Carlos IV de España: biografía, reinado y caída de un monarca entre dos mundos
El reinado de Carlos IV de España (1788-1808) marcó el final de una era. Hijo del reformista Carlos III, heredó un país que aspiraba a modernizarse, pero que se vio arrastrado por las turbulencias de la Revolución francesa, las guerras europeas y la crisis del absolutismo.

Su figura suele evocar la de un rey bondadoso pero débil, dominado por su esposa María Luisa de Parma y por el omnipresente Manuel Godoy, el “Príncipe de la Paz”. Sin embargo, su vida y su reinado reflejan un periodo de transición decisiva: el paso de la monarquía ilustrada al colapso del Antiguo Régimen.
Durante veinte años, España osciló entre la estabilidad heredada del siglo XVIII y la inestabilidad revolucionaria del XIX. Las tensiones internas, la política exterior errática y la irrupción de Napoleón Bonaparte acabarían por precipitar el desastre. Este artículo analiza la vida, el gobierno y la caída de Carlos IV, un monarca atrapado entre la herencia del reformismo y los vientos de la revolución.
Infancia y formación de Carlos IV: el heredero tranquilo
Orígenes y educación borbónica
Carlos Antonio Pascual Francisco Javier Juan Nepomuceno José Severino Diego de Borbon y Sajonia nació el 11 de noviembre de 1748 en el palacio de Portici, cerca de Nápoles. Era el segundo hijo varón del entonces rey de Nápoles y futuro Carlos III, y de María Amalia de Sajonia, una princesa culta y refinada.
Cuando su padre ascendió al trono español en 1759, el joven Carlos se convirtió en Príncipe de Asturias, heredero de la Corona. Recibió una educación sólida pero tradicional, centrada en la religión, la moral y la etiqueta cortesana. Se le instruyó en historia, matemáticas y artes, aunque careció de la formación política práctica que habían tenido otros príncipes europeos.
Los cronistas coinciden en describirlo como un hombre piadoso, de carácter afable y escasa iniciativa. Su pasión por la caza y la mecánica superaba con creces su interés por los asuntos de Estado. El historiador Vicente Palacio Atard (2000) resume así su personalidad:
“Carlos IV era un buen hombre, pero un mal rey: honesto, religioso y confiado, cualidades fatales en tiempos de crisis.”
Matrimonio con María Luisa de Parma
En 1765, con apenas diecisiete años, Carlos contrajo matrimonio con su prima María Luisa de Parma, nieta de Felipe V. El enlace tenía un claro propósito político: reforzar los vínculos entre las ramas borbónicas de España, Francia e Italia.
El matrimonio, sin embargo, pronto adquirió fama de controvertido. María Luisa era ambiciosa y de fuerte carácter, mientras que Carlos era sumiso y reservado. Su unión fue, paradójicamente, una de las más estables de la dinastía: tuvieron catorce hijos, aunque solo siete alcanzaron la edad adulta, entre ellos el futuro Fernando VII.
La influencia de la reina en los asuntos de Estado creció con el tiempo. Admiradora del refinamiento italiano, impulsó reformas en la etiqueta y en el gusto artístico de la corte. Pero también fomentó una camarilla de confianza que incluiría, años más tarde, al joven Manuel Godoy, cuya ascensión marcaría el destino de ambos monarcas.
Domínguez Ortiz (1988) señala que la relación entre Carlos IV y María Luisa fue “una curiosa simbiosis de afecto sincero y dependencia absoluta”. Lo que comenzó como un matrimonio dinástico se convirtió en una alianza emocional y política, en la que la reina ejercía una influencia decisiva sobre las decisiones del monarca.
La herencia de un reinado difícil
Cuando Carlos III murió en diciembre de 1788, su hijo heredó un reino aparentemente próspero: las reformas ilustradas habían modernizado la administración, mejorado la agricultura y reforzado el prestigio internacional de España. Sin embargo, bajo esa superficie de orden se acumulaban tensiones sociales y económicas. La deuda del Estado era elevada, el comercio colonial empezaba a mostrar signos de saturación y el campesinado sufría una creciente presión fiscal.
Apenas un año después de su ascenso al trono, estalló la Revolución francesa (1789), un acontecimiento que transformaría Europa y pondría a prueba la capacidad de Carlos IV para gobernar. El nuevo rey, falto de visión política, reaccionó con temor y aislamiento. Su reinado, que había comenzado con esperanza, pronto se vería envuelto en conspiraciones, guerras y una pérdida progresiva de autoridad.
