El Motín de Esquilache: causas, desarrollo y consecuencias de la rebelión popular contra Carlos III

El Motín de Esquilache, ocurrido en Madrid en marzo de 1766, fue mucho más que una revuelta por la prohibición de las capas largas y los sombreros de ala ancha. Detrás de aquel estallido urbano se escondía un profundo malestar económico, una desconfianza hacia los ministros extranjeros y una tensión creciente entre la España tradicional y la España ilustrada que intentaba modernizarse bajo el reinado de Carlos III.

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El motín comenzó como un brote de desobediencia popular, pero pronto se convirtió en una crisis política nacional. El pueblo de Madrid tomó las calles, exigió la destitución del ministro Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, y obligó al propio monarca a huir de la capital. Fue una protesta que sacudió los cimientos del despotismo ilustrado y marcó un antes y un después en la relación entre el poder y el pueblo.

Este artículo analiza las causas, desarrollo y consecuencias del Motín de Esquilache, explorando tanto sus raíces sociales como su impacto político. Un episodio que, aunque breve, reveló los límites de la reforma ilustrada y anticipó los conflictos que acompañarían a la España del siglo XVIII.

Contexto histórico: la España de Carlos III y las reformas borbónicas

El espíritu reformista del siglo XVIII

A mediados del siglo XVIII, España vivía un proceso de transformación profunda. Tras décadas de decadencia política y atraso económico, los Borbones —una dinastía de origen francés— habían asumido el trono con la intención de modernizar el país siguiendo el modelo centralizador y racionalista de la Ilustración.
Su lema era claro: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo.”

El despotismo ilustrado pretendía reformar la administración, impulsar la economía y mejorar la vida urbana sin cuestionar el poder absoluto del monarca. Bajo Felipe V, Fernando VI y especialmente Carlos III, se emprendieron proyectos de modernización: reorganización fiscal, saneamiento de las ciudades, impulso a la educación y a la ciencia, y control del clero y las corporaciones.

Sin embargo, estas reformas chocaron con una sociedad tradicional, muy apegada a sus costumbres, profundamente religiosa y desconfiada de las ideas extranjeras. La Ilustración española era, en realidad, un delicado equilibrio entre progreso y tradición. Como señala el historiador Antonio Domínguez Ortiz, “Carlos III quiso traer la razón a un país que aún vivía de símbolos”.

El marqués de Esquilache y su papel en la modernización del reino

Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, era un ministro de origen italiano, nacido en Sicilia y formado en la administración napolitana. Carlos III lo había conocido durante su etapa como rey de Nápoles y confiaba en él como hombre eficaz, reformista y leal. Al llegar a España en 1759, el monarca lo nombró ministro de Hacienda y Guerra, encargándole la difícil tarea de modernizar Madrid y las finanzas del reino.

Esquilache impulsó medidas que hoy consideraríamos de sentido común: mejorar el alumbrado público, limpiar las calles, crear una policía urbana y prohibir el uso de capas largas y sombreros de ala ancha, prendas que facilitaban el anonimato y los delitos nocturnos. También promovió una reorganización fiscal para reducir el contrabando y aumentar los ingresos del Estado.

Sin embargo, su carácter autoritario, su origen extranjero y la rapidez de sus reformas le granjearon numerosos enemigos. Las élites españolas lo acusaban de arrogante y despótico; el pueblo, de ser el culpable del encarecimiento del pan y de imponer costumbres “italianas” contrarias al modo de vida castizo. El propio José Luis Gómez Urdáñez señala que Esquilache “quiso vestir de razón a una sociedad que aún se vestía de tradición”.

La combinación de reformas urbanas, crisis económica y resentimiento social formó un caldo de cultivo explosivo que, en 1766, estallaría con una fuerza inesperada.

Una capital en tensión

Madrid, en vísperas del motín, era una ciudad populosa, desigual y llena de contrastes. Su población rondaba los 150.000 habitantes, y la mayoría vivía en condiciones precarias. Las clases populares, jornaleros y artesanos sufrían los efectos de una mala cosecha y la subida del precio del trigo. El ambiente era tenso: corrían rumores de acaparamiento de grano y corrupción ministerial. Los bandos reales que prohibían las capas y los sombreros fueron la chispa final.

