El día que un ejército rompió las reglas de Roma para coronar a su general

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Un hombre agonizaba en su lecho, rodeado de soldados curtidos en la guerra contra los pictos. Horas después, esos mismos soldados alzarían a su hijo como emperador de Roma, sin pedirle permiso a nadie.

Era el 25 de julio del año 306, en Eboracum, la actual York, en el extremo norte de la Britania romana.

Un padre que preparó el terreno hasta el final

El moribundo era Constancio Cloro, augusto de la parte occidental del Imperio. Su hijo, un joven llamado Constantino, llevaba meses a su lado tras escapar de la corte oriental de Galerio, donde había vivido durante años como una especie de rehén de lujo.

Constancio sabía que se estaba muriendo. Y también sabía exactamente qué quería que pasara después.

Poco antes de morir, presentó a Constantino ante el ejército y lo declaró su único heredero. No fue un gesto casual: fue una jugada calculada para forzar la mano del destino.

Un sistema diseñado para evitar justo esto

Roma en aquel momento no funcionaba como un imperio con un solo líder. Diocleciano había diseñado un sistema llamado la Tetrarquía: cuatro gobernantes, dos augustos y dos césares, repartiéndose el control del territorio para evitar guerras civiles.

Ese sistema tenía una regla de oro: los sucesores debían ser designados por los augustos superiores, no heredados de padres a hijos como en una monarquía cualquiera.

Constancio acababa de romper esa regla en su lecho de muerte.

La proclamación y el águila que subió al cielo

Cuando finalmente falleció ese mismo 25 de julio, las legiones de Britania no dudaron ni un segundo. Proclamaron a Constantino como augusto, el rango más alto posible, ignorando por completo el protocolo tetrárquico.

Según los cronistas de la época, el cuerpo de Constancio fue incinerado en una pira funeraria. En pleno ritual, un águila liberada de una jaula se elevó hacia el cielo, un símbolo que representaba la ascensión del difunto entre los dioses.

Constancio se convertía así en un dios. Y Constantino, automáticamente, en hijo de un dios.

La indignación de Galerio

La noticia llegó rápido hasta Galerio, el augusto de Oriente y hombre fuerte del sistema tetrárquico. Su reacción fue de pura indignación.

Galerio consideraba que aquella proclamación pisoteaba su autoridad. Al fin y al cabo, era él quien debía decidir quién ascendía y quién no dentro del sistema imperial.

Buscó entonces una salida intermedia que salvara las apariencias. Le concedió a Constantino el título de césar, no de augusto, dejando claro que ese nombramiento venía de su propia voluntad y no de la aclamación militar en York.

Al mismo tiempo, ascendió a augusto a otro hombre de su confianza: Valerio Severo.

Dieciséis años para reunificar un imperio

Constantino aceptó el título de césar, al menos por el momento. Pero la ambigüedad de su situación, proclamado por sus tropas, reconocido solo a medias por Roma, marcaría los siguientes dieciséis años de su vida.

Pasó ese tiempo tejiendo alianzas, cerrando matrimonios políticos estratégicos y librando una serie de guerras civiles que fueron desmontando, pieza a pieza, el sistema tetrárquico que Diocleciano había diseñado con tanto cuidado.

En el año 312 derrotó a Majencio en las cercanías de Roma. Ese triunfo lo consolidó definitivamente como emperador con pleno derecho.

Doce años más tarde, en el 324, tras derrotar también a Licinio, Constantino logró algo que parecía imposible desde la fragmentación tetrárquica: reunificó todo el Imperio Romano bajo un único gobernante.

Lo que había empezado como un acto de insubordinación militar en una ciudad remota de Britania terminó reescribiendo por completo el mapa de poder de Roma.

Años después, Constantino fundaría una nueva capital sobre la antigua Bizancio. La llamó Constantinopla.

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Apasionado por la historia universal y en especial la del mundo hispánico y sus procesos. Fundador de Historia Histórica, donde publica análisis, biografías y estudios basados en fuentes contrastadas para acercar el rigor académico al lector actual.