Historia de Irán
La historia de Irán se puede entender de una manera muy extensa, pues sus territorios han estado poblados desde la Edad de Piedra hasta nuestros días y no son pocas las cosas que en esos territorios se han desarrollado. Irán siempre ha tenido una importancia crucial en la geografía de Asia, pues es el puente entre Oriente Medio y el Cáucaso con Asia Central.
Esta posición geográfica ha sido determinante en la historia de Irán, influyendo en el surgimiento de algunas de las civilizaciones más antiguas de Asia y en la formación de grandes imperios, como el imperio Persa, que marcaron el devenir político, cultural y religioso de la región. Desde la Antigüedad, el territorio iraní ha funcionado como un eje de conexión entre rutas comerciales, pueblos y culturas, lo que explica su papel central en la historia de Asia y su influencia más allá de sus fronteras actuales.

La importancia geográfica de Irán en la historia
La importancia geográfica de Irán ha sido un factor determinante en su desarrollo histórico y en su papel dentro de la historia de Asia. Situado en un punto de contacto entre Asia Occidental, Asia Central y el Cáucaso, el territorio iraní ha funcionado durante milenios como un espacio de transición y conexión entre diferentes áreas culturales, económicas y políticas. Esta posición estratégica ha convertido a Irán en un territorio clave tanto para el intercambio comercial como para la expansión y contención de imperios.
A lo largo de la Antigüedad y la Edad Media, la geografía de Irán permitió el control de rutas comerciales fundamentales que conectaban Mesopotamia, el Mediterráneo oriental, el subcontinente indio y Asia Central. Este dominio de los corredores terrestres favoreció el surgimiento y consolidación de los imperios persas, que ejercieron una influencia política, cultural y administrativa duradera en amplias regiones de Asia. Además, elementos naturales como la meseta iraní, las cordilleras montañosas y las zonas desérticas actuaron como barreras defensivas, contribuyendo a la continuidad histórica y cultural de Irán frente a invasiones externas.
Desde el punto de vista de la geopolítica moderna, la relevancia de Irán puede analizarse a través de la teoría del Heartland formulada por Halford J. Mackinder. Según esta teoría, el control del núcleo continental de Eurasia constituye la base del poder global, mientras que los territorios situados en sus márgenes adquieren un valor estratégico esencial como zonas de acceso y proyección. En este contexto, Irán ocupa una posición clave en el borde meridional del espacio euroasiático, actuando como nexo entre el Heartland y las rutas marítimas del Golfo Pérsico y el océano Índico.
En la actualidad, esta misma posición geoestratégica de Irán continúa condicionando su papel en la política internacional. Su influencia sobre rutas energéticas, su cercanía a regiones clave como Oriente Medio y Asia Central, y su potencial como corredor terrestre entre Europa y Asia refuerzan su importancia global. De este modo, más allá de los cambios políticos o ideológicos, la geografía de Irán sigue siendo un factor estructural que explica porque es tan importante para las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, que Irán pase a formar parte de su área de influencia.
El imperio persa de Ciro II el Grande
El punto de partida de la historia política de Irán suele situarse en el siglo VI a.C., con la formación del Imperio aqueménida bajo el liderazgo de Ciro II el Grande. Desde su origen, este imperio destacó no solo por su extraordinaria expansión territorial —que abarcó desde Asia Menor hasta el valle del Indo—, sino por un modelo de gobierno basado en la tolerancia religiosa, el respeto a las tradiciones locales y una administración altamente organizada. Este sistema permitió integrar pueblos muy diversos bajo una autoridad central sin imponer una homogeneización cultural forzada.
Tras la conquista de Irán por Alejandro Magno, el poder político cambió de manos, pero muchos elementos persas sobrevivieron bajo el dominio helenístico. Posteriormente, los partos y, sobre todo, los sasánidas restauraron una concepción imperial de raíz iraní. Durante este periodo, la religión zoroástrica adquirió un papel central como elemento de legitimación del poder, y el Estado sasánida se consolidó como una de las grandes potencias del mundo antiguo, rivalizando durante siglos con Roma y Bizancio por el control de Oriente Próximo.
