El año que Ulises pasó en la cama de una hechicera y que selló su trágico final

Hay una trampa moderna en la que todos caemos: la comodidad. Es ese estado donde no somos del todo felices, pero donde las cosas son tan fáciles que preferimos no movernos. Curiosamente, el primer registro que tenemos en la literatura sobre cómo el confort absoluto puede destruir el destino de un hombre tiene 2.800 años, ocurre en una isla paradisíaca y está protagonizado por una mujer que vivía rodeada de fieras mansas.
El humo salía por la chimenea de piedra oliendo a queso derretido y a algo dulce que ninguno de ellos supo identificar. Los veintidós marineros llevaban semanas comiendo raíces crudas y agua salobre, así que cuando la puerta se abrió y una voz de mujer los invitó a pasar, entraron sin pensar.
Dentro había un telar enorme, tapices que parecían moverse solos, y leones tumbados junto al fuego que no rugieron cuando los vieron entrar. Uno incluso se acercó y frotó la cabeza contra la rodilla de un marinero, como un perro grande y triste.
Deberían haberse ido en ese instante. No lo hicieron.
La escena está contada en el Canto X de La Odisea, compuesta hacia el siglo VIII a.C., y sigue siendo uno de los pasajes más inquietantes que Homero dejó escritos, porque el peligro que describe no viene con espada ni con dientes, sino con una copa servida por una anfitriona hermosa.
La mujer que vivía sola con sus leones mansos
Ella se llamaba Circe. Hija del Sol. Hechicera. Vivía sola en la isla de Eea, en un palacio que ningún mapa marcaba y del que ningún hombre había vuelto para dibujarlo.
Les sirvió queso, miel batida, harina de cebada y un vino oscuro de la región de Pramnos. Todo mezclado en una copa grande de bronce. Los marineros bebieron.
Después, sin dejar de sonreír, los tocó en el hombro con una varita fina de madera clara.
El sonido que hicieron al dejar de ser hombres
El sonido que hicieron al transformarse no fue humano ni animal. Fue algo intermedio, un gruñido con memoria dentro, como si supieran que hasta hacía un segundo tenían manos y ahora tenían pezuñas. Circe los empujó hacia una pocilga con la punta de la vara, sin prisa, y les tiró bellotas y bayas de cornejo. Comieron.
Solo uno se había quedado fuera. Euríloco, un hombre desconfiado que había preferido esperar entre los árboles. Cuando entendió lo que había pasado corrió al barco varado en la playa, y allí, entre sollozos, se lo contó a su capitán.
Una planta que ningún mortal puede arrancar
Ulises no preguntó dos veces. Cogió su espada, se colgó el arco y subió solo por el sendero, dispuesto a matar a la hechicera o a morir intentándolo. Nunca había sido de los que aceptan bien haber perdido tripulantes.
En mitad del bosque se le apareció un joven con sandalias aladas. Era Hermes, el mensajero de los dioses. Le tendió una planta pequeña, de raíz negra y flor blanca, y le dijo cómo se llamaba: moly. Le explicó que los mortales no podían arrancarla del suelo, y que sin ella entraría en la casa de Circe como habían entrado los demás. Con ella, en cambio, la copa no le haría nada.
Ulises la guardó en el pliegue de su túnica y siguió caminando.
La primera derrota de una hechicera
Circe lo recibió como había recibido a los otros. Misma copa, mismo vino, mismo gesto. Y cuando lo tocó con la varita y él siguió de pie, mirándola en silencio con la mano en la empuñadura, la hechicera comprendió que había perdido por primera vez.
Se arrodilló. Le ofreció su cama.
Aquí es donde el mito se vuelve extraño, y donde durante siglos los comentaristas griegos, romanos y cristianos se detuvieron a discutir sin ponerse de acuerdo. Porque Ulises aceptó. Le hizo jurar primero, por el juramento más solemne de los dioses, que no lo desarmaría ni lo debilitaría estando desnudo, y luego subió con ella.
Cuerpos reparados, memorias intactas
Circe devolvió a los cerdos su forma de hombres. Homero apunta un detalle inquietante: los marineros salieron de la pocilga más jóvenes, más altos y más hermosos de lo que habían sido antes de entrar. Como si la hechicera pudiera arreglar cuerpos pero no memorias, porque todos lloraron al reconocerse.
Y entonces, en lugar de partir hacia Ítaca, se quedaron.
El año en el que el sol siempre entraba igual
Un día se convirtió en una semana. Una semana en un mes. Un mes en una estación entera, y luego en otra, y luego en otra. Comían cordero asado con hierbas del monte, bebían vino sin acabárselo nunca, dormían en camas que las ninfas hacían cada mañana con lino recién lavado en fuentes que brotaban tibias del suelo.
Cuando quisieron darse cuenta, había pasado un año completo desde su llegada.
Ítaca seguía existiendo al otro lado del mar. Penélope tejía y destejía su sudario nocturno para postergar a los pretendientes que devoraban el patrimonio de la casa. Telémaco crecía preguntando por un padre del que ya nadie le sabía dar noticias. Y Ulises, mientras tanto, cortaba higos maduros con un cuchillo de plata en una isla donde el sol siempre entraba por la ventana en el mismo ángulo dorado.
La comodidad, un cepo más difícil de romper
Fueron sus propios hombres, no él, quienes tuvieron que sacudirlo. Le hablaron de su hijo, de su mujer, de su reino. Le recordaron que era un rey, no un huésped. Ulises los escuchó en silencio, y esa misma noche se lo dijo a Circe.
La hechicera no discutió. Nunca lo había retenido con hechizos: lo había retenido con comodidad, que es un cepo más difícil de romper.
El precio de la despedida: bajar vivo al Hades
Le dio provisiones para el viaje. Le dio también una instrucción escalofriante: antes de volver a casa, tendría que descender vivo al reino de los muertos y hablar con el fantasma del adivino Tiresias, porque solo un espectro podía decirle cómo terminaba realmente su historia.
Es la primera vez, en toda la literatura occidental que conservamos, que un héroe baja al Hades sin morir. Se lo debe a la mujer que casi le hace olvidar por qué quería volver.
El hijo que nunca debió engendrar
De aquella cama, según algunas tradiciones tardías como la Telegonía, un poema hoy perdido del que solo quedan resúmenes, nació un hijo llamado Telégono. Ese hijo crecería sin conocer a su padre, y años después, siendo ya joven, viajaría a Ítaca buscándolo.
Sin reconocerlo, lo mataría de un solo golpe con una lanza cuyo extremo estaba armado con la espina venenosa de una raya marina, cerrando la vida del hombre más astuto de Grecia con el arma de un chico al que nunca debió engendrar.
Fuentes y lecturas para profundizar
- Texto completo de la Odisea de Homero (Canto X) en el Portal del Proyecto Perseus de la Universidad de Tufts (Enlace de autoridad).
- Análisis mitológico y el concepto de la planta Moly en la World History Encyclopedia (Enlace de autoridad).
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