El ascenso al trono: un reinado en tiempos de cambio
La herencia del reformismo de Carlos III
Cuando Carlos IV subió al trono en diciembre de 1788, España vivía uno de los momentos más estables de su historia moderna. El reinado de Carlos III había dejado una profunda huella: reorganización administrativa, impulso económico, fomento de la ciencia y la educación, y fortalecimiento del poder real frente a la nobleza y el clero. El país, aunque desigual, parecía avanzar hacia una forma de monarquía ilustrada eficaz y ordenada.
Pero aquel equilibrio era frágil. El nuevo rey heredaba una administración eficiente, sí, pero también una estructura social rígida, dependiente del privilegio y del control eclesiástico. Además, el contexto internacional iba a cambiar drásticamente. Apenas un año después de su coronación, la Revolución francesa estalló en París y sacudió todos los cimientos del Antiguo Régimen.
El contraste entre el reformismo racional de Carlos III y la inseguridad emocional de su hijo fue inmediato. Donde el primero había tenido ministros competentes y una visión de Estado, el segundo mostró indecisión y dependencia, características que marcarían todo su reinado. Como escribe Artola (1999), “Carlos IV quiso continuar la obra de su padre, pero sin su genio ni su temple”.
La Revolución francesa y el miedo al contagio
La Revolución francesa de 1789 supuso un desafío existencial para todas las monarquías europeas, pero especialmente para España. El asesinato simbólico del absolutismo —con la ejecución de Luis XVI en 1793— causó un trauma político y personal en Carlos IV, quien consideraba al rey francés no solo un aliado, sino un pariente cercano.
En respuesta, el monarca español adoptó una política de represión ideológica:
- Censura de prensa y persecución de escritos “impíos o subversivos”.
- Vigilancia de las universidades y de los círculos ilustrados.
- Refuerzo de la Inquisición como instrumento de control moral.
España se cerró sobre sí misma, temerosa del contagio revolucionario. Paradójicamente, ese cierre aisló al país del progreso europeo y acentuó su dependencia del clero y de los sectores más conservadores. La sociedad española, que había empezado a abrirse a la ciencia y la razón, volvió a refugiarse en la tradición.
El resultado fue un bloqueo ideológico: el rey quería conservar el orden, pero ya no contaba con el consenso reformista de la generación anterior. Su reinado nacía bajo el signo de la involución política.
Las primeras decisiones de gobierno
Durante los primeros años de su reinado, Carlos IV mantuvo en el poder a algunos de los ministros de su padre, como Floridablanca, hombre culto, prudente y de talante ilustrado. Sin embargo, el nuevo monarca carecía de la firmeza necesaria para sostener a un gabinete estable. Las intrigas cortesanas, las tensiones con la reina María Luisa y la inminente crisis internacional minaron rápidamente la autoridad del Consejo.
En 1792, tras un largo periodo de desgaste político, Floridablanca fue destituido, acusado de incompetencia por su manejo de los asuntos exteriores. Su sustituto, el conde de Aranda, intentó mantener una posición neutral ante la Revolución francesa, pero duró apenas unos meses. Ese mismo año, un joven oficial de la Guardia Real llamado Manuel Godoy ascendió meteóricamente gracias al favor de la reina y a la confianza del rey.
Nadie imaginaba entonces que aquel joven extremeño, de origen modesto, se convertiría en el hombre más poderoso de España durante más de una década. Con su llegada al poder, comenzaba una nueva etapa: el reinado de Carlos IV pasaba de las manos de un monarca dubitativo a las de un ministro ambicioso y polémico.
Como señala Enrique La Parra (2018), “Godoy no usurpó el poder: Carlos IV se lo entregó”.
Manuel Godoy y el gobierno de la corte
El ascenso de Manuel Godoy: del guardia a primer ministro
Manuel Godoy y Álvarez de Faria nació en Badajoz en 1767, en una familia hidalga sin fortuna. Llegó a Madrid con apenas diecisiete años para servir como guardia de corps, pero su inteligencia, su educación refinada y su habilidad para agradar a los reyes lo catapultaron rápidamente.
En 1788, apenas un año después de la subida al trono de Carlos IV, Godoy entró en contacto directo con los monarcas. Su relación cercana con la reina María Luisa de Parma —de la que los cronistas y enemigos insinuarían algo más que amistad—, junto con la confianza del propio rey, lo convirtieron en una figura indispensable.
En 1792, con tan solo veinticinco años, fue nombrado secretario de Estado, el equivalente a primer ministro. En pocos meses acumuló títulos, honores y privilegios: duque de la Alcudia, príncipe de la Paz (tras la firma de la paz con Francia en 1795) y gran almirante de España. Su ascenso fulgurante escandalizó a la aristocracia, que lo veía como un advenedizo sin linaje ni méritos, pero contaba con la lealtad ciega de los reyes.
