Por qué ser ‘Nadie’ salvó a este guerrero y gritar su nombre real lo condenó a 10 años de infierno

Todos conocemos a alguien que prefiere hundir un proyecto con tal de que se sepa que él tenía razón. Es la trampa del ego. Curiosamente, el manual más antiguo de la humanidad sobre cómo la vanidad puede arruinarte la vida se escribió hace 2.800 años, y su protagonista es el hombre más astuto de Grecia.
Doce hombres entraron a la cueva y solo siete salieron con vida. El resto fue devorado delante de sus compañeros, con los huesos crujiendo bajo unos dientes que no eran del todo humanos.
La escena ocurre en la isla de los cíclopes, un lugar donde no existían leyes, ni asambleas, ni hospitalidad. Solo pastores gigantes, cada uno con un ojo en la frente, viviendo en cavernas separadas. Uno de ellos se llamaba Polifemo, hijo de Poseidón, dios del mar.
Ulises había llegado allí por curiosidad. Quería ver «qué clase de hombres» habitaban aquella tierra. Fue la peor decisión de su vida, y quedó registrada para siempre en el Canto IX de La Odisea, el poema atribuido a Homero hacia el siglo VIII a.C.
Una cueva sellada con una roca imposible
Cuando Polifemo regresó de apacentar sus rebaños, encontró a los intrusos comiendo su queso. No hubo diálogo. Cerró la entrada de la cueva con una roca que veintidós carros no habrían podido mover, y empezó a cenar.
Ulises comprendió algo inmediatamente. Si mataba al cíclope mientras dormía, morirían todos, porque ningún ejército humano podría apartar aquella piedra. Necesitaba que Polifemo saliera vivo por su propio pie. Y para eso, necesitaba engañarlo.
El nombre más astuto de la literatura antigua
Le ofreció vino. Un vino oscuro y sin mezclar, de una fuerza que ningún cíclope había probado antes, porque en su isla no había viñedos cultivados. Polifemo bebió hasta caer.
Antes del sueño, hizo una pregunta y recibió la respuesta más famosa de la literatura antigua.
—¿Cómo te llamas, forastero?
—Me llamo Nadie. Nadie es mi nombre, y así me llaman mis padres y compañeros.
Una estaca de olivo en el único ojo
Ulises había preparado durante horas una estaca de olivo, endurecida en el fuego, tan larga como el mástil de un barco. Cuando el gigante roncaba, cuatro hombres la clavaron en su único ojo. La sangre hirvió alrededor de la madera con un sonido que Homero compara al silbido del hierro caliente cuando el herrero lo sumerge en agua fría.
Polifemo aulló. Sus vecinos cíclopes acudieron a la puerta de la caverna y preguntaron a gritos qué le pasaba.
—¡Nadie me está matando! ¡Nadie con engaño, y no con fuerza!
Los otros cíclopes se marcharon, molestos por haber sido despertados sin motivo. La astucia había funcionado a la perfección. Ulises era Nadie, y Nadie era invencible.
La fuga bajo el vientre de los carneros
Por la mañana, atados bajo el vientre de los carneros más grandes del rebaño, los griegos escaparon. Polifemo, ciego, palpaba los lomos de sus animales sin sospechar que sus enemigos colgaban debajo. Corrieron hasta la playa, subieron al barco y remaron.
Y aquí termina la parte inteligente de la historia.
El grito que lo condenó todo
Porque cuando el barco ya estaba lo bastante lejos, cuando Ulises había ganado, cuando ser Nadie le había salvado la vida, algo dentro de él no pudo aguantar más. Necesitaba que Polifemo supiera a quién había perdido.
Se puso en pie, contra las súplicas desesperadas de su tripulación, y gritó por encima de las olas su nombre completo, su linaje y su ciudad:
—Si alguien te pregunta quién te dejó ciego, di que fue Ulises, destructor de ciudades, hijo de Laertes, que vive en Ítaca.
El cíclope escuchó cada sílaba. Y con esas sílabas hizo lo que un hijo de dios sabe hacer: levantó los brazos hacia el mar y rezó a su padre Poseidón.
—Concédeme que Ulises, hijo de Laertes, no vuelva jamás a su casa. Y si ha de volver, que vuelva tarde, sin ninguno de sus compañeros, en un barco ajeno, y que encuentre desgracias en su hogar.
La factura de la vanidad, cobrada por un dios
Poseidón escuchó. Palabra por palabra, la maldición se cumplió.
Ulises tardaría diez años más en llegar a Ítaca. Todos sus hombres, sin excepción, morirían por el camino: ahogados, devorados, fulminados, hechizados. Regresaría solo, náufrago, disfrazado de mendigo, en un barco que no era suyo. En su palacio encontraría a 108 pretendientes intentando quedarse con su esposa y su reino.
La ironía es total. Mientras se llamó «Nadie», Ulises era intocable. En el instante en que necesitó gritar «Ulises», firmó su propia sentencia y la de toda su tripulación.
Hybris: la palabra griega para lo que le pasó
Homero lo cuenta sin moraleja explícita, pero el griego que escuchaba el poema entendía perfectamente el concepto. Se llamaba hybris: la soberbia del que no soporta ganar en silencio, del que necesita que el perdedor sepa exactamente quién lo ha derrotado. En el pensamiento griego, la hybris siempre atrae a Némesis, la venganza divina, con precisión matemática.
Polifemo perdió un ojo. Ulises perdió una década, doce barcos y unos seiscientos hombres. La factura llegó puntual, cobrada por un dios oceánico que solo necesitó un nombre para encontrar a su deudor.
El poema de Homero, transmitido oralmente durante siglos antes de ser escrito, sigue siendo hoy —2.800 años después— el manual más antiguo que conservamos sobre cómo un solo instante de vanidad puede costar más caro que cualquier guerra.
Fuentes y lecturas para profundizar
- Análisis del mito de Polifemo y la «hybris» griega en https://revistasic.uy/ojs/index.php/sic/article/download/483/402/421
- Texto completo de la Odisea de Homero (Canto IX) disponible en https://amzn.to/3T4pQHk
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

