El telegrama que Alemania envió por los cables diplomáticos de su enemigo y que metió a EE.UU. en la guerra

telegram zimmerman

El 17 de enero de 1917, el secretario de Estado alemán Arthur Zimmermann envió un telegrama cifrado a la embajada alemana en México con una propuesta que cambiaría el curso de la historia: si Estados Unidos entraba en la guerra contra Alemania, México debía atacar a Estados Unidos a cambio de recuperar Texas, Nuevo México y Arizona. El telegrama viajó, con una ironía perfecta, a través de los cables diplomáticos americanos que Alemania había pedido prestados al presidente Wilson para sus comunicaciones de paz.

Los británicos lo interceptaron. Lo descifraron. Y cuando su contenido llegó a la opinión pública americana, el pacifismo que había mantenido a Estados Unidos fuera de la Primera Guerra Mundial durante tres años se evaporó en semanas.

El problema que Alemania necesitaba resolver

A principios de 1917, el alto mando alemán había tomado una decisión que sabía que tendría consecuencias: reanudar la guerra submarina sin restricciones el 1 de febrero. Eso significaba atacar cualquier barco en el Atlántico, incluidos los de bandera americana. Y atacar barcos americanos significaba casi con certeza la entrada de Estados Unidos en la guerra.

La solución que propuso Zimmermann era brutal en su lógica: si Estados Unidos iba a entrar en la guerra de todas formas, había que darle a México un motivo para atacarlos por el sur. Con México en guerra contra Estados Unidos, las fuerzas americanas estarían atadas en su propio continente y no podrían cruzar el Atlántico a tiempo para salvar a los aliados. Mientras tanto, los submarinos alemanes estrangularían a Gran Bretaña en cuestión de meses.

Era un plan que dependía de varios supuestos optimistas. Y el primero de ellos, que el telegrama llegaría a México sin ser interceptado, resultó ser el más erróneo de todos.

El camino del telegrama: una cadena de ironías

Transmitir el mensaje directamente era imposible. Al comienzo de la guerra, los británicos habían cortado los cables telegráficos internacionales alemanes. Alemania tenía que usar rutas alternativas, y eligió tres.

La primera fue por radio, a través de una estación de transmisión en West Sayville, Nueva York, que operaba bajo control de la Marina de los EE.UU. La segunda fue a través del sistema telegráfico diplomático sueco, que pasaba por cables británicos de camino a Buenos Aires. La tercera, la más audaz, fue a través del propio sistema diplomático americano: Alemania había pedido a Wilson permiso para usar los cables del departamento de Estado para sus comunicaciones de paz, y Wilson lo había concedido.

El telegrama de Zimmermann viajó por los cables americanos desde Berlín a Washington, y desde Washington a Ciudad de México. Los alemanes asumían que esa ruta era segura. Era, después de todo, el sistema de comunicación diplomática de un país neutral.

Lo que no sabían era que todo el tráfico que pasaba por manos británicas llegaba a la Sala 40 del Almirantazgo, el centro de criptoanálisis más avanzado de la guerra.

La Sala 40 y el código abandonado en Persia

El descifrado del telegrama fue posible gracias a una cadena de coincidencias que roza lo novelesco. Años antes, durante una expedición alemana a Afganistán, un agente llamado Wilhelm Wassmuss había huido de una emboscada abandonando su libro de códigos diplomáticos. Los aliados lo recuperaron. Ese libro, el código 13040, era exactamente el que Zimmermann había usado para cifrar su telegrama.

El analista Nigel de Grey tuvo el texto parcialmente descifrado al día siguiente de su interceptación. Cuando la Sala 40 completó el descifrado a mediados de febrero, el jefe del servicio, el almirante William Reginald Hall, enfrentó un dilema estratégico: revelar el telegrama convencería a Estados Unidos de entrar en la guerra, pero también revelaría que los británicos habían roto los códigos alemanes y que espiaban el tráfico diplomático americano.

Hall esperó tres semanas. Diseñó una historia alternativa: los británicos dirían que sus agentes habían sobornado a un empleado de la empresa telegráfica mexicana para obtener una copia del mensaje ya descifrado. Eso explicaría el texto sin revelar las capacidades criptográficas de la Sala 40.

El momento en que Zimmermann lo confirmó todo

El 20 de febrero, Hall mostró informalmente el telegrama al embajador americano en Londres, Walter Hines Page. El 24 de febrero, Page lo presentó al presidente Wilson. La reacción de Wilson fue de «gran indignación», aunque decidió esperar antes de publicarlo.

El 1 de marzo, el telegrama fue publicado en la prensa americana. La reacción inmediata de muchos fue de incredulidad: parecía demasiado conveniente, demasiado perfectamente diseñado para justificar la entrada en la guerra. Los periódicos del magnate Hearst, los diplomáticos alemanes y los grupos pacifistas americanos lo calificaron de falsificación fabricada por la inteligencia británica.

Y entonces Zimmermann cometió el error que nadie esperaba. En una rueda de prensa el 3 de marzo de 1917, un periodista americano le preguntó directamente si el telegrama era auténtico. Zimmermann respondió: «No puedo negarlo. Es verdad.»

La negativa que hubiera mantenido viva la duda durante semanas, quizás meses, nunca llegó. Zimmermann confirmó todo. Y el argumento de la falsificación británica murió en ese instante.

México dijo que no, pero el daño ya estaba hecho

El presidente mexicano Venustiano Carranza encargó a sus generales que evaluaran la viabilidad de la propuesta alemana. La respuesta militar fue unánime: era imposible. México estaba en plena guerra civil, su equipamiento militar apenas había mejorado desde la Guerra México-Estados Unidos de 1846, y la promesa alemana de apoyo financiero era poco creíble dado que Berlín ya había informado a Carranza en junio de 1916 que no podía proporcionarle el oro necesario para un banco nacional independiente.

México rechazó la propuesta. Pero eso ya no importaba.

El voto que cambió el mundo

La opinión pública americana, que durante años había resistido la presión para entrar en una guerra europea que no le concernía directamente, tenía ahora un argumento diferente. Ya no se trataba de una guerra entre imperios europeos. Se trataba de una potencia extranjera que había intentado activamente financiar un ataque militar contra suelo americano, prometiendo como pago tres estados del sudoeste.

El 6 de abril de 1917, el Congreso de los Estados Unidos votó a favor de declarar la guerra a Alemania. Wilson pidió al Congreso «una guerra para acabar con todas las guerras» que haría «al mundo seguro para la democracia.»

La llegada de las tropas y los recursos americanos al frente occidental inclinó definitivamente la balanza contra Alemania. El armisticio llegó el 11 de noviembre de 1918.

El telegrama de Zimmermann fue descrito por los historiadores como el triunfo de inteligencia más significativo de Gran Bretaña durante la Primera Guerra Mundial y uno de los primeros casos en la historia en que una pieza de inteligencia de señales cambió el curso de los acontecimientos mundiales.

En octubre de 2005, un historiador que investigaba los archivos del GCHQ descubrió el mecanoscrito original del telegrama descifrado, el mismo documento que fue mostrado al embajador americano en Londres en 1917. Se había asumido durante décadas que ese documento original había sido destruido. Todavía hay seis expedientes clasificados sobre el telegrama Zimmermann en los Archivos Nacionales británicos que no han sido desclasificados.

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.