¿Troya existió de verdad? Lo que la arqueología encontró bajo una colina turca

Un hombre de negocios alemán, sin formación académica, clava una pala en una colina de Turquía en 1871 convencido de una idea que los expertos de su época consideraban ridícula: que la guerra de Troya había sucedido de verdad.
Se llamaba Heinrich Schliemann. Y no encontró una ciudad. Encontró nueve, apiladas una sobre otra como las capas de un pastel enterrado durante más de 4.500 años.
El lugar se llama Hisarlik, en el noroeste de la actual Turquía, cerca del estrecho de los Dardanelos. Durante siglos se debatió si el relato de la Ilíada tenía algo de realidad o si era pura invención poética. La obsesión de Schliemann cambió esa conversación para siempre.
Antes de él, muchos historiadores trataban el poema como una fantasía sin más base histórica que un mito bien contado. La misma historia que después continuaría en la Odisea, narrando el largo regreso a casa de uno de los guerreros de esa guerra, parecía pertenecer solo al territorio de la leyenda.
Pero la colina decía otra cosa.
Nueve capas, una ciudad sobre otra
Cuando los arqueólogos excavaron con más cuidado que el impaciente Schliemann, descubrieron que Hisarlik no era un único asentamiento. Era un registro estratigráfico de casi 3.500 años de historia continua.
Los arqueólogos identificaron nueve grandes niveles, numerados de Troya I a Troya IX, desde el Bronce Antiguo (alrededor del 3000 a.C.) hasta la época romana. En 2019, el investigador Rüstem Aslan encontró incluso una capa anterior, bautizada como Troya 0.
Cada nivel es una ciudad completa, construida sobre las ruinas de la anterior, casi siempre después de un incendio, un terremoto o un abandono.
Schliemann, en su prisa por llegar a «su» Troya, cometió un error que lamentaría la arqueología moderna: excavó una trinchera gigante directamente a través del montículo, destruyendo sin darse cuenta capas enteras que no coincidían con lo que él buscaba.
El error (y el acierto) de Schliemann
Schliemann creyó haber encontrado la Troya de Homero en la capa conocida como Troya II. Allí desenterró un alijo de joyas de oro que bautizó como «el Tesoro de Príamo».
Hubo un problema: esas joyas databan de entre el 2500 y el 2300 a.C., casi mil años antes de cuando se sitúa la guerra homérica. Se había equivocado de piso.
Su ayudante, Wilhelm Dörpfeld, y más tarde el arqueólogo estadounidense Carl Blegen, retomaron el trabajo con más rigor. Poco a poco identificaron a los verdaderos candidatos: Troya VI y Troya VIIa.
Una ciudad que encaja con el relato
Troya VI muestra algo que sorprendió a los excavadores: murallas de piedra caliza masivas, calles planificadas y evidencia de una clase dirigente. No era una aldea. Era una ciudad rica y fortificada.
Fragmentos de cerámica micénica hallados en esos estratos confirman un contacto regular con el mundo griego del Egeo, justo el tipo de relación que Homero atribuye a los atacantes de Troya.
Hay más. Textos hititas de finales de la Edad del Bronce mencionan una ciudad de la región llamada Wilusa, que la mayoría de los especialistas identifica hoy con Hisarlik, y a un pueblo llamado los Ahhiyawa, muchos de ellos asociados con los micénicos.
Troya VIh, la fase final de Troya VI, fue destruida hacia el 1300 a.C. Pero aquí llega otro giro: la capa de destrucción muestra señales de un gran terremoto, no de una guerra.
El incendio que sí parece una guerra
La siguiente ciudad, construida sobre esas ruinas, es Troya VIIa. Y su final es distinto.
Fue destruida entre el 1190 y el 1180 a.C., en un nivel que contiene escombros quemados, restos humanos dispersos y señales de un asedio prolongado, no de un desastre natural.
Blegen, tras reabrir las excavaciones en la década de 1930, quedó convencido de que esta capa sí había sido arrasada por un ejército humano, no por la naturaleza.
En la campaña de excavación de 2025, dirigida por Rüstem Aslan bajo el proyecto Legacy for the Future, apareció un hallazgo que añadió una pieza más al rompecabezas: un depósito concentrado de proyectiles de honda, hechos de arcilla y cantos de río, fuera de las murallas.
Lo que la arqueología no puede confirmar
Nada de esto prueba que existiera Aquiles, ni Héctor, ni una flota de mil naves griegas cruzando el Egeo por una mujer.
La arqueología no puede distinguir con certeza una guerra homérica organizada de un conflicto local entre una ciudad anatolia y sus vecinos micénicos, ni de una serie de escaramuzas que un poeta, siglos después, convirtió en épica.
Lo que sí demuestra Hisarlik es que hubo una ciudad estratégica, rica, amurallada, en contacto con los griegos, que fue destruida violentamente casi en el mismo periodo que la tradición sitúa la guerra de Troya.
Homero situó su ciudad entre dos ríos y cerca de un monte a veinte millas de distancia. Ambos accidentes geográficos siguen ahí, en el mismo lugar, dos mil años después de que alguien dejara de recitar sus versos en voz alta.
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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.

