El general que dijo que la guerra sólo beneficia a unos pocos

“La guerra es una estafa.”
Con estas palabras, Smedley Darlington Butler resumió en 1935 una conclusión a la que llegó tras más de treinta años de servicio militar. La frase no apareció en un panfleto ni en un manifiesto político, sino en un breve ensayo titulado War Is a Racket, publicado al final del periodo de entreguerras, cuando el mundo aún intentaba comprender las consecuencias de la Primera Guerra Mundial.
La afirmación resultaba incómoda no tanto por su contenido, sino por la identidad de quien la formulaba. Butler no era un intelectual pacifista ni un crítico externo del sistema, sino un general del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, uno de los militares más condecorados de su época y el oficial más joven en alcanzar el rango de capitán en la historia del país.
En ese mismo año, Butler se definió a sí mismo como un “bandido altamente calificado al servicio de las grandes empresas de Wall Street y sus banqueros”, una expresión que utilizó para describir su propio papel en numerosas intervenciones militares en el extranjero. Lejos de presentar esta confesión como un alegato moral, la formuló como un balance personal de una carrera desarrollada en el interior mismo de la maquinaria militar y política estadounidense.
Que una figura con ese recorrido llegara a calificar la guerra como un negocio plantea una paradoja histórica difícil de ignorar. No se trataba de una crítica formulada desde los márgenes, sino de una observación nacida desde el centro del sistema que había ejecutado esas guerras.
Quién era Smedley D. Butler
Smedley D. Butler nació un 30 de julio de 1881 en Filadelfia y murió el 21 de junio de 1940 después de escribir sobre la realidad del ejército de los Estados Unidos.
Fue nombrado capitán del Cuerpo de Marines muy joven y a día de hoy, sigue siendo el militar más condecorado de la historia de los Estados Unidos, con dos Medallas de Honor, la más alta condecoración que se da en ese país a los militares. Luego veremos su opinión al respecto de las condecoraciones, pero ya vemos que no era un activista ni nada por el estilo, era un hombre metido en las entrañas del sistema.
Como él mismo narra, participó en operaciones en Cuba durante la guerra hispano-estadounidense, donde explica que “Contribuí a transformar a Cuba en un país donde la gente del National City Bank podía burlar tranquilamente los beneficios.”
Luego participó en la guerra filipino-estadounidense, en China contra el levantamiento de los Bóxers y más tarde en 1927 afianzando los intereses de la petrolera Standard Oil.
También participó en lo que él denomina la “limpieza de Nicaragua” por cuenta de la firma bancaria Brown Brothers Harriman, aportó la “civilización” a República Dominicana y “enderezó los asuntos en Honduras” que casualmente beneficiaban a las compañías fruteras estadounidenses.
Pero su participación en el Caribe no se quedó ahí. Afianzó los intereses petrolíferos en México en 1914, con la Toma de Veracruz durante la Revolución Mexicana, por la que recibió una Medalla de Honor y participó en la toma de Haití en 1915 por la que recibió una Medalla al Valor por la represión de la resistencia Caco.
Participó en la Primera Guerra Mundial viendo morir o acabar con daños irreparables, ya fueran físicos o psíquicos, a muchos otros militares. Inevitablemente, esto le afectó como mínimo para dejar este breve ensayo en el que nos cuenta cómo participó en multitud de contiendas para beneficiar los intereses a cuatro empresarios y banqueros a costa del pueblo y los militares.
La guerra como negocio
Butler nos expone en su breve obra ejemplos de cómo esta gente hace negocio de la muerte y lo hace desde la propia experiencia, expone con hechos y con datos.
Uno de esos datos es la cantidad de millonarios y multimillonarios que surgieron después de la Primera Guerra Mundial.
“En la Primera Guerra Mundial un puñado de individuos recogió las ganancias del conflicto. Durante la [Primera] Guerra Mundial, surgieron en los Estados Unidos por lo menos veintiún mil nuevos millonarios y multimillonarios. Ése fue el número que admitió sus enormes y sangrientas ganancias en sus declaraciones juradas del Impuesto a la Renta.”
Para Butler una estafa es “algo que no parece ser para la mayoría de la gente”. En sus investigaciones, el militar nos expone como una gran cantidad de empresas, desde las que fabrican calzado hasta las que fabrican armas, buques o pólvora, amasan fortunas que están muy por encima de lo que generan en tiempos de paz. Aquí sólo mostraré un ejemplo de los varios que Butler nos muestra en el libro:
“Consideremos a nuestros amigos los du Pont, la gente que fabrica la pólvora. ¿Recientemente no declaró uno de ellos, ante un Comité del Senado, que su pólvora fue la que ganó la guerra? ¿Que ella fue la que salvó el mundo para la democracia? ¿O algo parecido? ¿Cómo les fue a los du Pont en la guerra?
Ellos formaban parte de una empresa patriótica. Bien, en el período 1910-1914, el promedio anual de ganancias de los du Pont fue de seis millones de dólares. No era mucho, pero los du Pont supieron vivir con él y salir adelante. Examinemos ahora el promedio de beneficios anuales durante los años de la guerra, de 1914 a 1918. ¡Encontramos que su utilidad anual ascendió a cincuenta y ocho millones de dólares! Casi diez veces el promedio de épocas normales, sin olvidar que las ganancias de las épocas normales eran bastante buenas.”
Casos concretos que él mismo reconoce
El general de la Marina es claro al señalar las inversiones privadas que ciertos personajes estadounidenses tenían en ese momento en países como China o Filipinas.
