Agustín de Iturbide: biografía, independencia y caída del primer emperador de México
Pocos personajes en la historia de México despiertan tanta controversia y fascinación como Agustín de Iturbide (1783–1824). Militar criollo de brillante carrera en el ejército realista, fue al mismo tiempo represor de insurgentes y consumador de la independencia mexicana. Su vida resume el tránsito entre dos épocas: el ocaso del virreinato y el nacimiento del México moderno.

En apenas cuatro años, Iturbide pasó de combatir a los rebeldes en nombre del rey de España a proclamar la independencia del país y coronarse emperador. Su historia combina ambición, idealismo y tragedia: lideró la unidad nacional a través del Plan de Iguala, logró la independencia con el Ejército Trigarante, pero su imperio se derrumbó en menos de un año, terminando con su exilio y ejecución.
Hoy, Iturbide divide a los historiadores. Para algunos, fue un traidor y usurpador; para otros, un arquitecto político de la independencia mexicana. Más allá de juicios morales, su figura representa una de las transiciones más complejas de la historia hispanoamericana: la búsqueda de un nuevo orden tras la caída del poder colonial.
Infancia y formación: de Valladolid al ejército realista
Orígenes y educación criolla
Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu nació el 27 de septiembre de 1783 en la ciudad de Valladolid, hoy Morelia, Michoacán. Hijo de José Joaquín de Iturbide, terrateniente de origen vasco, y de Josefa Arámburu, criolla de familia acomodada, pertenecía a la élite local del virreinato. Como muchos criollos, creció en un entorno donde convivían el orgullo americano y la lealtad a la monarquía española.
Estudió en el Seminario Tridentino de Valladolid, donde recibió una formación religiosa, humanista y disciplinada. Sin embargo, su verdadera vocación era la vida militar. A los diecisiete años ingresó en el Regimiento Provincial de Valladolid, y poco después en el Regimiento de Dragones de la Reina, cuerpo de élite del ejército virreinal.
Desde joven destacó por su porte, su inteligencia y su carácter ambicioso. Era un criollo ilustrado, formado en la cultura española pero profundamente consciente de las tensiones sociales que atravesaban el virreinato.
Según el historiador Jaime E. Rodríguez O., Iturbide representaba “la generación de criollos que no buscaban destruir el sistema colonial, sino dirigirlo”.
Ingreso al ejército virreinal
Cuando en 1810 estalló la Guerra de Independencia de México, Iturbide tenía 27 años y servía como teniente del ejército realista. Lejos de unirse al movimiento insurgente encabezado por Miguel Hidalgo, Iturbide combatió del lado del virrey, defendiendo el orden establecido.
Participó en la represión de los primeros levantamientos en el Bajío y Michoacán.
Su valentía y disciplina le valieron ascensos rápidos, aunque también generaron críticas por su dureza. Fue acusado de excesos en las campañas contra los insurgentes de Hidalgo, Morelos y Rayón, aunque él siempre negó tales acusaciones.
En esos años, Iturbide se consolidó como un oficial realista eficiente y pragmático, más interesado en el poder político que en la causa monárquica. Sabía que la estructura colonial se tambaleaba y que el futuro del virreinato dependería de quién lograra imponer el orden cuando el Imperio español colapsara.
Su carrera militar y su visión política lo convertirían, pocos años después, en el hombre decisivo para consumar la independencia mexicana, pero bajo un modelo muy distinto al de los insurgentes originales.
De realista a independentista: el giro de 1820–1821
El contexto del virreinato en crisis
A comienzos de la década de 1820, el Virreinato de la Nueva España atravesaba una crisis profunda. La guerra de independencia, iniciada en 1810, había devastado el territorio y fracturado a la sociedad.
Las autoridades virreinales, incapaces de restablecer el orden, se enfrentaban a una doble amenaza: la pérdida del control político interno y el colapso del poder metropolitano en España.
En la península, la situación era igualmente convulsa.
Tras años de guerras y crisis dinásticas, el rey Fernando VII se vio obligado en 1820 a jurar la Constitución de Cádiz, restaurando el régimen liberal. Esa noticia encendió las alarmas entre los criollos conservadores de la Nueva España, temerosos de perder sus privilegios frente a las reformas liberales.
