El asedio que destruyó la Segunda Cruzada en solo cuatro días: el error de Luis VII en Damasco

La mañana del 24 de julio de 1148, un ejército de 50.000 hombres se desplegó ante las murallas de Damasco convencido de que la ciudad caería en cuestión de días. Cuatro días después, ese mismo ejército se retiraba en desbandada, hostigado por arqueros musulmanes y devorado por sus propias divisiones internas.
Fue el final de la Segunda Cruzada, y posiblemente el fracaso militar más absurdo de toda la era de las Cruzadas, no porque el enemigo fuera invencible, sino porque los propios cruzados se sabotearon a sí mismos.
Una cruzada que nació mal
La Segunda Cruzada se convocó en respuesta a la caída de Edesa en 1144, cuando el caudillo musulmán Zengi arrebató a los cruzados uno de sus estados más importantes en Oriente Próximo. El papa Eugenio III lanzó el llamamiento, Bernardo de Claraval recorrió Europa enardeciendo multitudes, y dos grandes ejércitos respondieron: el de Luis VII de Francia y el de Conrado III de Alemania.
Ambos llegaron a Tierra Santa en pésimas condiciones. Los alemanes habían sido destrozados por los turcos selyúcidas en Anatolia. Los franceses, aunque resistieron algo mejor, sufrieron una derrota grave cruzando las montañas Cadmus en enero de 1148, donde perdieron miles de hombres en una emboscada.
Cuando los dos ejércitos se reunieron finalmente en Jerusalén, estaban mermados, desmoralizados y lejos de Edesa, el objetivo original de la campaña.
El objetivo cambia: Damasco
En el consejo celebrado en Acre en junio de 1148, los líderes cruzados tomaron una decisión que los historiadores llevan siglos debatiendo. En lugar de marchar sobre Edesa, decidieron atacar Damasco, una ciudad musulmana que en realidad mantenía relaciones relativamente pacíficas con el Reino de Jerusalén.
El razonamiento era seductor: Damasco era una ciudad rica, prestigiosa y estratégicamente situada. Tomarla habría supuesto un golpe enorme al mundo islámico y un premio deslumbrante para volver a Europa. Además, el rey Baldwin III de Jerusalén y los Caballeros Templarios la codiciaban desde hacía años.
Lo que nadie pareció considerar con suficiente seriedad es que atacar Damasco significaba convertir en enemigo a quien hasta ese momento era, si no aliado, al menos un vecino manejable.
Los primeros días: una posición brillante
El ataque comenzó desde el oeste, donde los cruzados avanzaron a través de los huertos del Ghouta, los célebres jardines que rodeaban la ciudad y que proporcionaban sombra, agua y alimentos a sus habitantes. Era terreno difícil, con muros de piedra, canales de irrigación y árboles que cortaban las líneas de visión, pero estratégicamente inteligente: el agua estaba cerca y la posición era defensible.
El ejército avanzó en la mañana del 24 de julio a través del huerto al oeste de la ciudad, mientras desde las murallas sonaban cuernos y campanas alertando del ataque inminente. Los defensores damascenos, comandados por Mu’in ad-Din Unur, ofrecieron una resistencia feroz pero retrocedían sistemáticamente hacia las murallas. Los cruzados ganaban terreno.
Durante los primeros dos días, la posición occidental era sólida. Los cruzados tenían agua, comida de los huertos y una línea de avance coherente. Si hubieran mantenido esa posición y hubieran intensificado la presión, Damasco podría haber caído.
El error fatal: el movimiento hacia el este
El 27 de julio, tras fracasar en el asalto desde el oeste, los cruzados se trasladaron a las llanuras abiertas al este de la ciudad. Fue la decisión más catastrófica del asedio.
La llanura oriental no tenía huertos, ni agua, ni cobertura. Era terreno abierto bajo un sol de julio en Siria, sin suministros y expuesto a la caballería enemiga. Nadie ha explicado satisfactoriamente por qué se tomó esa decisión. Las teorías van desde la presión de los nobles locales del Reino de Jerusalén, que querían posicionarse para reclamar la ciudad una vez tomada, hasta acusaciones de soborno que Conrado III lanzaría después sin poder probarlas jamás.
Lo que sí es seguro es que Nur ad-Din, el poderoso señor zengida que controlaba el norte de Siria, se acercaba con un ejército de socorro. Los cruzados se quedaban sin comida y sin agua, el terreno era desfavorable, y los defensores de la ciudad resultaron más tenaces de lo esperado.
La retirada y el colapso
El 28 de julio, Luis VII y Conrado III ordenaron la retirada. El asedio había durado cuatro días. Durante la marcha de regreso a Jerusalén, los arqueros musulmanes no dejaron de hostigar la columna cruzada. Las bajas durante la retirada fueron considerables.
Lo que siguió fue quizás más dañino que la derrota militar en sí. Los tres líderes, Luis, Conrado y Baldwin, se dedicaron a acusarse mutuamente de la responsabilidad del desastre en lugar de plantearse otra campaña conjunta. Conrado intentó organizar un ataque sobre el puerto de Ascalón para salvar algo de la expedición, pero ni Luis ni Baldwin tenían ya voluntad para otra aventura militar. Conrado embarcó hacia Alemania en septiembre de 1148.
La Segunda Cruzada había terminado sin haber recuperado Edesa, sin haber tomado Damasco y sin haber conseguido absolutamente nada.
Las consecuencias que nadie previó
El fracaso ante Damasco tuvo consecuencias que se prolongaron durante décadas. Aprovechando la debilidad cruzada, Nur ad-Din tomó Damasco de manos de la dinastía Burid en 1154, unificando Siria bajo un único poder. Después conquistó Egipto en 1168.
Aquel hombre que los cruzados habían ignorado como amenaza secundaria construyó el bloque de poder islámico que haría posible, años después, la figura de Saladino.
Los estados cruzados en Tierra Santa, que después de la Primera Cruzada habían disfrutado de una posición relativamente estable, quedaron desde 1148 permanentemente a la defensiva, rodeados de enemigos más fuertes y cohesionados que ellos.
Artículos relacionados
Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

