El aterrador destino de los 56 hombres que firmaron la Declaración de Independencia

El documento tenía 1.320 palabras. Bastaba con poner el nombre al pie para convertirse, oficialmente, en traidor a la Corona Británica. La pena era la muerte.

destino firmantes declaracion independencia

Los 56 hombres que firmaron la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776 no eran revolucionarios sin nada que perder. Eran exactamente lo contrario.

Veinticuatro eran abogados. Once, comerciantes. Nueve, grandes terratenientes con plantaciones prósperas. Tenían seguridad, estatus y futuro garantizado dentro del Imperio Británico. Y lo dejaron todo sobre la mesa. Lo que vino después para muchos de ellos no apareció en los discursos de la conmemoración de la Guerra de Independencia de Estados Unidos.

Fortunas destruidas, familias en fuga

Carter Braxton, rico comerciante y plantador de Virginia, vio cómo la Marina Británica barría sus barcos del océano uno por uno. Sin flota, sin ingresos, vendió sus propiedades para saldar deudas. Murió en la pobreza. Thomas McKean, delegado por Delaware, fue perseguido con tal saña que tuvo que mover a su familia de escondite en escondite durante meses. Sirvió en el Congreso sin cobrar un solo chelín mientras las tropas británicas lo buscaban.

Para los signatarios de las colonias del sur y del medio Atlántico, la guerra no fue algo que ocurrió lejos. Ocurrió en sus salones. Las propiedades de al menos una docena de firmantes fueron saqueadas por tropas leales a la Corona o por bandas de Loyalistas. Casas quemadas, cosechas destruidas, archivos familiares en cenizas.

Las historias que nadie cuenta el 4 de julio

Francis Lewis de Nueva York perdió su casa. Los británicos capturaron a su esposa y la encarcelaron. Murió meses después, debilitada por el cautiverio. Lewis sobrevivió a la guerra, pero no reconoció el mundo que encontró al final.

La historia de John Hart es todavía más brutal. Tuvo que abandonar el lecho de su esposa moribunda cuando las tropas se acercaban. Sus trece hijos se dispersaron. Sus campos y su molino fueron arrasados. Durante más de un año vivió en bosques, moviéndose de noche. Cuando por fin regresó, su mujer había muerto y sus hijos habían desaparecido. Él mismo murió pocas semanas después, agotado.

Button Gwinnett, uno de los tres firmantes por Georgia, ni siquiera llegó a ver el final de la guerra. En 1777, apenas un año después de poner su firma en el pergamino, murió a causa de las heridas recibidas en un duelo. Tenía 42 años. No cayó frente a los británicos. Cayó frente a un compatriota.

Los desastres que tardaron décadas en llegar

No todos los golpes fueron inmediatos. Robert Morris, el gran financiero de la Revolución, fue uno de los hombres más poderosos de América después de la independencia. Había prestado dinero de su propio bolsillo para mantener al ejército de Washington en pie. Pero sus especulaciones inmobiliarias lo arruinaron. Entre 1798 y 1801 estuvo en prisión por deudas. El hombre que financió la libertad de una nación murió prácticamente en la indigencia en 1806.

Los que sobrevivieron con fortuna y honor intactos son los que conocemos: John Adams, segundo presidente. Thomas Jefferson, autor principal del documento y tercer presidente. Benjamin Franklin, que murió en 1790 como el estadista más admirado del mundo occidental. Pero el relato que se repite cada 4 de julio tiende a terminar ahí, con los triunfadores.

Lo que la historia prefiere olvidar

La realidad es más compleja y más oscura. De los 56 firmantes, cinco murieron durante la guerra o poco después a causa de sus consecuencias directas. Docenas vieron sus patrimonios destruidos, sus negocios hundidos o sus familias dispersadas. La historia recuerda a los que llegaron a presidentes. Olvida, casi siempre, a los que llegaron a nada.

Charles Carroll de Maryland, el único signatario católico y uno de los hombres más ricos de las colonias, fue también el último en morir: en 1832, a los 95 años, había sobrevivido a todos los demás. Vivió lo suficiente para ver el experimento triunfar. Pero también vivió lo suficiente para saber exactamente lo que había costado.

George Wythe, mentor de Jefferson y uno de los juristas más respetados de la nueva nación, no murió en la guerra ni en la miseria. Murió envenenado en 1806. Su sobrino lo asesinó por la herencia.

Artículos relacionados

blog de historia

Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.