En ese contexto de inestabilidad, el virrey Juan Ruiz de Apodaca buscaba un líder capaz de acabar con los últimos focos insurgentes en el sur. El elegido fue Agustín de Iturbide, quien había caído en desgracia años antes por sospechas de corrupción, pero conservaba prestigio militar. Su regreso marcaría el inicio de un giro inesperado en la historia mexicana.
El encuentro con Vicente Guerrero
Iturbide fue nombrado en noviembre de 1820 comandante general del sur, con la misión de derrotar a Vicente Guerrero, último líder insurgente activo. Sin embargo, en lugar de enfrentarse en una guerra de desgaste, ambos comprendieron que sus intereses podían converger.
Guerrero representaba la causa popular, insurgente y mestiza; Iturbide, el orden conservador criollo. Su alianza fue una jugada política maestra: unir a los bandos enemigos bajo un proyecto común de independencia que preservara los valores tradicionales (la religión católica y la jerarquía social), pero sin la dominación española.
Según el historiador Timothy Anna (1990),
“Iturbide comprendió que el único modo de salvar el orden colonial era romper con la metrópoli antes de que la metrópoli se derrumbara.”
De esa síntesis entre realismo y patriotismo nacería el Plan de Iguala, una de las piezas fundamentales de la historia mexicana.
El Plan de Iguala (24 de febrero de 1821)
El 24 de febrero de 1821, en la ciudad de Iguala, Iturbide proclamó el documento que cambiaría el destino de México: el Plan de Iguala, también conocido como el Plan de las Tres Garantías.
Este plan sintetizaba el ideario de reconciliación nacional en tres pilares:
- Religión: la fe católica sería la única del nuevo Estado.
- Independencia: México se separaba de España como nación soberana.
- Unión: igualdad entre españoles, criollos, mestizos e indígenas bajo una sola patria.
El plan proponía además una monarquía constitucional moderada, invitando a un príncipe europeo (preferiblemente de la Casa de Borbón) a ocupar el trono mexicano.
En caso de que ninguno aceptara, el Congreso podría elegir a un monarca nacional.
El texto fue un éxito político inmediato. A diferencia de los movimientos insurgentes anteriores, el Plan de Iguala ofrecía unidad y estabilidad, y fue respaldado por amplios sectores del clero, la nobleza criolla y el ejército.
Iturbide creó entonces el Ejército Trigarante, llamado así por las tres garantías del plan, y comenzó una marcha triunfal hacia la capital. En pocos meses, la independencia de México se convirtió en un hecho irreversible.
Como señala Brian Hamnett (1998),
“El genio de Iturbide no fue militar, sino político: supo vestir la independencia con los colores del orden.”
La consumación de la independencia (1821)
Los Tratados de Córdoba
El éxito del Plan de Iguala fue tan rápido como inesperado. En apenas seis meses, gran parte de las guarniciones virreinales, los criollos influyentes y la Iglesia mexicana se habían unido al Ejército Trigarante.
El virrey Juan Ruiz de Apodaca, incapaz de detener el movimiento, fue depuesto por su propio ejército. En su lugar llegó el último representante de la autoridad española: Juan O’Donojú, designado “Jefe Político Superior de Nueva España” en 1821.
O’Donojú era un liberal ilustrado que comprendió que la independencia mexicana era inevitable. En lugar de provocar una nueva guerra, optó por negociar con Iturbide.
El 24 de agosto de 1821, ambos firmaron los Tratados de Córdoba, que ratificaban los principios del Plan de Iguala y reconocían a México como nación independiente bajo una monarquía constitucional.
Los tratados establecían que, en caso de que ningún miembro de la familia real española aceptara el trono, el Congreso mexicano podría designar a un soberano.
De esta manera, la independencia se consumó sin una gran batalla final, gracias a la diplomacia y la astucia política.
En palabras del historiador Ernesto de la Torre Villar,
“Iturbide consiguió con la pluma lo que los insurgentes no lograron con las armas.”