Según los cronistas, muchos madrileños interpretaron esa prohibición no como una medida de seguridad, sino como un ataque al orgullo nacional. Las capas y los sombreros eran emblemas de identidad popular y de autonomía frente a las imposiciones cortesanas. A finales de marzo de 1766, la ciudad bullía de rumores. En las tabernas y en los mercados se hablaba abiertamente contra “el italiano” y sus impuestos. Nadie imaginaba que el estallido estaba a pocas horas de producirse.

Causas del Motín de Esquilache: más allá de las capas y los sombreros

Las medidas impopulares: una reforma que tocó el orgullo del pueblo

El 23 de marzo de 1766, se publicó en Madrid un bando real que prohibía el uso de las capas largas y los sombreros de ala ancha. En apariencia, era una medida de orden público: las capas permitían ocultar armas y facilitar delitos, y los sombreros dificultaban identificar a las personas. Sin embargo, su impacto fue devastador.

En el siglo XVIII, la vestimenta no era solo cuestión de moda, sino de identidad social. Las capas y los sombreros eran símbolos de casticismo madrileño, un modo de vida que el pueblo sentía como propio frente a las influencias extranjeras. La orden de Esquilache se interpretó como un intento de “italianizar” Madrid, imponiendo una estética cortesana que humillaba a los vecinos.

El pueblo sintió que se le arrebataba algo más que un hábito: se atacaba su dignidad.
Las calles comenzaron a llenarse de murmullos, y los rumores se mezclaron con un creciente malestar por la carestía del pan. Como escribió el historiador Richard Herr, “la reforma del vestido fue el pretexto visible de un malestar invisible”.

Descontento económico y crisis de subsistencia

A mediados de la década de 1760, España atravesaba una crisis económica marcada por la escasez de grano y el aumento del precio del pan, alimento básico de la población.
El invierno de 1765-1766 había sido especialmente duro, y las malas cosechas encarecieron los productos agrícolas. Mientras tanto, el gobierno había liberalizado parcialmente el comercio de granos, lo que permitió la especulación de los intermediarios y generó la sensación de que el hambre era consecuencia de la corrupción ministerial.

Las clases populares, que ya vivían al límite, culparon directamente a Esquilache y a sus “acólitos extranjeros”. En los mercados se decía que el ministro escondía el trigo o lo exportaba a Italia. Los panaderos subían los precios; los jornaleros no podían comprar; y las colas frente a los hornos se convertían en focos de protesta.

Los historiadores modernos, como José Luis Gómez Urdáñez, coinciden en que el Motín de Esquilache fue en parte un motín de subsistencia: una reacción desesperada de las clases bajas ante el hambre y la desigualdad. Pero a diferencia de otros motines del siglo XVIII, este no se limitó a pedir pan: exigió también la destitución del ministro y el cambio de política. El descontento económico se transformó en oposición política.

El factor político: ministros extranjeros y pérdida de legitimidad

El origen italiano de Esquilache fue otro elemento clave en el estallido. Carlos III había traído consigo a varios colaboradores napolitanos —Grimaldi, Tanucci, Sabatini—, lo que despertó el rechazo del alto clero, la nobleza y parte de la administración española, que veían en ellos una amenaza a sus privilegios y cargos.

En las semanas previas al motín, los rumores se multiplicaron: se decía que el ministro había robado fondos del Tesoro, que planeaba imponer nuevos impuestos, e incluso que pretendía expulsar a los españoles de los cargos públicos. La xenofobia política se convirtió en una herramienta eficaz para canalizar el descontento popular.

Muchos historiadores, entre ellos Domínguez Ortiz, sostienen que el motín fue instigado en parte por sectores cortesanos enemigos del reformismo ilustrado. No hay pruebas concluyentes, pero la coincidencia de intereses entre el pueblo hambriento y los nobles resentidos sugiere una manipulación política. En palabras de Artola (1999), “la espontaneidad popular fue dirigida desde las sombras de la corte”.