“Para salvar ese comercio de cerca de noventa millones de dólares con China, o para proteger esas inversiones privadas de menos de doscientos millones de dólares en las Filipinas, debemos instigar el odio contra Japón e ir a la guerra, una guerra que bien pudiera costarnos decenas de billones[*] de dólares, centenares de miles de vidas de estadounidenses, y muchos más centenares de millares de hombres físicamente mutilados y mentalmente desequilibrados.
Por supuesto, habría una utilidad que compensaría esta pérdida: las fortunas que serían amasadas. Se acumularían millones y billones de dólares. Para algunos. Los fabricantes de municiones. Los banqueros. Los armadores de buques. Los fabricantes. Los embaladores de carne. Los especuladores. A ellos les iría bien. Sí, ellos se están preparando para otra guerra. ¿Por qué no deberían hacerlo? La guerra paga elevados dividendos.”
Esta lógica no se limitó a escenarios lejanos o a grandes conflictos industriales. Butler reconoció haber participado directamente en una serie de intervenciones militares en América Latina y el Caribe que, con el tiempo, serían conocidas de forma conjunta como las Guerras Bananeras: un ciclo de ocupaciones, presiones militares y cambios de régimen destinados a asegurar los intereses de corporaciones estadounidenses, especialmente en el ámbito financiero, agrícola y energético.
Estas intervenciones no fueron episodios aislados. Se inscribían dentro de un marco doctrinal formulado un siglo antes: la Doctrina Monroe. Proclamada en 1823 bajo la consigna de “América para los americanos”, fue reinterpretada con el tiempo como un derecho de intervención sobre el Caribe y América Latina. Tras el Corolario Roosevelt, la ocupación de países como Cuba, Nicaragua o Haití dejó de ser una excepción y pasó a convertirse en una política sistemática. Butler no actuó al margen de esta doctrina: fue uno de sus ejecutores.
En este marco, Butler confesó que las intervenciones estadounidenses en México durante la Revolución mexicana fueron a favor de los intereses del gran capital, para nada a favor de la democracia como Woodrow Wilson vendió en su momento. La toma de Veracruz en 1914 tuvo como objetivo salvaguardar los intereses de las empresas petroleras de capital estadounidense, lo de Tampico fue simplemente la excusa que encontraron.
En Cuba, tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, Estados Unidos consolidó un control indirecto sobre la isla mediante mecanismos legales y presencia militar. Butler participó en operaciones de “pacificación” destinadas a garantizar un entorno político favorable a los intereses estadounidenses. Años después resumió su papel afirmando que había contribuido a transformar Cuba en un país donde entidades financieras como el National City Bank podían operar sin obstáculos, una formulación que refleja cómo interpretó retrospectivamente el sentido real de la intervención.
En Nicaragua, la intervención estadounidense se intensificó tras la caída del presidente José Santos Zelaya en 1909. Durante más de dos décadas, los marines intervinieron de forma intermitente para sostener gobiernos alineados con Washington, controlar las finanzas públicas y reprimir resistencias internas. Butler reconoció haber participado en estas operaciones y llegó a describirlas como un proceso de “limpieza” del país para la firma bancaria Brown Brothers Harriman, una expresión que subraya el vínculo que estableció entre acción militar y protección de intereses financieros privados.
El caso de Haití fue aún más prolongado. La ocupación, iniciada en 1915, supuso el control directo del Estado haitiano por parte de Estados Unidos durante casi dos décadas. Butler tomó parte en la represión de la resistencia armada conocida como los Cacos y recibió una condecoración por sus servicios. Sin embargo, años después reconoció que aquella intervención no había tenido como objetivo principal la estabilidad o el bienestar de la población local, sino la garantía de los intereses bancarios estadounidenses y el control directo de las finanzas del país.
Por qué este testimonio sigue citándose hoy
Releer Smedley D. Butler nos ayuda a conservar la memoria de lo ocurrido hace menos de un siglo adquiere hoy un significado especial. Su testimonio no pertenece a un pasado cerrado, sino a una lógica histórica que sigue operando bajo otras formas y otros discursos. Butler no denunció únicamente guerras concretas, sino un modo de entender el poder, la expansión y la violencia propio de la modernidad.
Escribiendo estas líneas a finales de 2025, el contexto internacional vuelve a estar marcado por un clima de normalización del conflicto. El discurso público se ha llenado de referencias al rearme, a la inevitabilidad de la guerra y a la necesidad de aceptar nuevos enfrentamientos a escala global, hasta el punto de que comienza a asumirse como natural la posibilidad de un conflicto que, en el futuro, probablemente será presentado como una Tercera Guerra Mundial.
Este proceso no es espontáneo ni accidental. Responde a una lógica geopolítica coherente con la modernidad avanzada, cuya aspiración última ha sido históricamente la dominación del globo, de los recursos y de las formas de vida que no se ajustan a su modelo. En este marco, los objetivos señalados no son nuevos: Rusia, China y cualquier actor que se resista a integrarse plenamente en el orden surgido tras la hegemonía occidental contemporánea. Como ya anticipó Halford Mackinder con su teoría del Heartland, el control del mundo pasa por impedir la consolidación de polos de poder alternativos.
Estados Unidos, como principal representante y garante de este orden moderno, no actúa únicamente en defensa de intereses nacionales concretos, sino como brazo ejecutor de un modelo civilizatorio que no tolera la pluralidad real. Este modelo se presenta bajo el lenguaje de la democracia, la seguridad o el progreso, pero opera, en la práctica, mediante la imposición, la subordinación y la negación de toda visión del mundo que conserve elementos de tradición, límite o trascendencia.
Butler comprendió, aunque fuera casi al final de su vida, que la guerra no era un accidente del sistema, sino una de sus herramientas fundamentales para expandir su dominio.
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