La entrada triunfal en Ciudad de México
El 27 de septiembre de 1821, el Ejército Trigarante entró en Ciudad de México en medio de vítores, repiques de campanas y arcos de flores. La escena, cuidadosamente organizada, marcó el fin de tres siglos de dominación colonial.
El desfile simbolizaba la unión de los antiguos enemigos bajo un nuevo estandarte: el verde, blanco y rojo, que representaban las tres garantías —religión, independencia y unión—, colores que Iturbide eligió personalmente y que más tarde se convertirían en la bandera nacional.
Al día siguiente, Iturbide proclamó formalmente la independencia del Imperio Mexicano, convirtiéndose en su líder político y militar. El pueblo lo vitoreaba como libertador, y la prensa lo comparaba con los grandes héroes de la independencia americana.
El Acta de Independencia del Imperio Mexicano se firmó el 28 de septiembre de 1821, sellando el nacimiento de una nueva nación. México se presentaba ante el mundo como un país soberano, bajo la promesa de estabilidad, fe y unidad.
El nacimiento del Imperio Mexicano
Tras la independencia, el Congreso Constituyente se reunió para definir la forma de gobierno. Siguiendo el espíritu del Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba, la mayoría coincidía en establecer una monarquía constitucional moderada, semejante a la que había intentado implantar la Constitución de Cádiz.
Se ofreció la corona al rey Fernando VII o a algún miembro de la Casa de Borbón, pero España, que no reconocía la independencia, rechazó la propuesta. La presión popular y militar —especialmente del Ejército Trigarante, leal a Iturbide— llevó al Congreso a proclamarlo emperador de México el 21 de mayo de 1822.
La coronación, celebrada el 21 de julio en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, fue un espectáculo de pompa y solemnidad. El nuevo monarca adoptó el nombre de Agustín I, y su esposa Ana María Huarte fue coronada emperatriz.
Por primera vez en la historia, México tenía un soberano propio. Pero bajo la aparente gloria imperial, el nuevo Estado enfrentaba graves problemas económicos, políticos y sociales. El sueño monárquico de Iturbide pronto comenzaría a desmoronarse.
El Imperio de Agustín I (1822–1823)
La coronación imperial y la organización del Estado
La coronación de Agustín I, el 21 de julio de 1822, fue uno de los actos más fastuosos de la historia mexicana del siglo XIX. Celebrada en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, contó con procesiones, estandartes y salvas de cañón que buscaban imitar la pompa de las monarquías europeas.
Iturbide aparecía ante el pueblo vestido con manto púrpura, cetro y corona, mientras las campanas repicaban anunciando el nacimiento del Primer Imperio Mexicano.
Sin embargo, el esplendor ceremonial contrastaba con la fragilidad política y económica del país. La hacienda pública estaba en ruinas después de once años de guerra, el comercio se hallaba paralizado y el ejército —leal al emperador, pero costoso— consumía buena parte del presupuesto.
Iturbide intentó crear una monarquía constitucional moderada, inspirada en el modelo español de 1812 y en la Francia posnapoleónica. Formó un Consejo de Estado, un Senado, y convocó a un Congreso Constituyente que debía redactar la nueva carta magna. Su intención era dar estabilidad y prestigio internacional al joven imperio.
Pero muy pronto, los conflictos internos lo rodearon.
Conflictos internos y oposición
Desde sus inicios, el Imperio Mexicano estuvo dividido entre dos tendencias irreconciliables:
- Los iturbidistas, partidarios de un gobierno fuerte y centralizado.
- Los republicanos, que defendían la soberanía del Congreso y la forma de república.
Iturbide, poco tolerante con la disidencia, chocó de inmediato con el Congreso, que le negaba algunos poderes extraordinarios y discutía su autoridad. Convencido de que los legisladores conspiraban contra él, decidió disolver el Congreso el 31 de octubre de 1822. A partir de entonces, gobernó mediante un Junta Nacional Instituyente, integrada por sus partidarios.
La decisión agravó la crisis política. Muchos antiguos aliados —entre ellos Antonio López de Santa Anna, entonces comandante en Veracruz— comenzaron a conspirar en su contra. Santa Anna proclamó el Plan de Casa Mata (1 de febrero de 1823), exigiendo la restauración del Congreso y el fin del imperio. A la revuelta se unieron rápidamente otras provincias, y la autoridad de Iturbide se derrumbó en cuestión de semanas.
