¿Qué habría pasado si Estados Unidos hubiera perdido la Guerra de Independencia?

rendicion de cornwalls

Hubo al menos tres momentos entre 1776 y 1781 en los que la Revolución estadounidense estuvo a punto de colapsar. Washington acorralado en Brooklyn con el río a la espalda. El ejército continental sin dinero para pagar a sus soldados. Francia dudando si valía la pena apostar por aquellas colonias rebeldes. Si cualquiera de esas variables hubiera sido distinta, la historia que conocemos hoy sería irreconocible. Para entender exactamente qué estuvo en juego, conviene repasar primero cómo se desarrolló realmente la Guerra de Independencia de Estados Unidos antes de imaginar cómo podría haber terminado.

Lo que sigue es historia contrafactual: especulación fundamentada en hechos reales, no ficción. Un ejercicio que los historiadores toman más en serio de lo que parece.

El punto en que todo pudo romperse

La batalla de Saratoga en 1777 es el pivote más claro. Si los británicos hubieran ganado aquel enfrentamiento en lugar de rendirse, Francia casi con certeza no habría firmado su alianza con los americanos en febrero de 1778. Sin apoyo naval francés, el bloqueo británico habría sido imbatible. Sin financiación francesa, el ejército continental habría colapsado por agotamiento económico antes de que terminara el año.

Washington habría sido, con toda probabilidad, capturado o muerto. El Congreso Continental, disuelto. Las colonias reorganizadas bajo un control militar británico más directo y más severo que el que habían conocido antes de la revuelta.

No habría Constitución. No habría Declaración de Derechos. No habría presidente. Solo gobernadores coloniales respondiendo ante Londres.

Una unión que tampoco estaba garantizada

Pero hay un segundo escenario igualmente perturbador, y este está respaldado por historia completamente real: incluso después de ganar la independencia, la unión estuvo a punto de no existir.

Entre 1781 y 1787, las trece colonias no estaban gobernadas por la Constitución que conocemos hoy. Estaban regidas por los Artículos de la Confederación, un documento que daba al gobierno federal tan poco poder que ni siquiera podía recaudar impuestos. Los estados actuaban prácticamente como naciones independientes, con monedas distintas, aranceles entre ellos y milicias propias.

En 1786, un grupo de granjeros endeudados liderados por el veterano de guerra Daniel Shays se levantó en armas contra el gobierno de Massachusetts, incapaz de pagar sus deudas tras la guerra. La rebelión fue sofocada, pero dejó en evidencia algo que muchos ya sabían: el sistema no funcionaba. El gobierno central no podía defender el orden. No podía pagar al ejército. No podía negociar tratados comerciales con credibilidad.

Fue ese miedo, el miedo al colapso interno y a una posible reconquista británica, lo que empujó a los estados a reunirse y redactar la Constitución de 1787. Pero ese acuerdo no estaba garantizado. Los estados del sur amenazaron con abandonar las negociaciones cuando se planteó restringir la esclavitud. Los estados pequeños desconfiaban de los grandes. Hubo momentos en que el consenso pareció imposible.

Si la Convención Constitucional hubiera fracasado

Imagina que los delegados no llegan a un acuerdo en 1787. Los estados siguen acumulando deudas de guerra. Imponen impuestos propios, provocando nuevas revueltas. Las milicias estatales comienzan a protagonizar escaramuzas fronterizas entre ellas por territorios en disputa. El Congreso, sin fondos y sin autoridad real, es incapaz de responder.

Gran Bretaña, que nunca cerró del todo la puerta a recuperar su influencia en el continente, observa la situación desde Canadá con creciente interés. Las deudas que los estados americanos tienen con acreedores británicos siguen sin pagarse. La presión económica y militar se acumula.

En este escenario, no hay una sola América. Hay varios territorios con identidades propias, lenguas comerciales distintas, intereses irreconciliables. La idea de «Estados Unidos» se disuelve antes de haber cuajado del todo.

Un mundo sin superpotencia americana

Las consecuencias globales de este escenario son las más difíciles de calcular, pero también las más reveladoras.

Sin una nación estadounidense consolidada, el Imperio Británico habría permanecido como la única superpotencia atlántica durante décadas adicionales. La expansión del modelo democrático liberal, que en gran medida se aceleró por el ejemplo y la influencia americana durante el siglo XX, habría sido mucho más lenta o habría tomado formas completamente distintas.

La intervención decisiva de Estados Unidos en la Primera y Segunda Guerra Mundial no habría existido. El desenlace de ambos conflictos habría dependido de equilibrios de poder europeos sin ese factor externo. No es posible afirmar con certeza quién habría ganado, pero sí es seguro que el resultado habría sido diferente.

La Guerra Fría tal como la conocemos, ese duelo bipolar entre democracia liberal y comunismo soviético que definió la segunda mitad del siglo XX, tampoco habría ocurrido de la misma manera. Sin un polo americano claro, la geopolítica global habría seguido patrones que hoy nos resultarían completamente extraños.

No habría llegada a la Luna en 1969. No habría Silicon Valley. No habría Hollywood como fenómeno cultural global. La expansión de internet, que nació de proyectos de investigación militar y universitaria americana, habría llegado más tarde o de forma diferente.

Lo que sí sabemos con certeza

Todo esto es especulación, y conviene recordarlo. La historia contrafactual no puede demostrarse, solo imaginarse con rigor.

Lo que sí sabemos es que la independencia americana fue un proceso extraordinariamente frágil. Que dependió de decisiones individuales, de condiciones meteorológicas, de cálculos diplomáticos franceses y de la resistencia física de un ejército que en varios momentos no tenía zapatos ni comida.

Y sabemos que incluso después de ganada la independencia, la unión que hoy conocemos como Estados Unidos estuvo a punto de no existir. La Constitución de 1787 no fue inevitable. Fue el resultado de negociaciones que estuvieron varias veces a punto de romperse.

La Rebelión de Shays de 1786, ese levantamiento de granjeros endeudados en Massachusetts que hoy apenas aparece en los libros de texto, fue uno de los factores decisivos que convenció a los estados de que necesitaban un gobierno federal real. Sin aquella revuelta, es posible que nadie hubiera sentido la urgencia suficiente para convocar la Convención Constitucional.

El país más poderoso de la historia del siglo XX nació, en parte, porque un grupo de granjeros armados con mosquetes se rebeló contra el cobrador de impuestos en un estado del noreste de América.

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.