Así, el conflicto no fue solo entre el pueblo y el ministro, sino entre dos modelos de Estado: uno moderno, centralizado y reformista, y otro tradicional, basado en los privilegios y el orden jerárquico. El Motín de Esquilache fue el punto de choque entre ambos mundos.

El factor cultural: modernidad contra tradición

Más allá del hambre o la política, el motín tuvo una profunda dimensión simbólica. Las reformas ilustradas pretendían racionalizar la vida urbana, pero en una sociedad donde los gestos, los vestidos y las costumbres tenían un valor moral, esas reformas fueron vistas como una invasión cultural.

La Ilustración imponía la luz —literal y metafóricamente—: calles iluminadas, controladas, ordenadas. Pero esa “luz” también se percibía como vigilancia y pérdida de libertad. Las capas largas y los sombreros, en cambio, representaban el anonimato, la autonomía y la resistencia a la uniformidad.

En este sentido, el Motín de Esquilache no fue solo un episodio político: fue una reacción cultural. El pueblo de Madrid defendía sus símbolos frente a un poder que, aunque pretendía mejorar su vida, no lo comprendía ni lo escuchaba. Como resumió Gómez Urdáñez (2002), “el pueblo no se rebeló contra la modernidad, sino contra la modernización impuesta”.

El estallido del motín: Madrid en marzo de 1766

El inicio de la revuelta

La tarde del 23 de marzo de 1766, domingo de Ramos, Madrid era un hervidero. En la plaza de Antón Martín y en las calles cercanas a Lavapiés y el Rastro, grupos de vecinos comenzaron a congregarse espontáneamente. Al principio, el motivo parecía trivial: la orden de Esquilache que prohibía las capas largas y los sombreros de ala ancha. Pero en el aire había algo más: hambre, rabia y humillación acumuladas.

Testigos de la época —como el conde de Aranda y el propio marqués de Ensenada— narraron que bastó un incidente con un guardia que intentó hacer cumplir la orden para que estallara la violencia. En cuestión de horas, la multitud se multiplicó y comenzaron los gritos:

“¡Muera Esquilache! ¡Viva el rey, muera el mal gobierno!”

Era el grito clásico de las revueltas del Antiguo Régimen: el pueblo no se alzaba contra el monarca, sino contra sus ministros. Las casas de funcionarios y recaudadores fueron asaltadas, se rompieron farolas recién instaladas —símbolos de la “ilustración” impuesta—, y las calles se llenaron de barricadas improvisadas.

La Guardia Real intentó contener a los amotinados, pero fue sobrepasada. La violencia se extendió por la Puerta del Sol, la calle Mayor y los alrededores del Palacio Real. Madrid ardía en pleno corazón del reformismo borbónico.

El asalto al Palacio Real

Al día siguiente, 24 de marzo, la multitud marchó hacia el Palacio Real. Los manifestantes exigían la destitución inmediata de Esquilache, la bajada del precio del pan y la expulsión de todos los ministros extranjeros. El ambiente era tenso; el rey Carlos III, sorprendido por la magnitud del motín, ordenó cerrar las puertas del palacio.

Desde los balcones, los emisarios de la Corona intentaron dialogar. El pueblo no pedía la cabeza del monarca, sino la del ministro. Las crónicas relatan que algunos agitadores blandían capas y sombreros como estandartes de rebeldía. Finalmente, el conde de Aranda —uno de los pocos ministros españoles respetados por la multitud— intermedió y redactó un documento de concesiones.

El rey aceptó las demandas más urgentes:

  • Destituir a Esquilache.
  • Bajar el precio del pan.
  • Permitir nuevamente las capas y sombreros.

Sin embargo, esa aparente victoria no bastó para calmar los ánimos. Durante la noche, las turbas siguieron saqueando y atacando edificios oficiales. Temiendo por su seguridad, Carlos III huyó de Madrid hacia Aranjuez, escoltado por su guardia personal. Era la primera vez en la historia moderna que un monarca español abandonaba la capital ante una revuelta popular.

La huida del rey y la expansión del motín

La huida del rey tuvo un fuerte impacto psicológico. En Madrid, algunos interpretaron su partida como una traición; otros como signo de debilidad. El poder quedó en manos del Consejo de Castilla, que trató de negociar con los sublevados.