El historiador Enrique La Parra López (2018) lo define como “un hombre de talento excepcional y ambición desmedida, que encarnó la decadencia del Antiguo Régimen en su fase final”. En torno a Godoy se formó una corte paralela, un gobierno personalista en el que la voluntad del rey quedaba subordinada al criterio de su favorito.
Política exterior: entre Francia, Inglaterra y el desastre de Trafalgar
El contexto internacional del reinado de Carlos IV fue tan complejo como inestable. Tras la ejecución de Luis XVI, España entró en guerra contra la Francia revolucionaria, aliándose con Inglaterra y Austria en la Primera Coalición (1793–1795). El ejército español, mal preparado y desorganizado, sufrió humillantes derrotas en los Pirineos.
Godoy, consciente del desgaste, negoció la Paz de Basilea (1795), que puso fin a la guerra y le valió su título de Príncipe de la Paz. Poco después, cambió completamente la política exterior y se alió con Francia, firmando el Tratado de San Ildefonso (1796). España pasó de combatir a los revolucionarios a luchar junto a ellos contra Inglaterra.
Esta oscilación diplomática resultó desastrosa. La batalla de Trafalgar (1805), en la que la armada franco-española fue destruida por la flota británica al mando de Nelson, dejó al país sin defensa naval y sin acceso estable a sus colonias. El comercio americano, base de la economía española, se hundió. La alianza con Napoleón, lejos de fortalecer a España, la convirtió en un peón del imperio francés.
El historiador Richard Herr (1981) resume así el legado de esta política:
“España perdió su flota, su independencia y su prestigio, pero conservó su ministro.”
Política interior: control y descontento
Mientras la política exterior naufragaba, la situación interna se deterioraba. La economía española entró en crisis: la agricultura sufría por la escasez de lluvias, la Hacienda estaba en bancarrota y los precios subían sin control. Las reformas iniciadas por los ilustrados quedaron paralizadas, sustituidas por una gestión autoritaria y opaca.
Godoy trató de centralizar el poder, controlar la prensa y silenciar la oposición. Su figura se convirtió en símbolo de corrupción, nepotismo y servilismo extranjero. La nobleza lo despreciaba; el clero lo temía; el pueblo lo odiaba. A ello se sumaban los persistentes rumores sobre su supuesta relación con la reina, lo que alimentaba una campaña de desprestigio constante.
El cronista Leandro Fernández de Moratín, testigo de la época, escribió en su diario:
“El pueblo no distingue entre rey y favorito; odia a ambos, pero al uno por culpa del otro.”
Bajo su gobierno se intensificó la censura, se vigilaron las tertulias y se reprimieron los brotes de descontento. Sin embargo, su autoridad comenzó a resquebrajarse tras Trafalgar y la creciente intervención de Napoleón en los asuntos de la península.
La sombra de Napoleón y la crisis final
En 1807, Godoy firmó con Napoleón el Tratado de Fontainebleau, que autorizaba el paso de tropas francesas por España con el pretexto de invadir Portugal, aliado de Inglaterra. A cambio, el ministro esperaba recibir un pequeño principado en el sur de Portugal. Pero aquella decisión sería su perdición.
Las tropas francesas entraron en España, ocuparon fortalezas estratégicas y comenzaron a comportarse como un ejército invasor. La población, cada vez más hostil, percibió que Godoy había entregado el país a los franceses. La tensión entre el pueblo y la corte alcanzó niveles insostenibles.
En este clima de desconfianza y conspiración, el príncipe Fernando (futuro Fernando VII) empezó a tejer alianzas con los sectores contrarios a Godoy y a su madre, la reina. El país se preparaba, sin saberlo, para una explosión política que cambiaría su historia.
El Motín de Aranjuez y la caída del monarca
La conspiración fernandina: el hijo contra el favorito
Hacia 1807, el reino de España vivía una crisis general. La alianza con Napoleón había llevado la economía al borde del colapso, el pueblo desconfiaba del gobierno y el ejército francés acampaba en territorio español. En medio de este caos, el príncipe Fernando, heredero al trono, se convirtió en la esperanza de los sectores descontentos con Godoy y la reina.
Fernando era ambicioso, desconfiado y resentido. Creía que Godoy había usurpado la autoridad del rey y corrompido a su madre. A su alrededor se formó una facción fernandina compuesta por nobles, obispos y militares contrarios al favorito.