La llegada del Islam y la persistencia de la identidad iraní
La conquista árabe del siglo VII supuso una transformación profunda del orden político y religioso de Irán. El colapso del Imperio sasánida marcó el fin de la Antigüedad iraní, pero no significó la desaparición de su cultura. Aunque el Islam se impuso como nueva religión dominante, la tradición persa se integró rápidamente en el seno del mundo islámico, influyendo de manera decisiva en su administración, su pensamiento y su producción cultural.
Durante este periodo surgió la lengua persa moderna, escrita con alfabeto árabe pero heredera directa del pasado iraní. La literatura persa, la historiografía y la filosofía se convirtieron en vehículos fundamentales de continuidad cultural, manteniendo viva la memoria del pasado imperial. Irán no fue simplemente islamizado: contribuyó activamente a definir la civilización islámica clásica.
El giro chií y la construcción del Irán moderno
A partir del siglo XIX, Irán se vio sometido a una creciente presión por parte de las potencias europeas, especialmente Rusia y el Reino Unido, en un contexto marcado por la rivalidad imperial en Asia Central y Oriente Medio. La posición geográfica de Irán y su papel como estado tapón lo convirtieron en un objetivo estratégico dentro del denominado Great Game. Como consecuencia, el país fue forzado a aceptar tratados desiguales, concesiones económicas y una progresiva pérdida de control sobre sus recursos y su política exterior.
La influencia británica en Irán se manifestó de forma especialmente intensa en el ámbito económico, culminando con el control extranjero de sectores clave como el comercio y, más adelante, el petróleo. Estas injerencias limitaron gravemente la soberanía económica del Estado iraní y alimentaron un profundo malestar social, al asociarse con la corrupción interna y el empobrecimiento de amplias capas de la población. Frente a esta situación, comenzó a desarrollarse una conciencia nacional que cuestionaba tanto el absolutismo monárquico como la dependencia de las potencias occidentales.
Este clima de descontento desembocó en la Revolución Constitucional de 1906, uno de los primeros intentos en el mundo islámico de establecer un régimen parlamentario y someter el poder del monarca a un marco legal. Aunque el experimento constitucional fue frágil y estuvo constantemente amenazado por la intervención extranjera, marcó un punto de inflexión en la historia política de Irán, al introducir ideas modernas de representación, legalidad y soberanía nacional.
En el siglo XX, la retirada progresiva del Reino Unido como potencia dominante dio paso a la creciente influencia de Estados Unidos, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial. El episodio más significativo de esta etapa fue el derrocamiento del primer ministro Mohammad Mosaddeq en 1953, tras su intento de nacionalizar la industria petrolera iraní. La intervención anglosajona, llevada a cabo por los servicios de inteligencia británicos y estadounidenses, consolidó un régimen monárquico fuertemente alineado con Occidente, pero a costa de una creciente deslegitimación interna.
Durante las décadas siguientes, el proceso de modernización autoritaria impulsado por la dinastía Pahlavi se apoyó en el respaldo político, económico y militar de Estados Unidos. Sin embargo, esta modernización, percibida por muchos sectores como impuesta desde el exterior y ajena a la tradición iraní, profundizó la brecha entre el Estado y la sociedad. La identificación de Occidente —y en particular de las potencias anglosajonas— con la represión política y la pérdida de autonomía nacional reforzó el nacionalismo iraní y preparó el terreno para la Revolución Islámica de 1979.
La Revolución Islámica y el Irán contemporáneo
La Revolución Islámica de 1979 supuso un punto de ruptura decisivo. La caída de la monarquía y el establecimiento de una república islámica bajo el liderazgo del ayatolá Ruhollah Jomeini dieron lugar a un sistema político singular, en el que coexisten instituciones republicanas con una autoridad religiosa suprema. Este modelo reflejó una visión alternativa de la modernidad, basada en principios religiosos y en la resistencia frente a la influencia occidental.