Según Timothy Anna (1990),
“El imperio de Iturbide cayó no porque fuera monárquico, sino porque pretendió gobernar sin base institucional.”
La abdicación y el exilio
Ante la presión militar y política, Iturbide comprendió que su causa estaba perdida.
El 19 de marzo de 1823, apenas ocho meses después de su coronación, abdicó voluntariamente ante el Congreso, declarando que lo hacía “por el bien de la nación”. El Primer Imperio Mexicano se disolvió, y el país adoptó la forma de una república federal provisional.
Iturbide partió al exilio con su familia rumbo a Italia, y posteriormente se estableció en Londres. Desde allí siguió con atención los acontecimientos de México, que pronto se sumiría en nuevas luchas internas entre federalistas y centralistas.
Aunque su salida parecía definitiva, Iturbide aún no había dicho su última palabra. Convencido de que el país lo necesitaba, decidió regresar —y ese regreso sellaría su destino.
El regreso y la tragedia (1824)
H3. El regreso a México
En el exilio, Agustín de Iturbide seguía considerándose un patriota. Convencido de que había sido malinterpretado y que México se hallaba en peligro de una nueva invasión española, decidió regresar para “servir nuevamente a la patria”. En cartas enviadas desde Londres en 1824, Iturbide expresaba su preocupación por los rumores de una expedición realista desde Cuba y por la fragilidad del nuevo gobierno mexicano.
A pesar de las advertencias de sus allegados, embarcó en el navío Spring y desembarcó el 14 de julio de 1824 en Soto la Marina, en la costa de Tamaulipas. Ignoraba que el Congreso mexicano, temeroso de su influencia, lo había declarado traidor y enemigo público mediante un decreto promulgado semanas antes.
El antiguo emperador creyó que su llegada sería recibida con reconocimiento, pero en realidad lo esperaba una orden de arresto. En palabras de Lucas Alamán (1849),
“Regresó como redentor y lo recibieron como proscrito.”
Captura, juicio y ejecución en Padilla
Pocas horas después de desembarcar, Iturbide fue detenido por las autoridades locales y trasladado a la villa de Padilla, cerca de Ciudad Victoria. Allí fue sometido a un juicio sumario, en el que se le acusó de haber usurpado el poder, disuelto el Congreso y puesto en peligro la nación. El tribunal local, amparado en el decreto nacional, lo condenó a muerte sin apelación.
El 19 de julio de 1824, Iturbide fue conducido al paredón. Vestido con traje oscuro y acompañado por un sacerdote, escuchó su sentencia con serenidad. Sus últimas palabras, según los testigos, fueron:
“Mexicanos, en el acto mismo de mi muerte os recomiendo el amor a la patria y la observancia de nuestra santa religión. ¡Muero por haber querido a mi patria!”
Recibió tres disparos. Tenía apenas 40 años.
Su cuerpo fue enterrado en el templo de Padilla, aunque años después, en 1838, sus restos serían trasladados a la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, donde reposan hasta hoy, frente a la tumba de Vicente Guerrero, el antiguo insurgente con quien selló la independencia.
Consecuencias políticas y simbólicas de su muerte
La ejecución de Iturbide cerró de manera definitiva el ciclo monárquico en México.
Su muerte consolidó la Primera República Mexicana y envió un mensaje claro: el nuevo país no toleraría el retorno del absolutismo.
Sin embargo, el tiempo transformó su figura. Con el paso de las décadas, la historiografía liberal del siglo XIX —encabezada por José María Luis Mora y Vicente Riva Palacio— lo retrató como un usurpador, un hombre ambicioso que traicionó la causa insurgente.
Pero a partir del siglo XX, historiadores como Ernesto de la Torre Villar, Brian Hamnett y J. Ortiz Escamilla comenzaron a reconsiderar su papel.
Hoy, muchos reconocen que Iturbide no fue un simple oportunista, sino un político pragmático que logró lo que los insurgentes no pudieron: la unidad nacional y el reconocimiento internacional de la independencia. Su tragedia personal simboliza el costo de fundar una nación en medio del caos de la poscolonialidad.