El motín, sin embargo, ya había cruzado los límites de la capital. En cuestión de días se extendió a Zaragoza, La Coruña, Cartagena y Cuenca, aunque en la mayoría de los casos se trató de disturbios menores inspirados por el ejemplo madrileño. El lema era el mismo: “¡Viva el rey, muera Esquilache!”.

La tensión duró una semana. El 29 de marzo, con el ejército desplegado y las tropas fieles ocupando las calles, el orden fue restablecido. Cientos de personas fueron detenidas, pero el castigo fue sorprendentemente moderado. El rey —aconsejado por Aranda y Floridablanca— prefirió la reconciliación a la represión, temeroso de agravar la crisis.

El marqués de Esquilache, por su parte, fue destituido y enviado a Italia, donde permanecería hasta su muerte. Su caída fue vista por el pueblo como un triunfo, aunque las causas profundas del malestar siguieron latentes.

El papel del clero y las élites

El papel del clero en el motín fue ambiguo. Por un lado, muchos párrocos simpatizaban con las quejas del pueblo y predicaban contra los abusos de los ministros extranjeros. Por otro, las órdenes religiosas y parte del alto clero veían en las reformas de Esquilache una amenaza a su poder económico y social. No participaron directamente en la revuelta, pero alimentaron el clima de descontento desde los púlpitos.

También hubo implicación indirecta de nobles y cortesanos descontentos, que vieron en el motín una oportunidad para debilitar al círculo napolitano del rey. Aunque nunca se probó su participación, las sospechas sobre una manipulación “desde arriba” acompañaron siempre al episodio.

La historiografía moderna considera que el motín fue popular en su ejecución, pero político en su origen. Como resume Artola (1999):

“El pueblo actuó por hambre; las élites, por poder.
Juntos derribaron a un ministro, pero no cambiaron el sistema.”

Consecuencias del Motín de Esquilache: del caos al reformismo prudente

La caída de Esquilache y el retorno del orden

El primer y más visible resultado del motín fue la destitución del marqués de Esquilache. El 25 de marzo de 1766, mientras el rey permanecía refugiado en Aranjuez, se emitió el decreto oficial que lo relevaba de sus cargos. Poco después fue enviado a Venecia, donde ocuparía un puesto diplomático sin relevancia.
Nunca volvería a España.

Con su salida, Carlos III buscaba restaurar la calma y evitar que el descontento se transformara en rebelión abierta. El monarca comprendió que, aunque sus reformas eran necesarias, no podía imponerlas sin medir la sensibilidad popular. La ciudad de Madrid fue ocupada por tropas leales, y el Consejo de Castilla ordenó levantar un censo de daños y compensar parcialmente a las familias afectadas. En pocas semanas, la capital recuperó su ritmo, pero algo había cambiado para siempre: la confianza entre el rey y su pueblo había quedado herida.

El propio Carlos III reconoció su error. Según narra Domínguez Ortiz (1988), el monarca admitió que “se quiso gobernar a hombres como si fueran ángeles”. El despotismo ilustrado había chocado con la realidad española.

Un nuevo rumbo político: los ministros españoles toman el control

Tras el motín, el rey reorganizó su gobierno y retiró gradualmente a los ministros extranjeros. En su lugar, ascendieron figuras españolas como el conde de Aranda, Campomanes, Floridablanca y Jovellanos, quienes marcarían una nueva etapa del reformismo borbónico.

Estos hombres comprendían mejor el equilibrio que requería el país: mantener las reformas, pero acomodarlas a la tradición y a la mentalidad popular. Su programa se centró en:

  • Reforzar la administración central y la justicia.
  • Promover la agricultura y la industria.
  • Fomentar la educación práctica y las Sociedades Económicas de Amigos del País.
  • Controlar al clero sin provocar rupturas.

El Motín de Esquilache actuó como una lección política para el monarca y su entorno: las reformas solo serían duraderas si se acompañaban de un discurso patriótico y se explicaban al pueblo. Como resume Gómez Urdáñez (2002), “el rey aprendió a reformar sin humillar”.

