El plan para destituir a Washington que casi funciona: la conspiración de Conway

Un ayudante de campo se emborracha, habla más de la cuenta, y sin saberlo destapa un complot para derrocar al hombre que comandaba la revolución.
Corría el invierno de 1777. La sede del Congreso, Filadelfia, estaba en manos británicas. El ejército continental, derrotado en Brandywine y Germantown, se refugiaba muerto de frío en Valley Forge. Y George Washington, el mismo general que meses después conduciría a la victoria en la Guerra de Independencia de Estados Unidos, empezaba a parecer, a ojos de muchos, un amateur superado por las circunstancias.
Mientras tanto, en el norte, otro general acababa de conseguir la mayor victoria americana de toda la guerra.
El rival perfecto
Se llamaba Horatio Gates, y en octubre de 1777 había derrotado a los británicos en la Batalla de Saratoga. Para buena parte del Congreso, la comparación era inevitable: Gates ganaba, Washington perdía terreno.
Fue en ese ambiente donde un brigadier general irlandés, Thomas Conway, comenzó a escribir cartas. Cartas críticas con el mando de Washington, dirigidas a Gates y a otros oficiales descontentos, mientras presionaba al Congreso para conseguir un ascenso que Washington se negaba a apoyar.
Una de esas cartas contenía una frase que, filtrada, se volvería explosiva: «qué lástima que solo haya un general Gates», escribió Conway, dando a entender que el ejército necesitaba un cambio de mando.
La filtración accidental
La frase llegó a oídos de Washington gracias a una cadena de indiscreciones casi cómica. Un ayudante de Gates, James Wilkinson, la mencionó en una borrachera. Otro oficial se lo contó a Lord Stirling, general leal a Washington. Y este, sin dudarlo, se lo hizo saber al comandante en jefe.
Washington recibió la advertencia el 8 de noviembre de 1777. No estalló en cólera. Hizo algo más frío y más efectivo: escribió a Conway una nota breve, citando textualmente su propia frase, sin explicar cómo la había obtenido.
El mensaje era claro: lo sé todo. Y sembró el pánico entre los conspiradores, que de pronto no sabían cuántas cartas más habían sido interceptadas.
Un Congreso dividido
Detrás de Conway había algo más grande que un oficial resentido. Un grupo de congresistas de Nueva Inglaterra, entre ellos Samuel Adams y Thomas Mifflin, desconfiaba del creciente poder de Washington y temía que la joven república estuviera incubando a un César americano.
En lugar de removerlo abiertamente, actuaron con cautela: reorganizaron el Board of War, el organismo de supervisión militar, y pusieron a Gates al frente. Poco después, para colmo de la humillación, ascendieron a Conway a Inspector General del Ejército, el mismo hombre que criticaba a Washington en privado.
Washington entendió el mensaje. En una carta a un delegado del Congreso llegó a confesar, sin rodeos: «el Congreso no confía en mí. No puedo continuar así».
El colapso de la conspiración
Lo que salvó a Washington no fue una batalla, sino la propia torpeza de sus rivales. Cuando Gates se enteró de que Wilkinson había sido la fuente de la filtración, lo desafió a duelo. El duelo no llegó a celebrarse: Gates, según el propio Wilkinson, terminó llorando y pidiendo disculpas.
La opinión pública, mientras tanto, se volvió contra los conspiradores en cuanto las cartas salieron a la luz. Nueve generales de brigada presentaron una protesta formal en el Congreso contra el ascenso de Conway.
En la primavera de 1778, una delegación del Congreso visitó Valley Forge para evaluar la situación. Su líder, Francis Dana, llegó escéptico sobre Washington. Tras días recorriendo el campamento y viendo el ejército reorganizado bajo el entrenamiento del barón von Steuben, se marchó convertido en uno de sus defensores más firmes.
Conway, ya sin apoyos, presentó su dimisión en abril de 1778. El Congreso, sin dudarlo, la aceptó.
El duelo final
La historia todavía tenía un giro más violento reservado para Conway. En julio de ese mismo año, el general John Cadwalader, en defensa del honor de Washington, lo retó a duelo.
La bala le entró por la boca y le salió por la nuca. Cadwalader, convencido de haberlo matado, comentó: «he detenido la lengua mentirosa de ese maldito, de todos modos».
Conway sobrevivió. Convencido de que iba a morir, escribió entonces una carta de disculpa a Washington que jamás obtuvo respuesta: «usted es, a mis ojos, el gran y buen hombre».
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

