La noche en que 130 barcos españoles cortaron sus anclas por miedo al fuego

Ocho barcos ardiendo a la deriva bastaron para desbaratar la formación naval más poderosa de su tiempo. Ni un solo disparo hizo falta esa noche.
Era el 28 de julio de 1588, frente a las costas de Calais, y la Armada Invencible española estaba a punto de sufrir el golpe que cambiaría el curso de la guerra anglo-española (1585-1604).
Una flota anclada a la espera de refuerzos que no llegaban
Semanas antes, 130 barcos habían zarpado de Lisboa bajo el mando del duque de Medina Sidonia, un aristócrata sin experiencia naval previa designado por el propio Felipe II para liderar la misión.
El objetivo era ambicioso: escoltar a un ejército desde Flandes hasta Inglaterra, derrocar a Isabel I y poner fin al protestantismo que ella había instaurado en el país.
El 27 de julio de 1588, la Armada ancló frente a Calais, formando una defensa cerrada en forma de media luna. Allí esperaba noticias del duque de Parma, cuyo ejército de 16.000 hombres aguardaba en Dunkerque para embarcar.
Pero la comunicación entre ambos mandos españoles nunca llegó a coordinarse del todo. Las barcazas de Parma tardarían al menos seis días más en estar listas para zarpar.
Un consejo de guerra y una decisión arriesgada
Mientras España esperaba, en Inglaterra se reunía un consejo de guerra. Lord Howard, al mando de la flota, se juntó con Lord Seymour y Sir Winter para decidir cómo aprovechar aquella pausa forzada del enemigo.
Sir Francis Drake tenía ya una idea clara. Había utilizado con éxito la táctica de los barcos incendiarios antes, durante su ataque a Cádiz, y sabía exactamente el efecto que podía provocar en una flota tan compacta como la española.
Medina Sidonia no era ingenuo. Esperaba algún tipo de maniobra inglesa y había colocado barcos más pequeños como protección alrededor de su formación principal.
Ocho barcos en llamas y el pánico se apoderó de la Armada
Poco después de la medianoche del 28 de julio, los ingleses prendieron fuego a ocho de sus propios barcos, sacrificados deliberadamente, cargados con brea, azufre, pólvora y alquitrán.
Los soltaron a favor del viento, directamente hacia el corazón de la Armada española, ordenadamente anclada y sin margen de maniobra.
Los españoles temieron algo mucho peor de lo que realmente era: creyeron que aquellos barcos eran «hellburners», los temidos brulotes especializados que ya habían causado estragos años antes durante el sitio de Amberes.
Dos de los ocho barcos fueron interceptados y remolcados a tiempo. Los seis restantes navegaron directamente hacia el centro de la flota española.
El pánico rompió una formación que había resistido semanas de combate
Ningún barco español llegó a arder realmente aquella noche. Pero el daño ya estaba hecho de otra manera.
Solo el buque insignia de Medina Sidonia y algunos de los principales barcos de guerra mantuvieron su posición. El resto de la flota, presa del pánico, cortó sus propias anclas y se dispersó en total desorden.
Esa decisión tendría consecuencias que tardarían semanas en manifestarse por completo: casi todos los barcos de la Armada perdieron sus anclas esa noche, un recurso que resultaría crucial más adelante.
La formación en media luna, que había protegido a la flota durante semanas de hostigamiento inglés en el Canal, quedó completamente destrozada.
La batalla decisiva frente a Gravelines
Al amanecer del 29 de julio de 1588, con la Armada dispersa y a merced del viento del suroeste, la flota inglesa cerró el cerco frente al pequeño puerto de Gravelines, territorio español en Flandes cercano a la frontera francesa.
Los ingleses ya conocían las debilidades de sus rivales tras semanas de enfrentamientos previos en el Canal. Sabían que los artilleros españoles no estaban entrenados para recargar rápido sus cañones pesados, a diferencia de los propios ingleses.
Aprovechando esa ventaja, la flota de Howard provocó a los españoles para que dispararan primero, se mantuvo fuera de su alcance y luego cerró distancia para rematar el ataque.
Un resultado desigual que marcó el principio del fin
Hacia las cuatro de la tarde, ambos bandos se habían quedado prácticamente sin munición. Los ingleses, sin embargo, habían llegado a cargar sus cañones con cadenas y cualquier objeto capaz de causar daño adicional.
El resultado de la jornada fue devastador para España: al menos cinco barcos perdidos y varios más gravemente dañados. España sufrió unas 2.000 bajas, frente a apenas 50 del lado inglés.
Sin apoyo del ejército de Parma y con su fondeadero perdido, Medina Sidonia ya solo pensaba en una cosa: llevar de vuelta a España lo que quedara de su flota.
De los 150 barcos que habían zarpado de Lisboa meses antes, solo 65 regresarían finalmente a puerto.
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