Consecuencias sociales y simbólicas

En el plano social, el motín reveló por primera vez la fuerza política del pueblo urbano. Hasta entonces, las masas madrileñas apenas habían intervenido en la vida pública; en 1766 demostraron que podían condicionar las decisiones del trono. Fue una señal temprana de la conciencia popular que, décadas después, tendría peso durante la crisis del Antiguo Régimen.

También supuso un cambio en la imagen del poder real. El monarca ilustrado dejó de ser visto como un padre protector y comenzó a ser percibido como un gobernante distante. El miedo a nuevas revueltas llevó a la Corona a desarrollar una política de control más sutil pero constante: censura de prensa, supervisión de sermones y vigilancia del clero. En lugar de abandonar las reformas, Carlos III las moduló: menos visibles, más técnicas, y con un discurso de orden y prosperidad nacional.

Desde el punto de vista simbólico, el motín marcó la primera gran crisis del despotismo ilustrado español. La razón, por sí sola, no bastaba para gobernar; hacía falta consenso.
Como diría Artola (1999), “la Ilustración española nació en los despachos, pero maduró en la calle”.

La reconciliación del rey con su pueblo

A finales de 1766, Carlos III regresó a Madrid entre vítores. Habían pasado seis meses desde su huida, y el monarca se presentó con un gesto calculado: perdonó a los implicados en la revuelta y prometió escuchar al pueblo. Ordenó abrir hospitales, mejorar el abastecimiento de pan y establecer medidas de higiene y alumbrado sin imponerlas por decreto.

Este retorno fue una puesta en escena política. El rey no solo recuperaba su trono simbólico, sino que reconstruía su legitimidad. El mensaje era claro: el soberano seguía siendo ilustrado, pero ahora también paternal. El resultado fue un equilibrio que duraría décadas: una monarquía reformista, pero atenta a no desafiar abiertamente las costumbres del pueblo.

En adelante, el modelo de gobierno de Carlos III se caracterizaría por su prudencia reformista. El monarca nunca volvió a confiar ciegamente en sus ministros extranjeros ni en la eficacia absoluta de la razón. El pueblo, por su parte, mantuvo una relación ambivalente con él: mezcla de respeto y desconfianza, admiración y temor.

Significado histórico: el motín como espejo de un país

El Motín de Esquilache fue, en esencia, la primera gran crisis social del reformismo español. Demostró que la modernización no podía realizarse al margen del sentir popular y que el pueblo, aunque aparentemente pasivo, poseía un poder político latente.

Además, puso en evidencia las tensiones que recorrerían toda la historia española moderna: la lucha entre cambio y tradición, entre razón y costumbre, entre Estado y pueblo. En ese sentido, fue mucho más que una revuelta pasajera: fue el punto de inflexión que obligó a la monarquía a repensar su relación con la sociedad.

Como afirma Domínguez Ortiz, “en el ruido de aquel motín resonaba el eco de un país que se resistía a ser ilustrado sin ser escuchado”. Esa frase resume a la perfección el significado duradero del episodio.

Interpretaciones históricas y legado del Motín de Esquilache

La interpretación tradicional: un motín de hambre y subsistencia

Durante mucho tiempo, los historiadores consideraron el Motín de Esquilache simplemente como una revuelta de subsistencia, provocada por el aumento del precio del pan y el malestar popular. Autores del siglo XIX, como Modesto Lafuente, lo interpretaron como un episodio espontáneo, fruto del descontento de las clases bajas ante la carestía y los abusos fiscales.

Esta visión se mantuvo durante décadas: el pueblo, hambriento y desesperado, se habría rebelado contra un ministro impopular, sin motivaciones políticas profundas. Según esta lectura, el motín fue un estallido irracional que amenazó el orden, pero no cuestionó la autoridad del rey.

Si bien esta interpretación explica parte de la realidad —la crisis de abastecimiento y la tensión económica—, hoy se considera insuficiente. El Motín de Esquilache no fue un simple motín de pan, sino una manifestación más compleja, donde el hambre se mezcló con la dignidad, la política y la identidad nacional.