Estos conspiradores aprovecharon el odio popular para preparar un golpe palaciego.
El Tratado de Fontainebleau, que permitió la entrada del ejército francés, fue el detonante. El pueblo percibió que Godoy había vendido España a Napoleón, y los rumores de que la familia real planeaba huir a Andalucía encendieron la mecha. La noche del 17 de marzo de 1808, estalló la revuelta.
El Motín de Aranjuez (marzo de 1808)
Ver: Motín de Aranjuez
En la villa de Aranjuez, donde la corte pasaba el invierno, multitudes enfurecidas rodearon el palacio del Príncipe de la Paz, residencia de Godoy. El motín fue espontáneo en apariencia, pero alentado por los partidarios del príncipe Fernando. Los gritos eran claros:
“¡Muera Godoy! ¡Viva Fernando VII!”
Los guardias se unieron a los amotinados y asaltaron la casa del ministro. Godoy intentó huir, escondiéndose entre unos colchones, pero fue capturado dos días después y arrastrado ante la multitud. Solo la intervención de soldados fieles al rey evitó su linchamiento.
El 20 de marzo, el propio Carlos IV se vio obligado a intervenir. Ante la presión del pueblo y del ejército, y temiendo por su vida, abdicó en su hijo Fernando VII. La escena simbolizó el colapso del absolutismo borbónico: el padre destronado por el hijo, el rey rendido ante su pueblo, el monarca convertido en prisionero de su propia debilidad.
El historiador Vicente Palacio Atard (2000) describe ese momento como “la jornada en que se derrumbó la autoridad sagrada de la monarquía española”.
La caída de Godoy y la huida del rey
Tras el motín, Godoy fue encarcelado y despojado de todos sus títulos. El pueblo lo consideró el responsable de todos los males del reino: la crisis, la ruina, la corrupción y la invasión francesa. Fernando VII, mientras tanto, fue aclamado como “el deseado”, símbolo de una nueva esperanza.
Pero la aparente victoria duró poco. Napoleón, que observaba atentamente la situación, vio la oportunidad perfecta para intervenir. Invitó a padre e hijo a Bayona, bajo el pretexto de mediar entre ambos. Allí, en una intriga diplomática magistral, los obligó a abdicar a favor de su hermano, José Bonaparte.
El resultado fue una catástrofe nacional. Carlos IV y María Luisa se trasladaron a Francia bajo “protección” imperial, mientras en España estallaba el caos. El país quedaba sin rey legítimo, ocupado por tropas extranjeras y al borde de la guerra.
Las abdicaciones de Bayona: el fin de una dinastía
Entre el 5 y el 7 de mayo de 1808, en la ciudad francesa de Bayona, se consumó la tragedia. Napoleón reunió a Carlos IV, Fernando VII y Godoy, y mediante presiones políticas y promesas de seguridad, obtuvo la renuncia de ambos reyes. Carlos IV justificó su abdicación declarando que su hijo lo había forzado y que deseaba “la paz del reino”. Fernando, a su vez, firmó su propia renuncia confiando en la protección del emperador. A este proceso se lo conoció como las Abdicaciones de Bayona.
Napoleón nombró rey de España a su hermano José I Bonaparte, lo que desencadenó una oleada de indignación y la Guerra de la Independencia Española (1808–1814). La familia real borbónica quedó prisionera en Francia, símbolo del colapso del Antiguo Régimen.
Como señala Artola (1999), “Bayona fue la tumba del absolutismo español: no cayó por la revolución, sino por su propia decadencia”.
El exilio en Francia y el final de Carlos IV
Después de Bayona, Carlos IV y María Luisa se establecieron primero en Compiègne y luego en Roma, bajo protección papal y napoleónica. Vivieron entre la nostalgia y el desconcierto, alejados de la política y dedicados a la religión y la música. En 1819, Carlos IV murió en Nápoles, acompañado por su esposa, sin haber recuperado nunca su trono ni su prestigio. Murió convencido, según testimonio de sus allegados, de que su gran error fue “haber confiado demasiado en un amigo y demasiado poco en sí mismo”. Su figura quedó para la historia como la de un rey honesto pero impotente, atrapado en un tiempo que no comprendió.
Consecuencias y significado histórico del reinado de Carlos IV
De la monarquía ilustrada al colapso del Antiguo Régimen
El reinado de Carlos IV marcó el fin del ciclo iniciado por su padre, Carlos III, y el colapso definitivo del Antiguo Régimen en España. Cuando accedió al trono en 1788, heredó un Estado reformado, una administración eficaz y un imperio todavía vasto; veinte años después, dejó un país invadido, sin monarquía legítima y sumido en una guerra de independencia.
