El general español que ignoró todos los avisos y llevó a su ejército a la peor derrota del siglo XX en África

En la primavera de 1921, el coronel de la Oficina de Asuntos Indígenas Morales llevaba semanas advirtiendo al general Manuel Fernández Silvestre que no avanzara. Le decía que las cabilas de los Beni Urriaguel, Beni Said, Beni Ulixech, Bocoya y Tensaman estaban organizadas y dispuestas a rebelarse en cualquier momento. Que su líder, Abd el-Krim, conocía perfectamente los puntos débiles de los españoles. Que el avance sin consolidar las posiciones era un suicidio.
Silvestre no le escuchó. Lo que vino después se conoce como el Desastre de Annual, la mayor catástrofe militar del ejército español en el siglo XX. Pero todo comenzó con algo más pequeño, más silencioso y más revelador: la caída de una posición llamada Abarrán.
El hombre que creía tener baraka
Manuel Fernández Silvestre era un general de 48 años, impulsivo, con tres ascensos obtenidos por méritos de guerra en Cuba y con una amistad cercana al rey Alfonso XIII, de quien había sido ayudante de campo. Había tomado el mando de la Comandancia General de Melilla en enero de 1920 y desde entonces perseguía un objetivo: conquistar Alhucemas, el bastión de la tribu de los Beni Urriaguel y de su jefe Abd el-Krim.
Sus primeros avances fueron prácticamente sin resistencia. Silvestre los atribuía a lo que los rifeños llamaban baraka, la suerte o bendición divina. Ocupó Dar Drius en mayo de 1920, luego Tafersit y Buhafora. Cada éxito reforzaba su convicción de que podía seguir adelante solo, sin esperar a que el alto comisario Berenguer terminara sus operaciones en la Yebala.
Lo que Silvestre no comprendía, o no quería comprender, era que el enemigo que tenía delante ya no era el de antes.
Abd el-Krim y el ejército que nadie esperaba
Muhammad Ibn Abd el-Krim el Jatabi había estudiado en Melilla, trabajado para la administración española como traductor y redactado artículos en árabe para el periódico El Telegrama del Rif. Luego colaboró con Alemania contra España durante la Primera Guerra Mundial, fue condenado, intentó escapar descolgándose por una tronera del fuerte de Rostrogordo y se fracturó una pierna al caer. Cojera de por vida. Odio eterno a los españoles.
Huido a su cabila con armamento alemán, Abd el-Krim no era un jefe tribal más. Era un hombre que conocía el sistema español desde dentro, que había aprendido las tácticas de guerra moderna de la Gran Guerra y que estaba construyendo algo que el ejército colonial español no había visto nunca en el Rif: un embrión de ejército regular disciplinado, con unos 3.000 soldados de élite de su propia tribu como núcleo, rodeados de combatientes de las cabilas aliadas.
Su estrategia era precisa y brutal. No batallas abiertas. Cerco, sed y hambre. Sitiar las posiciones aisladas cortando sus suministros en el verano más tórrido, cuando los españoles no tenían agua y el calor mataba tanto como las balas.
En enero de 1921, Abd el-Krim difundió la proclama de que quien matase a un español no sería castigado. Todas las cabilas mencionadas por el coronel Morales formaron una confederación tribal. La rebelión estaba organizada.
El 1 de junio de 1921: Abarrán
Silvestre ignoró todos estos avisos. Y a medianoche del 1 de junio de 1921, cumpliendo sus órdenes, el comandante Villar salió de Annual al frente de una columna de 1.461 hombres y 485 cabezas de ganado para tomar la cima del monte Abarrán, a solo 12 kilómetros de Annual, en zona donde había una harca de 3.000 rifeños de los Beni Urriaguel.
La columna llegó sin oposición al amanecer. Los ingenieros comenzaron a fortificar la posición. Pero cuando aparecieron rifeños armados en las colinas cercanas, el cadí local aconsejó retirarse. Villar optó por marcharse por una vía distinta a la de llegada, dejando atrás un destacamento de 250 hombres: 50 españoles y el resto tropas indígenas de los Regulares de Melilla, al mando del capitán Juan Salafranca Barrio, de 32 años.
A las 13:00 horas comenzaron los disparos. Villar no mandó volver.
La posición que cayó sola
Los 3.000 rifeños asaltaron la posición. Los defensores tenían cuatro cañones de campaña, 28 artilleros, munición Mauser y Remington. No tenían ametralladoras. El cañonero Laya, que navegaba cerca del litoral, bombardeó la costa para impedir refuerzos, pero cuando vio la magnitud del asalto ya era tarde.
El ataque duró cuatro horas. Los artilleros dispararon con elevación cero porque el enemigo estaba literalmente dentro del perímetro. El teniente de artillería Diego Flomesta, herido en la cabeza, inutilizó tres de los cuatro cañones antes de ser capturado. Ya prisionero, se dejó morir de hambre antes que enseñar a los rifeños el manejo del cañón que había quedado operativo.
El capitán Salafranca recibió un disparo en el brazo. Siguió combatiendo. Recibió otro en el vientre. Siguió. Recibió una tercera descarga en el pecho. Cayó.
De los 250 defensores, solo 76 llegaron a Annual, la mayoría heridos. Unos 175 murieron o quedaron desaparecidos. El cañón capturado fue exhibido por Abd el-Krim en todas las cabilas como prueba de la debilidad española.
La respuesta de Silvestre: seguir adelante
Los generales Berenguer y Silvestre restaron importancia a la derrota. Abd el-Krim envió una carta personal a Silvestre instándole a detener el avance para evitar futuras pérdidas. Silvestre no contestó.
Dos días después, el 2 de junio, Abd el-Krim ordenó atacar otra posición costera: Sidi Dris. El asedio duró 26 horas. Los defensores resistieron, pero apenas.
El 7 de junio, Silvestre ordenó ocupar la posición de Igueriben, a solo cinco kilómetros de Annual, en una colina rodeada de barrancos profundos y sin reservas de agua. El coronel Morales se opuso también a esta decisión. Nadie le escuchó.
El historiador Enrique Moradiellos, en su análisis presentado ante la Real Academia de la Historia, resume con precisión lo que ya era visible en junio de 1921: Silvestre tenía frente a él no las clásicas harkas de bandoleros, sino el embrión de un ejército regular rifeño con conocimiento de tácticas modernas. Desconocer ese cambio no sería el único error trágico del general Fernández Silvestre en aquel año infausto.
El Expediente Picasso, el informe de 2.433 folios elaborado en los seis meses posteriores al desastre, concluiría que el ejército español en Annual tenía solo 22 médicos movilizados, apenas 400 sanitarios y únicamente 4 ambulancias para más de 10.000 soldados dispersos en 120 destacamentos, muchos de ellos sin agua, sin enfermería y sin depósitos de víveres.
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