Legado histórico: héroe, traidor o precursor del Estado mexicano
La interpretación histórica de Iturbide
La figura de Agustín de Iturbide ha sido una de las más debatidas en la historia nacional.
Desde el siglo XIX, los historiadores liberales lo presentaron como un monarca frustrado y enemigo de la república. Su imperio fue considerado una traición a los ideales de Hidalgo, Morelos y Guerrero, y su ejecución se justificó como un acto necesario para preservar la libertad.
Sin embargo, esta lectura política —dominante durante más de un siglo— comenzó a ser revisada a mediados del siglo XX. Investigadores como Lucas Alamán ya habían defendido en el siglo XIX que Iturbide no fue un traidor, sino el único líder capaz de unir a un país exhausto por la guerra. Posteriormente, Brian Hamnett (1998) y Jorge Ortiz Escamilla (2021) destacaron su papel como arquitecto de la independencia, más que como un simple aventurero.
Iturbide encarnó una visión conservadora de la emancipación: independencia sí, pero con orden, religión y monarquía. Esa síntesis, aunque anacrónica para muchos, fue la que permitió consumar la independencia sin que México cayera en un colapso absoluto.
En palabras del historiador Timothy Anna (1990),
“Iturbide no creó la independencia a su antojo, pero fue quien la hizo posible.”
Iturbide en la memoria nacional
Tras su muerte, el nombre de Iturbide fue borrado de la memoria oficial durante casi un siglo. Los gobiernos republicanos evitaron conmemorar su papel y exaltaron, en cambio, a los insurgentes populares como Hidalgo, Morelos y Guerrero. Durante el Porfiriato, se lo recordó tímidamente como parte del proceso de independencia, pero sin reconocimiento oficial.
No fue sino hasta el siglo XX cuando comenzó una reevaluación más equilibrada. Historiadores contemporáneos lo describen como una figura intermedia entre el Antiguo Régimen y la modernidad, un hombre de transición. Aunque su imperio fracasó, dejó una huella institucional: el Ejército Trigarante, el Plan de Iguala y la bandera nacional mexicana, cuyos colores —verde, blanco y rojo— simbolizan las tres garantías proclamadas en 1821.
En 1838, el Congreso permitió el traslado de sus restos a la Catedral Metropolitana, donde reposan en una urna de mármol con la inscripción:
“Agustín de Iturbide, autor de la independencia mexicana.”
Este gesto no borró las polémicas, pero reconoció su lugar en la fundación del país. Hoy, Iturbide ocupa un espacio ambiguo en el imaginario mexicano: ni héroe ni villano, sino un fundador imperfecto, símbolo del complejo nacimiento de la nación.
Conclusión: el hombre que fundó y perdió un imperio
Agustín de Iturbide fue un hombre de su tiempo: ambicioso, carismático, profundamente católico y políticamente astuto. Pasó de perseguir insurgentes a consumar la independencia; de libertador a emperador; de símbolo nacional a condenado. Su historia refleja la tensión entre la libertad y el orden, la revolución y la estabilidad, la patria y el poder personal.
Su imperio duró menos de un año, pero su influencia perdura. El Plan de Iguala, los Tratados de Córdoba y los símbolos trigarantes formaron los cimientos de la identidad mexicana. En el fondo, Iturbide representó la contradicción de un país que nacía dividido entre monarquía y república, entre tradición y modernidad.
Como escribió Ernesto de la Torre Villar,
“Iturbide fue el arquitecto político de la independencia mexicana: no creó la nación, pero la hizo posible.”
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Fuentes bibliográficas
- Alamán, L. (1849). Historia de Méjico: desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente. Imprenta de J. M. Lara.
- Anna, T. (1990). La caída del imperio de Iturbide. Fondo de Cultura Económica.
- Hamnett, B. (1998). Raíces de la independencia mexicana. Alianza Editorial.
- Meyer, J. (2010). México y sus revoluciones. Fondo de Cultura Económica.
- Ortiz Escamilla, J. (2021). Iturbide y la independencia: entre el imperio y la república. Universidad Nacional Autónoma de México.