El tránsito entre ambos escenarios fue el resultado de un conjunto de errores políticos, debilidades personales y crisis estructurales. El absolutismo ya no podía sostenerse en un contexto dominado por las ideas revolucionarias, las tensiones sociales y el ascenso del nacionalismo. Carlos IV no supo adaptarse al cambio: quiso preservar la autoridad sin reformarla, y la perdió sin entender por qué.
El historiador Richard Herr (1981) lo resume así:
“Carlos IV fue el último monarca de un mundo que se desmoronaba; su tragedia no fue la maldad, sino la ceguera.”
El fracaso de su gobierno no fue solo individual, sino histórico: simbolizó la impotencia de la monarquía absoluta frente al nuevo orden liberal que se abría paso en Europa.
La crisis de legitimidad y el despertar nacional
Las abdicaciones de Bayona (1808) dejaron a España sin soberano legítimo. El vacío de poder fue aprovechado por el pueblo, que se levantó en defensa del rey depuesto y, sin saberlo, en defensa de una nueva forma de soberanía: la nación. El 2 de mayo de 1808, el levantamiento de Madrid dio inicio a la Guerra de la Independencia Española, que unió por primera vez a campesinos, burgueses y clérigos bajo un mismo ideal.
Así, la caída de Carlos IV, paradójicamente, sembró las semillas del patriotismo moderno. El pueblo que se rebeló “por el rey” acabaría descubriendo que podía luchar también sin él, dando origen al proceso de emancipación política que desembocaría en la Constitución de Cádiz (1812) y en las revoluciones liberales posteriores.
Como señala Artola (1999), “el motín de Aranjuez derribó a un rey; la guerra de independencia derribó un sistema”. El trono vacío de los Borbones se convirtió en el espacio simbólico donde nació la España contemporánea.
La imagen de Carlos IV en la historiografía
Durante el siglo XIX, la imagen de Carlos IV quedó marcada por la caricatura. Los liberales lo presentaron como un monarca pusilánime y dominado por su esposa y su ministro, una sombra de su padre. Los absolutistas, en cambio, lo reivindicaron como un rey piadoso víctima de la intriga y de la manipulación extranjera.
A lo largo del siglo XX, la historiografía moderna adoptó una visión más equilibrada. Vicente Palacio Atard (2000) lo describe como “un hombre de buenas intenciones, pero sin carácter para ejercer el poder en tiempos convulsos”. Domínguez Ortiz (1988) insiste en que su error fue confiar en Godoy más allá de la prudencia, aunque reconoce su honestidad personal. La Parra López (2018), por su parte, destaca que la relación entre Carlos IV y Godoy fue más de dependencia emocional que política, fruto de la necesidad de apoyo en un mundo hostil y cambiante.
Hoy, la mayoría de los historiadores coinciden en que Carlos IV no fue un tirano ni un incompetente, sino un rey desbordado por un siglo que no comprendió. Su drama fue el del último monarca antiguo en una Europa moderna.
El retrato de Goya: la monarquía como espejo
Ninguna imagen resume mejor el reinado de Carlos IV que el célebre cuadro de Francisco de Goya, La familia de Carlos IV (1800). En él, el pintor muestra a los monarcas rodeados de sus hijos y de Godoy, con rostros rígidos, miradas vacías y una inquietante sensación de artificio. Más que un retrato de poder, parece un juicio silencioso sobre la decadencia de la monarquía española.
Goya, testigo privilegiado de su tiempo, captó lo que la historia confirmaría después: una corte desconectada del pueblo, un rey que no gobierna y una reina que manda sin autoridad. El cuadro no solo es arte: es historia en pigmento, un testamento visual del fin del absolutismo.
Legado y lección histórica
El reinado de Carlos IV enseña una lección universal: ningún poder puede sobrevivir cuando se desconecta de la realidad. Su vida, más que la de un villano o un héroe, fue la de un hombre atrapado en un sistema moribundo, incapaz de renovarse ni de desaparecer con dignidad.
Tras su muerte en 1819, España ya era otra: el liberalismo, el nacionalismo y el constitucionalismo habían comenzado su camino. El nombre de Carlos IV quedó asociado al final de una época —una época de luces y sombras, de fe y de miedo— en la que un rey bondadoso contempló, impotente, el derrumbe del mundo que había heredado.
“Carlos IV no perdió solo un trono; perdió el sentido del tiempo en que vivía.”
— José Luis Gómez Urdáñez
