El caballo apareció asaeteado en la orilla: la traición que borró al reino visigodo en solo tres años

Un caballo yacía junto a la orilla de un río, atravesado por flechas. De su jinete, el rey de un reino entero, no quedó rastro alguno.
Era el año 711, en algún punto de la Bética, y ese jinete desaparecido era Rodrigo, el último rey visigodo de Hispania.
Un reino ya debilitado antes del primer golpe
La invasión árabe de España no llegó como un rayo caído del cielo. Llegó aprovechando las grietas de un reino que ya se estaba desmoronando por dentro.
El trono visigodo llevaba años siendo motivo de guerras fratricidas entre la nobleza. Rodrigo había ganado el poder derrotando a los partidarios del rey anterior, Witiza, pero esa herida nunca cerró del todo.
Mientras tanto, Rodrigo combatía en el norte de la península contra los vascos, lejos de donde realmente se estaba fraguando su ruina.
Un desembarco que nadie detuvo a tiempo
En la madrugada del 28 de abril de 711, el general omeya Táriq ibn Ziyad desembarcó en Tarifa con un contingente de soldados bereberes. Las crónicas antiguas hablan de cifras exageradas, pero los historiadores modernos calculan que rondaban los 7.000 hombres.
Sus tropas tomaron Carteia y después Algeciras, rechazando allí el contraataque de fuerzas visigodas lideradas por Sancho, sobrino del propio Rodrigo.
Poco después, Táriq recibió otros 5.000 refuerzos enviados desde el califato. En total, unos 10.000 bereberes y 2.000 árabes ya pisaban suelo peninsular.
La noticia tardó entre dos y tres semanas en llegar hasta Rodrigo. Para cuando reaccionó, el invasor ya llevaba semanas de ventaja.
Un ejército reunido a toda prisa
La crisis interna del reino visigodo obligó a Rodrigo a improvisar. Tuvo que aceptar la ayuda interesada de los mismos witizanos a los que había derrotado años antes en la guerra de sucesión.
Organizó un ejército con rapidez en Córdoba y marchó al encuentro del invasor. Las estimaciones sobre el tamaño de sus fuerzas varían enormemente: desde los 2.500 hombres hasta los 40.000, según qué fuente se consulte.
Según los relatos tradicionales, el choque tuvo lugar cerca del río Guadalete. Estudios más recientes sitúan el combate en los montes Transductinos, entre la laguna de La Janda y el cerro de Torrejosa.
Dos días de escaramuzas antes del desastre
Durante dos jornadas, ambos ejércitos se midieron en enfrentamientos menores, tanteándose antes del choque definitivo.
Fue entonces cuando ocurrió la traición que decidiría el destino de toda la península.
Los hijos de Witiza, que comandaban los flancos del ejército visigodo, se separaron de las tropas de Rodrigo en pleno combate. Ese abandono dejó al rey en una inferioridad numérica y táctica que resultaría fatal.
Los bereberes, con una forma de combatir que los visigodos desconocían por completo, cercaron y diezmaron a las fuerzas que permanecieron leales al monarca.
Un cuerpo que nunca apareció
Cuando terminó la matanza, encontraron el caballo de Rodrigo en la orilla del río, atravesado por flechas. Su cuerpo, sin embargo, jamás fue hallado.
Esa desaparición alimentó durante siglos leyendas y romances sobre el destino del último rey godo. Algunas versiones ni siquiera coinciden en el nombre del caballo ni en las circunstancias exactas de su huida.
Lo cierto es que Rodrigo, con su muerte o desaparición, dejó al reino visigodo sin la posibilidad de organizar una resistencia coordinada.
Un colapso que se extendió como un incendio
Táriq no perdió el tiempo. Tomó Medina Sidonia y marchó hacia Córdoba, ganando otra dura batalla cerca de Écija.
Antes de que terminara el año, se apoderó de Toledo sin apenas resistencia, ya que Rodrigo se había llevado consigo a su guardia real cuando partió hacia el sur.
El desconcierto en las filas godas tras la derrota fue total. La rápida caída de la capital impidió elegir a un nuevo rey y organizar cualquier línea de defensa sólida.
A este colapso se sumó algo más: parte de la población hispanorromana, marginada durante siglos del poder político visigodo, vio en los invasores un posible aliado. También la población judía, perseguida por la monarquía católica goda, encontró motivos para no oponer resistencia.
Tres años para conquistar un reino entero
En el año 712, el gobernador Musa ibn Nusair desembarcó personalmente con otro ejército de 18.000 hombres, receloso de los éxitos que Táriq estaba cosechando por su cuenta.
Ambos generales unieron fuerzas en la comarca toledana y continuaron avanzando hacia el valle del Ebro, Asturias y Galicia, prácticamente sin resistencia.
En apenas tres años desde aquel combate junto al río, casi la totalidad de la península ibérica había caído bajo el dominio del Califato Omeya.
Un reino que había durado siglos se desintegró en el tiempo que tarda un ejército en cruzar un territorio de norte a sur.
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