Desde entonces, la historia reciente de Irán ha estado marcada por conflictos externos, sanciones económicas y tensiones internas, pero también por una notable resiliencia estatal. En el siglo XXI, Irán continúa siendo un actor central en la geopolítica de Oriente Medio, mientras mantiene una fuerte conciencia histórica que vincula su presente con su pasado imperial y religioso.
La Guerra entre Irán e Irak de 1980
Tras la Revolución Islámica de 1979, Irán pasó de ser un aliado estratégico de Occidente a convertirse en un enemigo geopolítico directo para Estados Unidos y sus aliados. El nuevo régimen revolucionario rompió el equilibrio regional existente y desafió abiertamente la arquitectura de poder establecida en Oriente Medio. En este contexto, la contención de la revolución iraní se convirtió en una prioridad estratégica para las potencias occidentales.
Pocos meses después, en 1980, estalló la guerra entre Irán e Irak, iniciada por el régimen de Saddam Hussein. Este conflicto no puede entenderse como una simple guerra bilateral, sino como una guerra indirecta de contención, en la que Irán fue enfrentado a un enemigo regional respaldado política, económica y militarmente por potencias externas. Estados Unidos, el Reino Unido y varios aliados occidentales, junto a monarquías del Golfo, facilitaron apoyo logístico, inteligencia, financiación y armamento al régimen iraquí.
El objetivo no era únicamente la defensa de Irak, sino el debilitamiento del nuevo Estado revolucionario iraní, considerado una amenaza estructural al orden regional. La guerra, que se prolongó durante ocho años, causó millones de víctimas y una devastación masiva, sin producir vencedores claros, pero consolidó una narrativa central en la identidad iraní contemporánea: la idea de un país asediado por potencias extranjeras desde el nacimiento mismo de la república islámica.
Este conflicto marcó profundamente la doctrina estratégica de Irán, impulsando el desarrollo de una política de autosuficiencia militar, disuasión asimétrica y construcción de redes de influencia regional que definirían su política exterior en las décadas posteriores.
La guerra de los 12 días entre Israel e Irán
En junio de 2025, la histórica tensión entre Irán e Israel alcanzó un punto crítico con la llamada “guerra de los 12 días”. El conflicto comenzó el 13 de junio cuando Israel lanzó la Operación León Ascendente, un ataque masivo sorpresa sobre instalaciones nucleares y militares iraníes, incluyendo la eliminación de altos mandos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria y destacados científicos nucleares. Irán respondió inmediatamente con el lanzamiento de misiles balísticos y drones contra objetivos israelíes, incluyendo Tel Aviv, Haifa y Beerseba, demostrando la capacidad estratégica y disuasoria de su arsenal.
El conflicto se intensificó el 22 de junio, cuando Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, intervino directamente bombardeando tres instalaciones nucleares iraníes. La intervención estadounidense evitó que la guerra escalara hacia un conflicto regional mayor, mientras que Irán continuó demostrando su poder misilístico y capacidad de respuesta, incluyendo ataques contra bases militares en Catar e Irak.
Finalmente, el 23 de junio de 2025, tras intensos ataques cruzados, Trump anunció un alto al fuego, consolidando el fin de la guerra tras 12 días de combates. Tanto Irán como Israel se adjudicaron victorias parciales, pero el episodio dejó claro que la República Islámica posee potencial militar suficiente para desafiar a Israel y a la coalición occidental, consolidando su posición como actor central en la geopolítica del Medio Oriente.
Este conflicto reflejó la continuidad histórica de Irán enfrentándose a intervenciones occidentales, un patrón que comenzó con el respaldo a Irak en la década de 1980 y que se repite, aunque de manera más compleja, en las décadas siguientes, marcando la relación de Irán con Estados Unidos y sus aliados como una dinámica estratégica de confrontación y disuasión regional.