La interpretación política: una revuelta contra los extranjeros

A mediados del siglo XX, los estudios de Antonio Domínguez Ortiz y Richard Herr aportaron una visión más profunda. Ambos coincidieron en que el motín tuvo un componente político claro: fue una protesta no solo contra las medidas de Esquilache, sino contra el dominio de ministros extranjeros en la corte borbónica.

El descontento popular fue utilizado por las élites españolas —nobleza y clero— para debilitar la influencia italiana y recuperar su poder político. En palabras de Herr (1981), “la revuelta fue nacional antes que social: el pueblo fue la herramienta de una reacción aristocrática contra la política de modernización”.

Esta lectura explica por qué el lema principal no fue contra el rey, sino contra “los italianos” y el “mal gobierno”. La xenofobia, la defensa de las tradiciones y la lucha de poder en la corte se entrelazaron, dando lugar a un conflicto que reflejaba la crisis de legitimidad del despotismo ilustrado.

La interpretación cultural y simbólica: el choque entre dos mundos

A finales del siglo XX y comienzos del XXI, historiadores como José Luis Gómez Urdáñez y Artola plantearon una lectura más simbólica. Según ellos, el Motín de Esquilache representó el choque cultural entre dos visiones de España: la del reformismo racional y la del pueblo tradicional que se resistía a perder su identidad.

Las capas y sombreros —aparente motivo de la revuelta— eran en realidad símbolos de autonomía popular, expresiones de un modo de vida que la Ilustración quería disciplinar. El alumbrado público, los impuestos y las nuevas normas de urbanidad formaban parte de un proyecto de control social que el pueblo percibió como una amenaza.

Para estos autores, el motín fue una reacción cultural, más que política: una defensa de las costumbres frente al discurso de la razón impuesta desde arriba. En palabras de Gómez Urdáñez (2002):

“El pueblo no se rebeló contra el progreso, sino contra el progreso sin voz.”

Esta interpretación ha influido profundamente en la historiografía reciente, que ve en el Motín de Esquilache una clave para entender la relación entre Estado y sociedad en la España moderna.

El legado del Motín de Esquilache: una lección para el reformismo

El impacto del Motín de Esquilache trascendió el siglo XVIII. Su huella puede rastrearse en la evolución del pensamiento político español y en la forma en que las élites comprendieron la necesidad de integrar al pueblo en los proyectos de reforma.

Después de 1766, ningún monarca español volvió a emprender reformas de gran calado sin tener en cuenta la sensibilidad social. Los ministros de Carlos III aprendieron que la autoridad ilustrada debía acompañarse de comunicación, pedagogía y legitimidad nacional. Así, el motín se convirtió en una advertencia y una guía: la modernización debía ser dialogada, no impuesta.

El episodio también sirvió como referente histórico para los liberales del siglo XIX y los reformistas del XX, que lo vieron como una metáfora del eterno dilema español: el conflicto entre la modernidad y las tradiciones, entre el Estado reformista y el pueblo desconfiado.

Como resume Domínguez Ortiz (1988), “Esquilache cayó por querer hacer en meses lo que España necesitaba en siglos”. Su derrota fue el precio de una aceleración histórica que el país aún no estaba preparado para asumir.

El Motín de Esquilache en la memoria histórica

Hoy, el Motín de Esquilache se recuerda como uno de los episodios más reveladores del siglo XVIII español. Más allá de su anécdota, simboliza un momento decisivo en el que el pueblo irrumpió en la historia y obligó al poder a reconocer su presencia. Fue el primer aviso de que la autoridad absoluta tenía límites, incluso en tiempos del “rey ilustrado”.

En la cultura popular, el motín ha inspirado novelas, obras teatrales y estudios sociales, desde El sí de las niñas hasta análisis modernos sobre la España preliberal. Su vigencia radica en que sigue planteando una pregunta esencial: ¿puede haber progreso sin participación, modernización sin empatía?Cinco siglos después, la respuesta que dejó aquel estallido madrileño sigue siendo actual. El Motín de Esquilache no solo fue una revuelta, sino una advertencia eterna: ningún gobierno puede reformar un país sin escuchar a su pueblo.

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