercana y dijo con voz agotada: ‘Churchill está en el Gabinete. Eso quiere decir que la guerra está en marcha de verdad. Ahora estamos en guerra con Inglaterra’.»
Desde ese momento, Hitler se embarcó en una doble estrategia: guerra militar agresiva en el frente, y negociación secreta de paz en la trastienda.
Dahlerus, el hombre de negocios sueco que iba y venía en avión secreto
El primer canal fue Birger Dahlerus, un destacado empresario sueco con acceso tanto al gobierno alemán como al embajador británico en Oslo. En septiembre de 1939, Hitler le transmitió una propuesta: estaba dispuesto a garantizar la seguridad de Gran Bretaña y de Europa Occidental. Solo pedía que los aliados aceptaran que Polonia «no podía resurgir».
Dahlerus voló a Londres. Volvió a Berlín. Volvió a Londres. El político británico Henry Channon lo apodó en su diario privado «el Walrus» y anotó con asombro el 28 de septiembre de 1939 que el misterioso emisario había llegado de nuevo en avión con instalaciones especiales en el aeropuerto, que Halifax lo recibía en secreto y que «nadie sabe esto».
El 12 de octubre de 1939, Chamberlain respondió oficialmente a la oferta de Hitler calificando sus propuestas de «vagas e inciertas» y exigiendo «pruebas convincentes» de que realmente quería la paz. La iniciativa de Dahlerus fracasó.
Las SS intentaron negociar la paz disfrazadas de disidentes militares
Casi simultáneamente, otra vía se abría desde el lado alemán. El coronel de las SS Walter Schellenberg viajó a Holanda bajo una identidad falsa haciéndose pasar por representante de un grupo de oficiales de la Wehrmacht que querían derrocar a Hitler y negociar la paz. Sus interlocutores eran dos agentes del MI6 británico, el mayor Richard Stevens y el capitán Sigismund Payne-Best.
Las conversaciones avanzaron. Stevens envió telegramas «secretísimos» a Londres. La respuesta del Foreign Office fue clara: Gran Bretaña consideraría la paz si Alemania reparaba el daño causado a Polonia y Checoslovaquia y ofrecía garantías de no agresión futura.
Pero el 8 de noviembre de 1939 una bomba estalló en el Bürgerbräukeller de Munich, donde Hitler había dado un discurso. Las SS, convencidas de que los británicos estaban detrás del atentado, respondieron de forma fulminante: al día siguiente, agentes alemanes cruzaron la frontera holandesa, secuestraron a Stevens y Payne-Best en el puesto fronterizo de Venlo y los arrastraron a territorio alemán.
Fue el fin de las negociaciones. Y cuando Churchill se enteró de que Chamberlain y Halifax habían estado negociando en secreto con las SS sin informar al Gabinete, «montó en cólera».
El duque de Windsor como señuelo
Con la caída de Francia en junio de 1940, Hitler abrió una tercera vía. Creyó, erróneamente, que el ex rey Eduardo VIII, ahora duque de Windsor, seguía siendo un personaje influyente en la política británica. El duque era conocido por sus simpatías hacia Alemania y su creencia de que el conflicto era una catástrofe que solo beneficiaba a la Unión Soviética.
El duque, que había huido de la Francia ocupada hacia España y luego hacia Lisboa, se reunió en secreto en la residencia del embajador alemán en Portugal con emisarios de Berlín. Una testigo británica que vivía cerca del lugar, la señora Judith Symington, lo vio descender de un coche y entrar a pie en la residencia alemana. «Obviamente, no quería ser visto», recordó. «No fue ésa la única vez en que le vi yendo a visitar a Hoyningen-Huene.»
Un diplomático británico en Lisboa admitió más tarde que el duque «se pasaba los días intrigando. Queríamos sacarle de allí». El 1 de agosto de 1940, bajo presión creciente de Londres, el duque partió hacia las Bahamas, de donde había sido nombrado gobernador. Sus gestiones de paz no habían llegado a ningún lado.
La oferta más seria: Weissauer y los doce puntos
En septiembre de 1940, llegó el acercamiento más sustancial. El propio abogado personal de Hitler, el doctor Ludwig Weissauer, transmitió a través del juez supremo sueco Ekeberg una propuesta detallada al embajador británico en Estocolmo, Víctor Mallet.
Las condiciones de Hitler incluían que Gran Bretaña conservara todo su Imperio y sus colonias, que no se cuestionara la supremacía continental alemana, que existiera un «Estado polaco», y que todos los países ocupados, Noruega, Holanda, Bélgica y Francia, vieran restaurada su soberanía tras la firma de la paz. Hitler, según Weissauer, «se siente responsable del futuro de la raza blanca. Desea sinceramente la amistad con Inglaterra.»
La propuesta era lo suficientemente seria como para que Churchill la transmitiera en telegrama cifrado a los jefes de gobierno de Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica antes de responder.
La respuesta fue redactada por el asesor diplomático jefe del Foreign Office, sir Robert Vansittart, con una claridad que no dejaba lugar a la ambigüedad:
«El futuro de la civilización está en juego. Ahora es cuestión de ellos o nosotros, y o bien el Reich alemán o bien este país tienen que venirse abajo, y no sólo abajo, sino muy abajo. El enemigo es el Reich alemán y no meramente el nazismo. Hemos tenido más que suficiente de Dahlerus, Goerdeler, Weissauer y compañía.»
Mallet recibió instrucciones categóricas: no reunirse con Weissauer bajo ninguna circunstancia.
Lo que Gran Bretaña hizo con esta información
Lo más revelador del capítulo no es que Hitler buscara la paz. Es lo que los británicos hicieron cuando comprendieron el patrón. A mediados de agosto de 1940, el director de Operaciones Especiales del naciente SOE, Reginald Leeper, escribió al primer ministro para señalarle que los repetidos intentos de paz de Hitler revelaban una «debilidad psicológica profundamente imbuida en su carácter» que Gran Bretaña podía, «con habilidad e inteligencia, explotar en perjuicio de Alemania».
Churchill estuvo de acuerdo. La semilla de esa idea germinaría durante el año siguiente hasta convertirse en una de las operaciones más secretas y más exitosas de toda la guerra. Una operación que, según el libro de Martin Allen, culminaría con uno de los episodios más extraños del conflicto: la llegada inesperada de Rudolf Hess a suelo escocés en mayo de 1941.
El memorándum interno del Foreign Office que resumía los dieciséis intentos de negociación alemanes fue enviado confidencialmente al presidente Roosevelt en junio de 1941. Contenía una nota al margen de sir Alexander Cadogan que admitía que «la única omisión importante de nuestro memorándum es la historia del incidente de Venlo en noviembre de 1939.» Incluso lo que se le contó a Roosevelt era una versión incompleta.
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

